Rosario de Velasco, de la pureza a los matices

La Fundación Cajamurcia le dedica una retrospectiva con obra inédita

Murcia,  28/10/2026

Hace dos años, para casi todos nosotros suponían un descubrimiento buena parte de las composiciones de Rosario de Velasco (Madrid, 1904 – Barcelona, 1991) que exhibía el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. En gran medida, esa exposición era fruto de los esfuerzos de su sobrina nieta, Toya Viudes de Velasco, por recuperar obras de la artista cuya pista se había perdido: recogía una treintena de pinturas datadas entre los veinte y los cuarenta y un conjunto de ilustraciones para publicaciones como ABC, Blanco y Negro o La Esfera, la mayoría representativas de su adscripción al retorno al orden, la corriente paralela a la Nueva Objetividad alemana y al Novecento italiano que aunaba tradición (a través de sus temas) y contemporaneidad (en sus formas contundentes).

Entre las figuras de referencia evidentes para la madrileña se encontraban tanto Giotto, Masaccio, Piero de la Francesca o Mantegna, Durero, Velázquez y Goya como De Chirico, Braque o Picasso. Fue su maestro Fernando Álvarez de Sotomayor, miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y director del Museo del Prado en dos ocasiones, pero ella se hizo consciente de que debía abrirse a las vanguardias y viajar y entabló contacto con Maruja Mallo, Rosa Chacel o María Teresa León.

Cuando acabó sus estudios, en 1924, participó en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid e inició su incursión en la ilustración. En la década de los treinta llevó a cabo sus trabajos más importantes -en algunos introdujo formas perspectívicas complejas o bodegones de cariz cubista– y formó parte de colectivas y concursos que le dieron éxito, como la Bienal de Venecia de 1936, pero el ritmo de sus exposiciones decayó después de la Guerra Civil. En la contienda fue acusada de falangista y condenada a muerte; pudo rescatarla quien después sería su esposo, el médico Javier Farrerons. La dureza de la posguerra y su tendencia al realismo figurativo en época de auge de la abstracción motivaron que cayera en un paulatino olvido hasta esta reciente recuperación.

Rosario de Velasco. Lavanderas, 1934. Colección particular

Rosario de Velasco. Lavanderas, 1934. Colección particular

Rosario de Velasco. Niña en azul, década de 1930. Colección particular

Rosario de Velasco. Niña en azul, década de 1930. Colección particular

Tras posteriores muestras en el Museo de Bellas Artes de Valencia o en el MUREC almeriense, ahora es el Centro Cultural Las Claras de la Fundación Cajamurcia el espacio que revisa la trayectoria de esta autora, incorporando piezas inéditas en anteriores presentaciones y contando con el comisariado de Alicia Ventura y de la propia Toya Viudes. Hasta allí han viajado sus figuras a un tiempo introspectivas y poderosas en su hieratismo, contenidas en su gestualidad y pulidas en sus formas, que parecen formar parte de un tiempo detenido; fueron así fundamentalmente en sus inicios, muy paulatinamente sus bordes perdieron dureza y sus formas se suavizaron, como si se encontrara la artista indagando en la posibilidad de la pintura de fijar lo real y en el peso del inconsciente en la percepción. Si en sus trabajos primeros los volúmenes son cuidadosamente modelados hasta resultar casi escultóricos y su entorno es esencialmente estable y sólido, en el paso de los años las pinceladas ganaban autonomía y la materia vibración, deviniendo los cuerpos menos nítidos. Algo se fragmentaba en la composición y la sugerencia se abría paso frente a la robustez primera.

Un proceso semejante ocurrió en su tratamiento del espacio: diferenciado con claridad respecto a las figuras que lo poblaban en un principio, terminó manchándose de aquellas hasta articular un campo visual único; en paralelo, la artista ampliaba lecturas, viajes e intereses, dejándose, claro, contaminar por esos nuevos caminos a la hora de tomar los pinceles. Así, subraya esta exposición que supone un error interpretar el legado de Velasco como un bloque monolítico: su idea de la representación tampoco lo fue. Ni su uso del color: si en sus composiciones juveniles la paleta es enfática y saturada, y ayuda a componer -organiza, delimita-, poco a poco en sus tonalidades emergió una calidez nueva; interesaba la impresión, una brotada de la propia materialidad de los lienzos. Más que proyectarse hacia fuera, surgen de dentro, y no se da en ellas estridencia, pero tampoco envuelven ni confortan.

Ese cambio en su estudio tonal también queda evidenciado en Murcia, donde notaremos cómo sus piezas de madurez demandan del observador una actitud más meditativa y lenta, para captar la complejidad creciente de su lenguaje.

Rosario de Velasco. Barcas, hacia 1965. Colección Francisco Almazán

Rosario de Velasco. Barcas, hacia 1965. Colección Francisco Almazán

Rosario de Velasco. La novia, 1971-1972. Colección Esperanza d´Ors

Rosario de Velasco. La novia, 1971-1972. Colección Esperanza d´Ors

Son sesenta las composiciones reunidas en esta exposición, datadas entre los treinta y los ochenta y ordenadas cronológicamente para detenernos mejor en esa evolución; las que pueden verse por primera vez en esta ocasión son algunos de las más tardías, y por tanto más expresivas y libres. Muchas de las obras proceden de colecciones particulares y familiares; el resto, de instituciones como la Diputación de Barcelona, el Museo del Traje madrileño o el de Zabaleta de Jaén. No falta el que es seguramente su lienzo más celebrado, Las lavanderas, que evoca la Nueva Objetividad en la contundencia de sus figuras pero también a los maestros del Renacimiento en el manejo sutil de colores y telas, o de la misma hierba; su Retrato del Doctor Luis de Velasco, una de las piezas señeras del retorno al orden en nuestro país; o el bodegón de eco cubista Cosas, que destaca por su misterio.

Inmersa en el panorama artístico catalán desde los años cuarenta y hasta su fallecimiento, allí llevó a cabo las premiadas La casa roja y Los cazadores, que han sido restauradas antes de la muestra, y contemplaremos igualmente Las cuatro estaciones, que decoran el Salón de Honor del Castillo-Palacio de Magalia en Navas del Marqués, retratos de su hija y paisajes turolenses. Entre sus temas recurrentes en esa etapa catalana distinguimos escenas de mar, campo, pastoreo y carnaval, asuntos que captó con vitalidad y con una luminosidad brumosa y envolvente. La propia artista declaró entonces: Ahora sé pintar.

Rosario de Velasco. Carnaval, década de 1970. Colección Amaya Ugarte Farrerons

Rosario de Velasco. Las bañistas, década de 1970. Colección La Mirada Ingenua

 

«Rosario de Velasco. Del olvido a la memoria»

CENTRO CULTURAL LAS CLARAS. FUNDACIÓN CAJA MURCIA

C/ Santa Clara, 1

Madrid

Del 7 de octubre al 29 de noviembre de 2026