Quienes hayáis viajado a Flandes siguiendo el rastro de sus grandes maestros —y quizá alguno lo hayáis hecho a partir del itinerario que publicamos hace un tiempo en masdearte— sabéis que ciudades como Gante, Brujas, Amberes, Lovaina, Malinas o Bruselas nunca decepcionan. Sus museos, iglesias y conjuntos históricos han hecho de esta región uno de los grandes destinos culturales europeos, pero Flandes es mucho más que esos nombres que nunca querríamos dejar fuera de la ruta. Hay otro Flandes, menos monumental y también menos evidente, en el que el patrimonio se encuentra mucho más disperso y el paisaje adquiere un protagonismo inesperado: es la región de Limburgo. Nos hemos propuesto descubrirla para contároslo y lo hemos hecho de la mejor manera posible allí: en bicicleta.

Nuestro recorrido comienza en Hasselt y termina unos días después en Sint-Truiden, tras atravesar Genk, el Parque Nacional Hoge Kempen, el valle del Mosa, Oud-Rekem, Tongeren y las colinas de Haspengouw. Esta no debe entenderse como una ruta cerrada. En función de los días de los que dispongáis o del ritmo que queráis llevar, se puede adaptar sin problema, añadiendo jornadas o introduciendo desvíos según los intereses de cada uno. Porque, si algo descubrimos pronto, es que aquí el viaje se construye tanto con aquello que hemos previsto visitar como con lo que aparece por el camino; como, por ejemplo, las zonas de viñedos en las que quizá los amantes del vino quieran detenerse algo más de lo planeado.
Llegar allí es sorprendentemente fácil. Desde el aeropuerto de Bruselas se puede conectar en poco más de 30 minutos en tren con Hasselt, que será nuestro punto de partida y el lugar donde alquilar las bicicletas. Al final del recorrido las dejaremos en la estación de Sint-Truiden para regresar de nuevo en tren hacia el aeropuerto. Una logística sencilla que permite concentrarse en lo verdaderamente importante: disfrutar del recorrido.
Al igual que os comentamos en nuestra ruta por las ciudades del arte, aquí tampoco es necesario tener una gran preparación física, especialmente si optáis por alquilar bicicletas eléctricas, que ya es lo más habitual en casi todos los establecimientos. Nosotros acudimos a Biking Fietsshop, que nos permitía recogerlas y devolverlas en los puntos de inicio y fin, pero la ciudad cuenta con varias empresas. Calculad en torno a 30 euros por día de alquiler. El relieve de buena parte de Limburgo es completamente llano, aunque hacia el sur aparecen algunas pendientes y a veces el viento no ayuda, pero las bicicletas eléctricas eliminan prácticamente cualquier dificultad. Además, una de las cosas más llamativas de toda la ruta es la magnífica infraestructura ciclista. Hay kilómetros y kilómetros de carriles separados del tráfico, caminos agrícolas y senderos acondicionados, cruces pensados para quien se desplaza sobre dos ruedas y un sistema de nodos numerados que permite enlazar unos puntos con otros siguiendo indicaciones muy claras. Aun así, nosotros llevamos siempre el itinerario descargado en Komoot: da tranquilidad y resulta especialmente útil cuando se decide alterar la ruta sobre la marcha.
La sensación, una vez en ruta, es que todo está pensado para que pedalear sea un placer y no una preocupación. Solo conviene hacer una pequeña previsión: hay tramos largos por espacios naturales y pueblos muy pequeños en los que no siempre resulta fácil encontrar dónde tomar algo. Agua y unos frutos secos en las alforjas nos solucionaron más de un momento.
HASSELT. UNA VISITA A LA CIUDAD ANTES DE PONERSE EN MARCHA
La capital de Limburgo es un buen lugar para comenzar a entender la personalidad de la región. Su centro histórico conserva la escala amable de una ciudad cuyo pasado estuvo ligado al antiguo condado de Loon, pero que hoy muestra un perfil especialmente atento al diseño y la creación contemporánea. Para acercarse a su historia está Het Stadsmus y, entre sus museos, destacan también el de la Moda y el dedicado al jenever, el aguardiente de enebro estrechamente vinculado a la identidad de la ciudad. A ello se suma la presencia de arte urbano, con murales repartidos por sus calles que se pueden ir descubriendo al recorrer el centro.
