El rebobinador

Caravaggio, la memoria de un joven airado

Si la infancia explica mucho de cualquiera, intentar saber más de la de algunos artistas también puede ofrecer datos interesantes. La de Caravaggio, oriundo de esa localidad de Bérgamo, fue difícil. El hallazgo del contrato de aprendizaje que le abrió las puertas del estudio de Simone Peterzano, en 1584, nos permitió averiguar su fecha de nacimiento: 1571, fecha corroborada por su partida de bautismo, hallada en 2007.

Ese año la Contrarreforma se encontraba en pleno desarrollo, con Sixto V al frente, y el ducado de Milán era un foco de disputas religiosas y vivas controversias artísticas. Mientras en Italia predominaba la “maniera”, forma de pintar académica y algo amanerada basada en la imitación de los maestros romanos o venecianos, en Lombardía comenzaba a desarrollarse un estilo más libre y cercano a la realidad.

El padre de Caravaggio, Fermo Merisi, era “magister”, es decir, arquitecto decorador, del duque de Milán y marqués de Caravaggio, Francesco I Sforza. Nuestro artista se formó en Milán y la epidemia de peste que en 1576 asoló la ciudad causó la muerte de su padre y su tío, así que su madre tendría que criarlo, a él y a sus cinco hermanos, con muchos esfuerzos.

El príncipe Colonna, sucesor de Sforza, advirtió sus dotes pictóricas y negoció el contrato de cuatro años con Peterzano. Esa protección de la casa Colonna sería fundamental para Caravaggio, y nunca le faltaría.

No sabemos demasiado de la actividad de Peterzano en Milán, aunque sí que era demandado por la “elegancia y ligereza” de su pintura (expresión de Lomazzo), y atendiendo a los frescos de la cartuja de Garegnano podemos deducir que aunaba las influencias del realismo lombardo y el Manierismo.

Aunque su influencia es clara en las primeras pinturas de Caravaggio, también se aprecia en ellas la huella de los viejos flamencos, como Leonardo o Lorenzo Lotto: del primero se veneraba La Virgen de las Rocas en la iglesia milanesa de San Francisco el Grande; el segundo era muy apreciado en Bérgamo. Algunos especialistas, como Mina Gregori o Bernard Berenson, creen que probablemente visitase Venecia, y que ello explique la influencia de Giorgione, Tiziano o Giovanni Bellini en aquellos  trabajos tempranos.

En Vincenza sí estudió Caravaggio la obra de Mantegna, maestro de la perspectiva, y en Mantua, en el Palazzo del Té, conoció las obras monumentales de Giulio Romano.

En el Milán en el que vivió Caravaggio bullía una incipiente escuela que tomaba sus temas de la realidad cotidiana y trataba la luz por nuevas vías

Sofonisba Anguissola. Niño mordido por un cangrejo
Sofonisba Anguissola. Niño mordido por un cangrejo

En el Milán en el que vivió Caravaggio bullía una incipiente escuela que tomaba sus temas de la realidad cotidiana y trataba la luz por nuevas vías. Es posible que fuera Giovanni Savoldo quien instruyera al genio en la opción del claroscuro, de mostrar luces sin origen divino. En Bolonia los Carracci pintaban conforme a ese mismo espíritu y en Cremona Sofonisba Anguissola, que había conocido a Miguel Ángel en Roma, reproducía por entonces escenas de la vida corriente. En uno de sus dibujos representó a su hijito a tiza y carboncillo tras ser picado por un cangrejo, y es casi seguro que Caravaggio lo retuvo en su memoria, pues este tema lo pintó en uno de sus primeros cuadros después de llegar a Roma.

Por lo demás, en lo relativo a la formación de Caravaggio todo son hipótesis. Según Berenson, Venecia y sus maestros, sobre todo Giorgione, fueron esenciales, pero la influencia de los lombardos también. Longhi ha hablado largo y tendido de la humanidad familiar de ese grupo de pintores autóctono, que simpatizaba con “una religiosidad más humilde, empleando un colorido más verdadero y más cuidado, sombras mejor descritas e incluso efectos nocturnos”.

Con Peterzano aprendió a pintar, pero a los dieciocho Caravaggio marchó decidido a Roma, elección que daba prueba de su ambición: la ciudad era entonces la capital cultural y artística europea, la ciudad de los Papas en efervescencia. Se acababa de terminar la cúpula de San Pedro, las basílicas de Santa María la Mayor o San Juan de Letrán hablaban al mundo del triunfo de la cristiandad, y se abren nuevas vías, como el Corso. Sixto V reclama arquitectos, pintores, escultores, grabadores y orfebres y muchos lombardos acudieron a su llamada, entre ellos Domenico Fontana o Pomarancio.

En su camino a Roma, se detuvo en Parma, donde Annibale Carracci (ya instalado en Roma) había pintado para los Capuchinos una Deposición de la Virgen (que le encantó y que pudo ser su modelo para la Muerte de la Virgen del Louvre). También pasó por Viterbo, aunque no sabemos si allí vio o no la Flagelación de Sebastiano del Piombo, y se detuvo en Florencia, donde tampoco queda constancia de que conociera los Masaccio de la Capilla Brancacci.

No conocemos cómo logró el artista superar los peligros que acechaban en los caminos hacia Roma, ni si alcanzó la urbe en 1591 o 1592. Es probable que llevara consigo telas pintadas en el estudio de Peterzano, aunque su concepción realista no suscitó interés en la ciudad, que, seducida por el Manierismo, entonces adoraba a Salviati, Cesari o Zuccari. Como tiene que subsistir, Caravaggio se pliega en principio al gusto mayoritario y, tras una estancia en los bajos fondos romanos, acepta sin mucho entusiasmo un empleo con un pintor siciliano, Lorenzi.

