Paul Klee escurridizo

El Centre Pompidou repasa su trayectoria a través de 250 obras

París,
 Paul Klee. Bedrohliche Zeichen, 1938
Paul Klee. Bedrohliche Zeichen, 1938

Casi cincuenta años después de la última gran retrospectiva que Francia dedicó a Paul Klee (la presentada en el entonces Museo Nacional de Arte Moderno en 1969), el Centre Pompidou abrió ayer una nueva antología del suizo que podrá visitarse hasta agosto y que consta de doscientos cincuenta trabajos procedentes de museos y colecciones particulares internacionales y también del Zentrum Paul Klee.

La obra de Klee es difícilmente clasificable en cuanto a estilos, y muy abundante: el suizo fue autor de alrededor de diez mil trabajos que si algo tienen en común es su ambivalencia; se basan en la dualidad, en la oposición de conceptos, y el artista se presenta en ellos a veces como Dios y a veces como mero comediante.

La exhibición del Pompidou lleva por título “L’ironie romantique” y consta sobre todo de obras que pueden entenderse como sátiras o parodias. Ese título, que el filósofo Schegel entendía como bufonería trascendental, se refiere al humor desde el que Klee afrontaba los procesos de creación de obras que pueden entenderse como juegos, como intentos de expresar lo indecible pese a partir Klee del reconocimiento de su incapacidad para hacerlo y del cuestionamiento de los medios que le ofrece la técnica para conseguir sus aspiraciones.

Sus obras son intentos de expresar lo indecible pese a partir Klee del reconocimiento de su incapacidad para hacerlo

“L’ironie romantique”, comisariada por Angela Lampe, se articula en siete secciones temáticas que coinciden con las etapas en que puede estructurarse la trayectoria del artista: inicios satíricos, Cubismo, Teatro mecánico (coincidiendo con la irrupción del Surrealismo y el Dadaísmo llevó a cabo marionetas, autómatas y pintó figuas mecanizadas), Constructivismo (analizando sus años en la Bauhaus de Dessau), miradas atrás (en los años treinta), Picasso (en referencia a la recepción que Klee hizo de su influencia tras contemplar en 1932 su célebre retrospectiva en Zúrich) y, por último, sus años de crisis, los transcurridos tras la llegada del nazismo al poder y durante la II Guerra Mundial antes de fallecer en 1940 a causa de una esclerodermia.

 Paul Klee. Briefbild z. 5. Dezember 1927, 1926
Paul Klee. Briefbild z. 5. Dezember 1927, 1926

La mitad de las pinturas –algunas sobre vidrio-, esculturas y dibujos de Klee que presenta ahora el Pompidou no se habían mostrado en Francia hasta el momento y la acuarela abstracta Gothique riant, fechada en 1915 y prestada por el MoMA, es un buen ejemplo de la asimilación del artista de las tendencias artísticas cultivadas por sus contemporáneos entonces, porque en ella podemos apreciar similitudes evidentes con la pintura St. Severin 1 de Robert Delaunay, por quien quedó fascinado tras conocer su pintura en un temprano viaje a París. Por la elección del título, parece que Klee buscaba satirizar los debates sobre la manida interpretación psicológica de los estilos artísticos habituales en los círculos intelectuales alemanes.

Paul Klee. Der Verliebte, 1923
Paul Klee. Der Verliebte, 1923

Es una nueva prueba de su independencia, porque, como dijimos, no podemos asociar al artista a escuelas concretas; si en sus inicios mantuvo cierta cercanía con el expresionismo alemán, al cabo de los años se aproximó en unas ocasiones al surrealismo y en otras a la abstracción geométrica.

Nacido en una localidad próxima a Berna en el seno de una familia de músicos, Klee dio quizás por ello una presencia importante a la música en su producción. Un viaje a Túnez en 1914, junto Moilliet y Macke, le permitió descubrir la luz africana y su impacto sobre el color y sus gradaciones, motivo fundamental de sus indagaciones desde entonces.

Aunque fue llamado a combatir en la I Guerra Mundial, no dejó por ello de pintar, sobre todo acuarelas luminosas que aún manifestaban el peso del Expresionismo. Finalizado el conflicto, Klee fue profesor de la Escuela Bauhaus durante una década, entre 1921 y 1931, tanto en Weimar como en Dessau, y en ese periodo se produjo su madurez creativa, de entonces datan sus piezas más logradas.

De nuevo a un viaje, a Egipto en 1928, le debemos cierto viraje en su obra: aquel país le inspiró sus composiciones estriadas y la incorporación a su obra de inscripciones y jeroglíficos.

Tras 1931 continuó trabajando como profesor, pero ya en la Akademie de Düsseldorf, donde pasó a residir hasta que, tras la llegada del nazismo, tuvo que abandonar Alemania al ser calificado su arte como degenerado. Volvió a Berna, donde permaneció hasta su fallecimiento, y allí, en la capital suiza, desarrolló pese a su enfermedad piezas muy originales que preconizaban la unión del arte y la vida y donde puso de nuevo el sello de su especial sensibilidad, espacial y rítmica.

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