Para nuestro viaje, sin embargo, hay una institución especialmente significativa: Z33, Casa para el Arte Contemporáneo, el Diseño y la Arquitectura. Conviene retener su nombre porque volverá a aparecer más adelante. Su actividad no termina en las salas del edificio diseñado por la arquitecta italiana Francesca Torzo, sino que se extiende por Limburgo a través de distintos proyectos de arte en el espacio público. Algunas de las obras que iremos encontrando junto al Mosa o entre los campos de Haspengouw tienen su origen precisamente aquí.

Algunos de los murales que encontramos en nuestro paseo por Hasselt

Cafetería del Z33. Hasselt
Nuestra primera salida en bicicleta nos lleva hasta la abadía de Herkenrode. El antiguo monasterio femenino, cuyos orígenes se remontan al siglo XII, ocupa hoy un extenso conjunto de edificios y jardines que merece la pena recorrer sin prisa. Entre ellos destaca una intervención reciente de Gijs Van Vaerenbergh, el dúo formado por Pieterjan Gijs y Arnout Van Vaerenbergh, dos nombres que reaparecerán al final de nuestro viaje, cuando encontremos otra de sus obras, que junto a esta son para nuestro gusto de las más bonitas. Es un primer ejemplo de esa convivencia entre patrimonio histórico y creación contemporánea y paisaje que se produce en Limburgo con bastante naturalidad. Hay también una agradable terraza en los jardines de la abadía, perfecta para una primera parada antes de volver a pedalear.

Intervención de Gijs Van Vaerenbergh en el entorno de la Aabadia de Herkenrode
De regreso a Hasselt y antes de abandonar definitivamente la ciudad, la ruta nos permite acercarnos a otro de sus lugares más singulares: el Jardín Japonés, considerado el mayor de Europa. Sus cerca de dos hectáreas y media reúnen estanques, cascadas, puentes, rocas y pabellones inspirados en la tradición paisajística japonesa, fruto de los vínculos que Hasselt mantiene desde hace décadas con la ciudad de Itami. La época del viaje puede cambiar considerablemente la experiencia: en primavera, los cerezos en flor llenan el jardín de color y dan lugar a la celebración del hanami, mientras que en otoño son los arces, con sus intensos rojos y ocres, los que transforman el paisaje.

Jardín japonés. Hasselt
A partir de aquí dejamos atrás el entorno urbano y continuamos hacia De Wijers, una extensa zona de estanques, bosques y humedales donde el agua comienza a marcar el recorrido. Allí nos espera una de las experiencias ciclistas más conocidas de Limburgo: Cycling Through Water. El carril se adentra durante unos doscientos metros en un estanque hasta situarnos prácticamente a la altura de la superficie. El efecto es sencillo y sorprendente: por unos minutos avanzamos con el agua a ambos lados y los ojos casi a su misma altura.
Más allá de la fotografía —difícil resistirse—, Cycling Through Water ofrece también una primera muestra de algo que comprobaremos repetidamente durante los próximos días: en Limburgo las infraestructuras para bicicletas no se limitan a facilitar el desplazamiento, sino que en muchas ocasiones han sido concebidas para cambiar la manera de experimentar el paisaje. Es un auténtico paraíso para el ciclismo.

Cycling Through Water, una experiencia inolvidable en Limburgo
DE LOS PINTORES DE GENK A LAS MINAS
Genk introduce otra de las historias que atraviesan Limburgo: la transformación de un territorio rural en una de las grandes regiones mineras de Bélgica y su posterior reconversión tras el cierre de las explotaciones.