Con sus compañeros alterna trabajo, juergas, salidas al campo y a las “viñas”, propiedades de los amantes del arte. Es probable que realizara entonces obras contrarias al gusto de su tiempo que no encontraran comprador.

La suerte le sonrió en la persona del prelado Pandolfo Pucci, bien visto en la corte papal, atento a las nuevas tendencias y a los jóvenes. Caravaggio lo atrapó por su talento, su carácter salvaje e intransigente. Le ofreció albergue y cubierto a cambio de que copiase cuadros de piedad que él enviaba al convento de los capuchinos de Racanati, su pueblo natal. No se han conservado.

Caravaggio. Muchacho mordido por un lagarto, 1593-1594
Caravaggio. Muchacho mordido por un lagarto, 1593-1594

Michelangelo tiene ahora mucho tiempo libre y pinta lo que le pasa por la cabeza y como puede. Entre aquellas obras primeras realizadas en casa de Pucci destaca Muchacho mordido por un lagarto (1593-1594), recuerdo de Sofonisba. Hay quien considera esta obra la irrupción de la instantánea en la pintura: el joven es retratado en el momento preciso de la picadura, retrayendo la mano. Pucci supo ver que su protegido acababa de inventar algo.

Podría apreciarse aquí una intención alegórica: el dolor inseparable del amor. El hombro desnudo y la flor de la oreja del modelo nos hacen pensar que procede de la prostitución.

Poco después realizó Muchacho pelando una fruta (1593-1594), antes atribuido a Murillo. A ese periodo también pertenecen Muchacho con un jarrón de rosas y Concierto de jóvenes (1594-1595), llamado Los músicos. Recoge el que puede ser su primer autorretrato, como cantante del fondo a la derecha. Esta obra pasó a formar parte de la colección del Cardenal del Monte, otro protector del pintor. Sus herederos lo vendieron y no volvió a aparecer hasta 1894, en Londres, con motivo de una subasta en Christie´s.

Caravaggio. Los músicos, 1594-1595
Caravaggio. Los músicos, 1594-1595
Caravaggio. El tañedor de laud, 1595
Caravaggio. El tañedor de laud, 1595

En casa de Pucci, Caravaggio inició también El tañedor de laúd (la música siempre estuvo muy presente en su producción). Tanto en la versión del Metropolitan como en la del Hermitage ruso, los instrumentos están pintados con sumo cuidado. En la rusa, aparece en la partitura la célebre frase Sabed que os amo.

Caravaggio. Baco enfermo, 1593-1594
Caravaggio. Baco enfermo, 1593-1594

No sabemos exactamente por qué abandonó Caravaggio la residencia de Pucci, sí que el prelado era más bien avaro. A su salida, el pintor se encontraba como a su llegada: sin dinero. Lo acogió un amigo de los tiempos de Lorenzi que por entonces gozaba de cierto éxito: Antiveduto Gramatica.

Contrajo la fiebre romana o la peste, y es posible que su dura convalecencia se reflejara en sus posteriores obras de tema mortuorio, como Muerte de la Virgen, y también que inspirase Baco enfermo (1593-1594), quizá un autorretrato realizado con la ayuda de un espejo: carne hinchada, piel lívida, ojos hinchados…

Toda su vida padeció Caravaggio dolores de cabeza y vientre y en esta obra Baco es también miserable: solo aparecen dos albaricoques y dos racimos de uvas. A la salida del hospital (cuyo prior, Contreras, era español, y pintó para él en agradecimiento obras que llegarían a España y admirarían Velázquez y Zurbarán), lo acogió el Cavalier d´ Arpino, pintor favorito de la alta sociedad, poco mayor que Caravaggio.

Formaba parte de la Academia de los Insensati, llamada así porque sus miembros daban prioridad a los bienes divinos sobre los dones de los sentidos. Tasso o el futuro Urbano VIII asistieron a sus reuniones. En el estudio de Arpino, Caravaggio aceptó pintar orlas de flores y hojas en los frescos encargados a “su jefe” y allí conoció a cardenales, embajadores, artistas reputados y marchantes, entre ellos a Valentin de Boulogne.

Pintó además Muchacho con cesto de frutas (1593-1594), regalado por Pablo V a Scipione Borghese. Pero pese a codearse con las altas esferas, volvió su mirada hacia el vagabundeo. Tenía veinte años y no quería Caravaggio copiar Virgenes y guirnaldas en el estudio, sino vivir y pintar a su antojo.

Caravaggio. Baco, 1596-1598
Caravaggio. Baco, 1596-1598

Boulogne le aconsejó la pintura religiosa como solución “alimenticia”, pero en lugar de un cuadro de devoción, su siguiente obra importante fue otro Baco, este con rostro de muchacho de buena salud, coronado con pámpanos, copa de vino en mano. Las marchitas hojas de la corona y los frutos pasados traicionan la provocación.

Rechazado o mal vendido, este retrato no solucionó sus problemas. En el piso de uno de sus amigos pintó a continuación Caravaggio La buenaventura, por la que Valentín le pagó unos treinta escudos. Ofrecido luego a Luis XIV por Doria Pamphili, se conserva ahora en el Louvre.

La cuestión es que, cansado de su vida errante, Caravaggio terminaría aceptando pintar un cuadro religioso, el primero de su carrera. Fue un encargo de su nuevo protector: el Cardenal del Monte, pero el artista no optó por una Crucifixión, un Descendimiento o una Anunciación, sino por el episodio menos conocido de San Francisco recibiendo los estigmas (1595-1596).

Fue una obra maestra que le abrió las puertas de las grandes colecciones romanas y marcó el fin de su periodo de juventud. Y entonces comenzó otra historia.

 

 

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