El rebobinador

Los rayos X de Oskar Kokoschka

En el círculo de Klimt y la Secesión Vienesa fructificó… uno de los más sutiles retratistas del siglo XX: Oskar Kokoschka, cuyos inicios contaron también con el amparo de Loos. En sus pinturas iniciales (retratos) ya dejaba ver una clarividencia inaudita de la personalidad de sus modelos, tanto que los críticos contemporáneos dijeron de él que radiografiaba el alma y el carácter. Y lo hacía, paradójicamente, dando a sus trabajos un aire alucinado que los hacía absolutamente personales.

Oskar Kokoschka. Retrato de Adolf Loos, 1909. Schloss Charlottenburg, Berlín
Oskar Kokoschka. Retrato de Adolf Loos, 1909. Schloss Charlottenburg, Berlín

A menudo, los retratados por Kokoschka negaban cualquier parecido con sus pinturas y en algún caso dijeron que esas obras habían dañado su reputación. Sin embargo, sus dibujos los publicó la revista vanguardista Sturm, de la mano de Herwarth Walden, quien introdujo al artista en Berlín en 1910, y quien, según muchas opiniones, acuñó por primera vez el término expresionismo (quizá la primera corriente en ser bautizada sin intenciones despectivas).

Oskar Kokoschka. August Forel, 1910. Galería de Arte de Mannheim
Oskar Kokoschka. August Forel, 1910. Galería de Arte de Mannheim

Uno de sus modelos insatisfechos fue August Forel, experto suizo en ciencias naturales a quien Kokoschka retrató en ese año de 1910: no le gustó su ojo derecho “muerto”, en un rostro en el que aparece todo el peso de la inquietud, ni sus manos “convulsas”. Lo llamativo, y una de las razones por la que hay quien considera al pintor un visionario, es lo que ocurrió después: dos años después de posar para el austriaco, Forel sufrió la parálisis de un lado del cerebro tras un ataque; quizá de algún modo, la sensibilidad del pintor, la que llaman su doble vista, previó de forma inconsciente el hecho.

Otro de sus modelos, el ensayista Peter Scher, contó que en las sesiones para retratarlo Kokoschka había penetrado en la superficie de su cara, reproduciendo el rostro sombrío de un convicto. El artista no lo sabía entonces (lo supo tras acabar la obra), pero, efectivamente, este individuo había pasado por la cárcel tras insultar a un ministro un tiempo antes.

Por esos mismos años, entre la primera y la segunda década del siglo XX, Mahler componía sus sinfonías monumentales, a medio camino entre la referencia al pasado y al futuro, y Arthur Schnitzler, tras la estela de Freud, se sumergía en nuestra psique, que calificaba como “vasto país”. Kokoschka quiso pintarla en esos retratos tempranos caracterizados por su aguda penetración psicológica y por su agitación, que tiene su correspondencia en la técnica empleada: capas de pintura fina, combinaciones de colores muy matizadas. Mientras utilizaba el pincel para marcar las líneas entretejidas de la superficie pictórica, con resultados resplandecientes, trabajaba zonas enteras con los dedos o las manos: en más de un sentido implicaba en su pintura a la piel.

Obviamente, su arte es expresivo, pero, por su sofisticación, también marca muchas distancias con el neoprimitivismo y con la distorsión propia de los expresionistas alemanes. Nuestro autor era un pintor apasionado, que sufría tanto por la fragilidad y la incertidumbre de su época como por sus propios defectos; también por la lucha, interna en él, entre razón y eros: conocido es el episodio de la muñeca, la que comenzó a llevar consigo en 1920, siendo profesor en la Academia de Dresde. Tenía un maniquí manufacturado de tamaño natural y basado en los principios de la anatomía humana, que debía servirle para su actividad artística y didáctica pero que terminó por ir con él a cualquier sitio, también al teatro. Probablemente esa búsqueda de compañía a toda costa fuese una manifestación de desesperación y soledad tras sus decepciones amorosas.

Para ponernos en antecedentes, diremos que él, pacifista, se enroló como voluntario en la I Guerra Mundial para escapar de Viena… y de Alma Mahler, musa de artistas como él (esposa entonces del compositor, y luego de Gropius y Franz Werfel). Kokoschka fue su amante durante años, una relación descrita por ella en sus memorias como “una larga y violenta guerra amorosa”.

El fruto de esa guerra, en la obra de Kokoschka, se materializó en su obra más célebre: La novia del viento, que simbolizaba la lucha eterna de los sexos, para el pintor eterna: era cosa del destino. De hecho, el título original de este cuadro es Die Windsbraut, en alemán huracán o torbellino. La mujer, claro retrato de Alma Mahler, aparece dormida con el cuerpo echado hacia un lado y reclinado sobre el del hombre, que no duerme. Los ojos de él se dirigen al vacío desde unas cuencas profundas; su piel sobre el cráneo parece pergamino y cuelga del cuerpo en jirones, casi descomponiéndose. Esta extraña escena se desarrolla en un espacio indefinido, indeterminado: la pareja podría estar dando vueltas en un remolino.

Oskar Kokoschka. La novia del viento, 1914. Kunstmuseum Basel
Oskar Kokoschka. La novia del viento, 1914. Kunstmuseum Basel

Amor y muerte aparecen hermanados, como en el arte romántico, aunque el eje de esta obra no es la muerte y su transfiguración, sino el horror y la condena implícitos en el amor. Las formas febrilmente curvilíneas y las pinceladas, también curvas, remiten al barroco, de quien Kokoschka era hijo tardío, porque su época y su arte no dieron la espalda a la ambigüedad de la naturaleza humana ni a su fragilidad, aunque tampoco dejaran a un lado la opulencia ni las festividades teatrales. A esa huella barroca se suma en esta obra la del manierismo espiritual propio del Greco y la de los cambios estilísticos traídos por el simbolismo. Los elementos gráficos y lineales terminarán por perder importancia en su obra y la pasada fluidez de sus pinceladas cederá terreno a densos impastos, no obstante muy alejados de los de los expresionistas alemanes y franceses. En Kokoschka, las relaciones cromáticas se aproximan más a los simbolistas.

Durante un tiempo, mantuvo su estilo alegórico; lo que no conservó fue su puesto de profesor en Dresde: se marchó sin despedirse. Ese desasosiego que nunca le abandonó le condujo a llevar una vida casi vagabunda; las grandes y confusas ciudades reflejaban su propio estado mental. Por lo general, las realizaba desde un punto de vista elevado, abarcando su fisionomía global, así que estas vistas, su gran proyecto de madurez, no dejan de ser una suerte de retratos. Contienen, además, elementos autobiográficos: en ellas ha disminuido la sobrecargada tensión de la primera época de Kokoschka y los colores han ganado intensidad; lo vemos en las vistas de Dresde y el río Elba que realizó a partir de 1920. Sus apasionadas invocaciones anteriores al cielo y al infierno han dado paso a las impresiones de un errante inquieto.

Su arte fue calificado como degenerado por el nazismo, así que Kokoschka emigró a Inglaterra, donde, en el fondo, se sintió casi tan incomprendido como en sus primeros años en Viena. Sus obras de entonces apelan a la conciencia humana, y conmueven, pero no alcanzaron las cimas estéticas que logró en Alemania.

Oskar Kokoschka. Dresden Neustadt, 1922. Hamburger Kunsthalle
Oskar Kokoschka. Dresden Neustadt, 1922. Hamburger Kunsthalle

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