Antes del carbón estuvieron los pintores. A finales del XIX y comienzos del XX, el paisaje de Kempen atrajo a centenares de artistas y convirtió Genk en un importante punto de encuentro para paisajistas. El pequeño Emile Van Dorenmuseum recupera esa historia en la que fuera residencia del pintor Emile Van Doren (1865-1949). Se calcula que más de 480 artistas pasaron por aquel Genk anterior a la industrialización para pintar sus brezales, estanques y bosques. El museo conserva esa memoria, pero la pone también en relación con creadores contemporáneos que vuelven a trabajar sobre el paisaje de la zona.
La irrupción de la minería lo cambió todo. El descubrimiento de carbón en 1901 condujo a la apertura de tres grandes explotaciones en Genk y convirtió en pocas décadas aquel pequeño núcleo rural en una ciudad industrial y multicultural. En Winterslag, donde se extrajo en 1914 el primer carbón de la cuenca de Kempen, la mina funcionó hasta 1988. Hoy sus dos grandes castilletes anuncian C-mine, uno de los mejores ejemplos de reconversión del patrimonio industrial de la región. Parte de los antiguos edificios albergan espacios culturales y de diseño, una escuela de arte, salas de cine y proyectos creativos; quienes quieran profundizar en el pasado minero pueden incluso recorrer antiguos túneles y ascender a uno de los castilletes en la C-mine Expedition.
Muy cerca se encuentra LABIOMISTA, el proyecto personal de Koen Vanmechelen, artista nacido en Sint-Truiden y estrechamente vinculado a Genk, cuya obra lleva décadas explorando cuestiones relacionadas con la diversidad, la identidad y la relación entre cultura y naturaleza. El conjunto se puede visitar y da buena cuenta de su personal mirada y su estilo artístico. Volveremos a encontrarlo unos kilómetros más adelante, esta vez a orillas del Mosa. De todas formas, puede que a algunos de vosotros su nombre os resulte familiar. En 2025 presentó su primera exposición individual en España, en Chillida Leku.
Decidimos terminar la jornada en As. Nos gustó la forma en que la ruta nos introdujo en el pueblo y la animación alrededor de su antigua estación, convertida hoy en bar restaurante y en una de las puertas de entrada al Parque Nacional Hoge Kempen. Nosotros nos alojamos allí, en Mardaga, un hotel sencillo pero muy agradable donde también cenamos, aparcando por ese día la bicicleta.
BOSQUES, AGUA Y MEMORIA MINERA
Al día siguiente, nada más salir, el bosque se encarga de cambiar por completo el escenario.
Hoge Kempen fue el primer parque nacional de Flandes y ocupa un territorio de pinares, brezales y antiguas zonas de extracción que demuestra hasta qué punto la historia industrial y la naturaleza se han superpuesto en Limburgo. Desde As se entra prácticamente de inmediato en él.
Aquí vuelve a aparecer esa infraestructura ciclista que convierte el trayecto en parte del destino. Al llegar a Terhills, en Maasmechelen, encontramos la principal puerta de acceso al Parque Nacional Hoge Kempen y su centro de visitantes, instalado en el entorno de la antigua mina de Eisden. Es un buen lugar para entender la profunda transformación de este paisaje: donde hasta finales de los años ochenta funcionaba una explotación de carbón, hoy se extienden lagos, bosques y las antiguas escombreras mineras, convertidas en colinas cubiertas de vegetación. Desde algunas de ellas se obtienen amplias vistas sobre el parque y el valle del Mosa.
Tras una parada breve continuamos para probar una de las incorporaciones más recientes a esa extraordinaria red ciclista: Cycling between Terrils. Una pasarela de 380 metros avanza sobre el agua entre dos antiguas escombreras y permite atravesar un entorno que hace unas décadas hubiera resultado difícil asociar con un parque natural.
Quien quiera ganar altura puede añadir algún desvío, pero nuestro recorrido continúa hacia Dilsen. Aparecen pequeñas localidades, castillos y restos de fortificaciones y, poco a poco, el bosque comienza a abrirse. Es uno de los cambios de paisaje más claros de todo el viaje. Dejamos atrás la densidad de Hoge Kempen y nos aproximamos al Mosa, con campos, huertos y las primeras extensiones de viñedo.
