Adam Elsheimer y la primera vez que la luna iluminó la pintura

Germano y también mediterráneo, de vida muy breve pero larga influencia, Adam Elsheimer demostró en los principios del siglo XVI que las noches podían tener una refinadísima luz.

Nacido en Frankfurt am Main en 1578, se formó en esa ciudad junto al pintor holandés Uffenbach entre 1593 y 1598, antes de iniciar, en ese último año, su viaje a Italia. Trabajó en Venecia para el autor manierista Hans Rottenhammer y conoció la pintura de los grandes autores del momento: ­Tiziano, Veronés y Tintoretto. En abril de 1600 ya se encontraba en Roma, donde residió los diez años postreros de su vida y donde se convirtió al catolicismo.

En la hoy capital italiana se especializó en pinturas de pequeño formato, generalmente sobre cobre, que lograron un éxito y una repercusión muy tempranos. De mirada abierta, allí pudo conocer, además y de primera mano, las emergentes tendencias pictóricas que se asentarían en el nuevo siglo, dejándose influir por todas ellas para alumbrar una producción profundamente original.

De este modo, estudió Elsheimer atentamente el clasicismo de los Carracci y su interpretación de la mitología y del paisaje, al tiempo que no fue ajeno al poderoso caravaggismo, del que aprendió a experimentar con los grandes contrastes lumínicos que apreciaremos en sus obras. Pese a esa corta vida -sólo treinta y dos años-, su huella sería poderosa a través de calibradas composiciones, de matizada paleta, en las que supo interpretar con talento tanto temas religiosos como mitológicos y paisajes. Sin sus trabajos de entonces no se entendería el desarrollo posterior del género a través de uno de sus mejores intérpretes: Claudio de Lorena.

Junto a esos paisajes, el mayor acierto del alemán fue el citado estudio lumínico, de fuertes contrastes, que incluyó en sus obras, que tantas veces sería replicado por los pintores barrocos del resto del siglo, y que en su caso se subrayó al utilizar fundamentalmente el cobre como soporte. El Museo del Prado posee una pieza suya importante, de pequeño formato: Ceres en casa de Hécuba, en la que partió de un motivo mitológico para rea­lizar uno de sus precisos estudios lumínicos envuelto en un paisaje nocturno. Pertenecía a la colección privada de Rubens, quien fue amigo de Elsheimer en Roma, un indicio claro de la admiración e influencia que provocó nuestro autor en los más importantes pintores del siglo XVII. Adquirida por Felipe IV en la almoneda del maestro de Amberes, permaneció en el Alcázar de Madrid hasta el incendio de 1734.

Adam Elsheimer. La huida a Egipto, 1609. alte Pinakothek, Múnich

Adam Elsheimer. La huida a Egipto, 1609. Alte Pinakothek, Múnich

Queremos hablaros, sin embargo, de la que se tiene por la primera escena iluminada por la luna en la pintura europea -los holandeses explorarían muy a menudo esta opción más adelante-: nos referimos a La huida a Egipto, datada en 1609 y conservada en la Alte Pinakothek de Múnich. A Elsheimer le interesaban las composiciones oscuras en las que los efectos atmosféricos y lumínicos los generaban velas, antorchas o la luna. En este caso, la Sagrada Familia con su asno aparece en el centro del primer término, cruzándolo, y los árboles son casi negros, pese a la luz de la luna, verde azulada.

Las piezas con esta temática suelen presentar la huida a Egipto bajo la luz diurna, pero este pintor, sin embargo, la presenta a modo de apacible paisaje nocturno unificado por tres fuentes de luminosidad; el resto de esta composición es casi monocromo. La Virgen, san José y el Niño, que en su fatiga sabemos que avanzan penosamente, resultan en sí un pequeño detalle en el conjunto de la escena, pese a darle sentido; José lleva en la mano una antorcha que ilumina el equipaje amontonado sobre su animal. A su izquierda quedan los pastores, al lado de una higuera con sus animales; unos y otros están a punto de encontrarse.

Ese área pastoril de la imagen está realizada en marrón monocromo y aparece plena de detalles, como las hojas bien diseñadas de los árboles y el movimiento de los animales. Parece remitir Elsheimer al Evangelio de san Lucas; en sus palabras, los pastores en la misma tierra, velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su ganado.

Lo que hace especial esta imagen es el cielo nocturno, que merece la pena contemplar despacio: detectaremos la Vía Láctea, la Osa Mayor y otras constelaciones -parece que la segunda no está bien situada-. Ese firmamento ocupa prácticamente la mitad de la composición, aspecto que entonces no tenía precedentes, como tampoco los tenía una representación tan naturalista de la misma Vía Láctea. Es posible que influyera en Elsheimer la labor de científicos como Kepler y Galileo Galilei, ambos contemporáneos a él y empeñados en acabar con la visión tradicional del cosmos.

Lo que vemos en el cuadro es lo que podría observar, a simple vista, quien se alejara de una ciudad en las regiones meridionales, pero la exactitud científica no interesaba al alemán. En una noche de luna llena no apreciamos con claridad la Vía Láctea, como sí lo hacemos en su trabajo.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

Patrick de Rynck. Cómo leer la pintura. Electa, 2005