Y NOS TOPAMOS CON EL ARTE CONTEMPORÁNEO
A orillas del río comienza a hacerse visible Kunst aan de Maas, el proyecto con el que Z33 y Regionaal Landschap Kempen en Maasland han ido trazando un particular recorrido de arte contemporáneo por el valle del Mosa. El programa reúne actualmente seis intervenciones permanentes repartidas entre Dilsen-Stokkem, Kinrooi, Lanaken, Maaseik y Maasmechelen, todas concebidas a partir del paisaje, la historia o las transformaciones de un río que aquí es frontera, espacio natural y parte fundamental de la vida de sus habitantes.
La primera que encontramos en nuestro camino es Future Fossil, del ya mencionado Koen Vanmechelen, instalada en Rotem, Dilsen-Stokkem. La escultura reúne materiales y elementos estrechamente vinculados al entorno: antiguos sacos utilizados frente a las inundaciones, un sauce carbonizado, huellas del castor y, en lo alto, uno de los motivos recurrentes en el trabajo del artista, el huevo. Más que un objeto colocado ante el paisaje, parece construido a partir de sus propias tensiones: agua y tierra, protección y amenaza, transformación y supervivencia.
Un poco más adelante aparece Reflection, de Germaine Kruip, que recupera la memoria de los antiguos transbordadores que comunicaban las dos orillas y acudían al escuchar el sonido de una campana, hoy reinterpretada por la artista.
Este proyecto de escultura al aire libre se prolonga más allá de nuestro itinerario inicial. En Kinrooi, Laure Prouvost ha imaginado en Moeder! Oui dream till the end una monumental «Madre Mosa», una criatura de bronce entre humana y acuática que abraza la grava extraída del propio lugar y cambia su relación con el entorno cuando sube el nivel del agua. En Maaseik, Adrien Tirtiaux firma Echoes of a Landscape, formada por tres grandes torres que evocan arquitecturas religiosas desaparecidas; y en el dominio del castillo Vilain XIIII, en Maasmechelen, Jennifer Tee ha creado Womb of Time, una intervención de 24 por 31 metros construida con ladrillos realizados con arcilla del valle y huellas de las hojas de los árboles del propio recinto. La obra, inaugurada en junio de 2026, fue la última en incorporarse al proyecto.
En la localidad de Maaseik toda esta geografía artística adquiere además una conexión especialmente atractiva para cualquier amante de la pintura flamenca. La tradición sitúa allí, aunque no exista certeza documental absoluta, el nacimiento de Jan y Hubert van Eyck. Una estatua de los hermanos preside desde 1864 la Markt y recuerda hasta qué punto la historia de los grandes maestros flamencos se extiende mucho más allá de las ciudades que hoy concentran sus obras.
Nosotros seguimos hacia Oud-Rekem. Antes de entrar en el pueblo merece la pena detenerse en la antigua iglesia de San Pedro, convertida hoy en museo. Su historia se remonta a una primera capilla levantada en el siglo X y está marcada por sucesivas destrucciones y reconstrucciones. Forma parte, además, de ese otro mapa artístico que acompaña nuestro viaje: Flemish Masters in Situ, una invitación a buscar determinadas obras en iglesias, capillas y edificios históricos, conservando la relación entre la pieza y el lugar en el que ha adquirido su significado.
Oud-Rekem merece que dejemos aparcadas las bicicletas durante un rato. El castillo d’Aspremont-Lynden, la antigua puerta de entrada, la farmacia histórica y sus calles estrechas recuerdan el pasado singular de esta pequeña localidad del valle del Mosa. Donde hoy se levanta el castillo existió ya desde el siglo X una fortificación de tipo mota castral, aunque el edificio que vemos responde fundamentalmente a la gran transformación emprendida por los condes de Rekem en los siglos XVI y XVII para convertirlo en su residencia. Su historia posterior fue bastante más accidentada: tras la ocupación francesa perdió su función nobiliaria y llegó a servir como hospital militar, asilo e institución psiquiátrica. Hoy está protegido como monumento y, aunque sus interiores no se visitan de manera regular, ocasionalmente vuelve a abrir sus puertas para acoger exposiciones y otras actividades.
No era un castillo aislado. Durante siglos, Rekem fue un diminuto territorio independiente dentro del Sacro Imperio Romano Germánico, con administración y tribunales propios, derecho a cobrar peajes y acuñar moneda e incluso un pequeño ejército. Cuesta imaginar todo ese trajín político mientras se recorren hoy sus tranquilas calles. El conjunto histórico, protegido en su totalidad, fue elegido en 2008 el pueblo más bonito de Flandes.
Su proximidad a Maastricht —apenas 1o kilómetros— permite además pensar en Oud-Rekem como una escapada fácil para quienes soléis viajar a la ciudad neerlandesa coincidiendo con la celebración de TEFAF. En un rato se puede pasear por el núcleo histórico, visitar la Museumkerk y descubrir un lugar que queda sorprendentemente al margen del movimiento de su famosa vecina.
Nosotros tuvimos además una estupenda experiencia en Pas de Choix, un pequeño restaurante de la Herenstraat que nació como proyecto de dos amigos, Hans Leufkens y Guido Vissers, unidos por su afición a la cocina. El nombre —pas de choix, sin elección— explica con bastante humor su propuesta: no hay que enfrentarse a una larga carta, sino escoger entre carne, pescado o una alternativa vegetariana y dejar el resto en manos de los cocineros. Una fórmula sencilla que a nosotros nos funcionó de maravilla y una de esas cenas agradables que, después de varias horas pedaleando, terminan formando también parte del recuerdo del viaje.
HACIA DOS MIL AÑOS DE HISTORIA
Por la mañana, apenas dejamos atrás Oud-Rekem cuando aparece Tree of Life, de Mark Dion, otra de las obras permanentes de Kunst aan de Maas. El artista estadounidense concibió este árbol de seis metros poblado por dieciséis figuras que recorren millones de años de historia natural y humana del valle, desde el mosasaurio y el mamut hasta el castor o la garza que hoy habitan sus riberas. Es un buen punto de despedida del Mosa, porque a partir de aquí el viaje vuelve a cambiar.
Camino de Tongeren atravesamos Vroenhoven. Bajo su puente, un espacio expositivo recuerda la Segunda Guerra Mundial y la navegación interior. No es un episodio aislado: por esta zona permanecen numerosos restos defensivos, incluidos búnkeres antitanque, que recuerdan el papel estratégico de Limburgo durante el conflicto. Resulta sorprendente toparse con ellos.
Después llegan castillos, pequeñas capillas y viñedos. Château Neercanne, ya junto a la frontera neerlandesa, domina desde una ladera el valle del Jeker. El castillo barroco del siglo XVII alberga hoy un pequeño hotel de cinco estrellas y siete suites, además de un restaurante distinguido con una estrella Michelin; una opción a tener en cuenta para quienes quieran incorporar una parada gastronómica —o una noche con algo más de lujo— a la ruta. Un poco más adelante, la pequeña capilla de Santa Apolonia sorprende por su planta circular. No nació como edificio religioso, sino como torre de vigilancia, antes de ser transformada en capilla en el siglo XVIII. Y el castillo vinícola de Genoels-Elderen ofrece una excusa excelente para comprobar que el vino ha encontrado también un lugar importante en estas tierras.
Antes de Tongeren, la iglesia de San Esteban de ‘s Herenelderen justifica otro desvío. El edificio gótico conserva en el altar mayor un retablo de Amberes del siglo XVI con escenas de la vida de Cristo y del Antiguo Testamento, además de antiguas lápidas nobiliarias. Es una de esas visitas que explica el sentido de Flemish Masters in Situ: una obra que probablemente pasaría inadvertida en cualquier itinerario convencional adquiere otra dimensión al encontrarla en la iglesia para la que fue concebida.
LLEGAMOS A TONGEREN
La actual Tongeren-Borgloon presume con razón de sus orígenes romanos. El Museo Galo-Romano permite recorrer la historia arqueológica de la región desde la prehistoria y fue reconocido en 2011 como Museo Europeo del Año. La ciudad invita también a caminar por ella y reconocer los restos de las murallas romanas y medievales, ver la Moerenpoort —una de las antiguas entradas fortificadas— o la singular estatua de Ambiorix, uno de los primeros héroes belgas. Realizada en 1866 por el escultor Jules Bertin, domina la plaza recordando al jefe de los eburones que se enfrentó a las legiones de César.
Uno de sus grandes símbolos sacros es la basílica de Nuestra Señora. Su tesoro, el Teseum, reúne piezas de siglos de historia eclesiástica, mientras que el recorrido arqueológico permite descender bajo el conjunto para descubrir las sucesivas construcciones que ocuparon este lugar durante cerca de dos mil años.
Muy cerca se extiende el antiguo beguinario, también de visita recomendada. Merece la pena recordar que estos espacios fueron comunidades de mujeres que, sin profesar necesariamente votos monásticos, desarrollaron desde la Edad Media una forma de vida religiosa y autónoma especialmente arraigada en los antiguos Países Bajos. En Tongeren, el Begijnhofmuseum Beghina permite acercarse a esa vida cotidiana desde una escala doméstica, lejos de la monumentalidad de la basílica.
Tras un día de ruta en bicicleta y paseo por la ciudad, llega el momento de descansar, repasar todo lo vivido y empezar a pensar en el camino del día siguiente, en el que iremos en busca de una imagen vista muchas veces en fotografías que, por fin, podremos contemplar en vivo. Pero no nos adelantemos. La noche la pasamos en Huys van Steyns, un pequeño hotel instalado en una casa señorial de 1892 que fue residencia de Louis Steyns, fundador de la firma de calzado Ambiorix. Nos gustó especialmente porque conserva buena parte de la atmósfera doméstica del edificio original —techos altos, suelos de parqué, chimeneas…— y alojarse allí tiene algo de entrar, por unas horas, en una de esas casas tradicionales que hemos ido viendo durante el recorrido. El desayuno, servido en la antigua orangerie con vistas al jardín, pone un agradable punto final a nuestra estancia en Tongeren.
CUANDO EL ARTE APARECE ENTRE LOS FRUTALES
Al abandonar Tongeren ya percibimos que el paisaje cambia de nuevo. Entramos en Haspengouw, una de las grandes regiones frutícolas de Bélgica. Los bosques y lagos del norte han quedado atrás y ahora predominan las suaves colinas, los campos, los manzanos, perales y cerezos, salpicados por iglesias, granjas y pequeños pueblos. También aquí el arte contemporáneo se ha instalado en el paisaje.
A lo largo del camino se pasa junto a explotaciones de frutales y pequeños puestos donde, según la temporada, se puede comprar directamente una cesta de fruta recién recogida que se convierte en un tentempié especialmente agradecido durante la ruta. La importancia de esta tradición agrícola se entiende todavía mejor en Borgloon, donde hacemos una parada en la Stroopfabriek, una antigua fábrica dedicada a la elaboración del stroop, el espeso sirope de manzana y pera tan característico de la región. Recuperado como espacio en el que descubrir la historia de la producción frutícola de Haspengouw, el complejo conserva buena parte de su pasado industrial y recuerda que los campos que llevamos horas atravesando han sostenido también toda una economía local.
Buena parte de las intervenciones artísticas que encontramos en esta zona están vinculadas a PIT, otro proyecto de Z33 que ha llevado obras de arte al espacio público de Borgloon y Heers. El resultado no es un parque de esculturas en sentido convencional. Las piezas están separadas por kilómetros y obligan a buscarlas, precisamente lo que hace que la bicicleta sea el medio ideal.
Cerca de la abadía de Mariënlof, en Kerniel, una estructura circular de Aeneas Wilder construida mediante listones verticales de madera enmarca el paisaje en 360 grados. Más adelante, Time Capsule, de Will Beckers, dirige la mirada hacia otra dimensión del territorio: el subsuelo y su historia geológica.
Pero la obra más conocida y esperada nos aguarda en Groot-Loon. Reading Between the Lines, de Gijs Van Vaerenbergh, reproduce la silueta de una pequeña iglesia local mediante cien capas horizontales de acero. Habíamos mencionado a este dúo de artistas al comenzar nuetro recorrido, pero esa no era la primera vez que su trabajo aparecía en masdearte. Anteriormente ya nos habíamos acercado a él cuando visitamos su intervención Wandering Garden, creada para el recorrido de arte y ciencia puesto en marcha en Lovaina con motivo del 600 aniversario de su universidad.
La estructura tiene diez metros de altura y pesa unas treinta toneladas, pero permite que el paisaje atraviese literalmente el edificio. Según cambia el punto de vista, la iglesia parece adquirir consistencia o desvanecerse entre los campos.
La habíamos visto muchas veces fotografiada antes de viajar y, aun así, llegar hasta ella en bicicleta cambia bastante la experiencia. No aparece aislada como un objeto escultórico, sino vinculada a los caminos, las pendientes y el horizonte agrícola que la rodean. Es difícil imaginarla en otro sitio.
El diálogo con la historia continúa en la antigua calzada romana que comunicaba Tongeren con Tienen. Allí Hans Lemmen instaló cinco bancos de hormigón cuyos perfiles remiten a una villa romana y reproducen plantas de explotaciones agrícolas excavadas en los alrededores. Dos mil años de agricultura separados de los frutales actuales por apenas unos metros. Y, ya camino de Sint-Truiden, otra intervención vuelve a unir arte y paisaje agrícola. Floating Chapel, de Frits Jeuris, reutiliza decenas de viejos cerezos de la zona afectados por una enfermedad para construir una estructura elevada desde la que contemplar Haspengouw. Los árboles que dejaron de producir fruta encuentran así una segunda vida convertidos en arquitectura paisajística.
A esas alturas llevamos varios días pedaleando por bosques y caminos rurales, atravesando localidades tan pequeñas que en algunas apenas nos hemos cruzado con nadie. Por eso la llegada a Sint-Truiden sorprende. De pronto vuelven las calles animadas, las terrazas y una Grote Markt en la que apetece aparcar la bicicleta.
La ciudad nació alrededor de la abadía fundada por san Trudo en el siglo VII y creció gracias a su posición en las rutas comerciales. La torre de la antigua abadía sigue dominando el centro y desde ella se reconocen buena parte de sus monumentos. Muy cerca, la iglesia de Nuestra Señora ofrece una última oportunidad para seguir el itinerario de Flemish Masters in Situ, mientras que el conjunto franciscano conserva esculturas, pinturas, retablos y un antifonario del siglo XVI.
Aquí termina nuestro recorrido y toca regresar a casa. Dejamos las bicicletas y volvemos al tren con una sensación bastante distinta de la que teníamos al llegar a Hasselt. Limburgo no sustituye a esa Flandes de grandes museos y ciudades monumentales que todos conocemos, sino que la completa desde otro lugar. Aquí el interés está precisamente en la dispersión: en tener que pedalear hasta una pequeña iglesia para encontrar un retablo, atravesar una antigua zona minera para entender cómo se ha reinventado su paisaje o seguir el curso de un río para descubrir obras contemporáneas concebidas específicamente para sus orillas.
Quizá por eso es tan recomendable hacer este viaje en bicicleta. Durante unos días hemos pasado de los estanques y bosques de De Wijers a las minas de Genk; de Hoge Kempen al Mosa; de una ciudad de origen romano a los campos de frutales de Haspengouw. Y entre medias han aparecido el recuerdo de los Van Eyck, retablos flamencos, arqueología, arquitectura contemporánea, reliquias, antiguas abadías y esculturas que solo terminan de entenderse cuando se contempla el paisaje que las rodea.
No hemos recorrido Limburgo únicamente para ver arte. Pero el arte ha sido la excusa perfecta para descubrir la región. Si os animáis a seguir nuestros pasos o elaborar vuestra propia ruta, recordad que las webs de turismo de Flandes y de Limburgo ofrecen valiosa información que os ayudará a sacar el máximo provecho a vuestro itinerario:
https://www.visitflanders.com/es