
A comienzos del siglo pasado una auténtica fiebre del oro sacudió el Amazonas, sólo que no fue de oro, sino de caucho: el mercado de ese producto florecía. Y mientras los hombres de Iquito hacían abundantes negocios, Fitzcarraldo buscaba, sin embargo, levantar una ópera en el corazón de aquella selva.
Entre los grandes empresarios nadie le tomaba en serio -tenía cierto historial de planes descabellados-, pero tras consultar un antiguo mapa, este raro irlandés alumbró la manera de financiarla: en las orillas de un afluente del mismo Amazonas, amplios bosques gomeros no podían ser aprovechados por dificultades de acceso y su plan consistía en salvar los rápidos, descendiendo por un afluente vecino, hasta un punto donde los dos cauces estuvieran muy próximos, y recorrer la distancia entre ambos arrastrando el barco por tierra. La iniciativa parecía, evidentemente, destinada a fracasar desde que, en su mismo arranque, el protagonista pierde a toda su tripulación, que abandonó por temor a los ataques de la población indígena, a la que Fitzcarraldo pudo apaciguar gracias a Caruso y a un gramófono.
Así, cuando la lengua de tierra entre ambos arroyos resultó ser una colina escarpada en medio de la selva, Fitzcarraldo tampoco se desanima y, ayudado ahora por los indios, procura lo imposible: salvar la montaña arrastrando el vapor. Quien siempre lo apoyó fue Molly (Claudia Cardinale), perfecta dama de provincias de temperamento indomable y una personalidad afín a la de la actriz, en la realidad.
El film de Wener Herzog, de cuyo rodaje se cumplen cuarenta y cinco años, cuenta, en definitiva, la historia de una obsesión y parece ser, en sí mismo, la historia de otra. No era la primera vez que este cineasta rodaba con el muy turbio Klaus Kinski -turbio es adjetivo suave para este depredador confeso-, porque una década antes habían unido fuerzas en Aguirre, la cólera de Dios, entonces en la selva de Perú, pero las duras condiciones en que se gestó este segundo proyecto parece que sólo podrían compararse a las que tuvo que enfrentar Coppola en Apocalypse Now. Así lo atestigua el documental El peso de los sueños (1982), de Les Blank.
Como la misma trama, la filmación no fue ajena a las catástrofes: abandonaron dos personajes principales (Mick Jagger y Jason Robards), estalló la guerra entre Ecuador y Perú, hubo sequías, inundaciones, accidentes varios y mordeduras de serpientes. A todo ello hay que sumar los ataques de rabia de Kinski, tan violentos que, según explicó el mismo Herzog, un jefe indio se ofreció, no ya a apaciguarlo, sino a matarlo. Como el director conocía previamente ese carácter insufrible, había previsto estos problemas y pensó no contar con él, pero la baja de Jagger le llevó, finalmente, a llamarlo.
En el fondo, el bestial Kinski resultaba ideal para el papel: por su carisma más que ambiguo y su aura de solitario demente. Encajaba a la hora de encarnar a un héroe que, en lo más recóndito de la selva tropical, defiende la supremacía total del arte y supone una suerte de alter ego del propio director, de manera más evidente que en ninguna otra obra de su filmografía: es posible establecer paralelismos entre la obsesión de Herzog por llevar a puerto su proyecto de cualquier manera, incluso sometiendo a crueldades a sus actores, y los empeños en teoría imposibles del mismo Fitzcarraldo.
En todo caso, esta película, por sus numerosos efectos especiales, no hubiese sido posible sin la entrega completa del equipo de rodaje: la autenticidad de las imágenes lo es todo. El barco fue arrastrado de verdad por los indios, montaña arriba, y podemos estar seguros de ello aunque no hayamos visto antes nada parecido. Ya dijo Herzog que su intención primera, en su oficio, era mostrar cosas que hemos soñado pero nunca hemos visto, y aquí desde luego lo consiguió, desplegando secuencias de patética veracidad que hoy, en tiempos de inteligencia artificial y actitud irónica respecto al pasado, pueden sobrecogernos incluso más que cuando se rodaron.
Criado en una zona rural relativamente aislada, Herzog se formó en el cine como autodidacta y fundó su propia productora con apenas veintiún años. Sus personajes nunca son convencionales, sino marginados (o automarginados) de la sociedad, hacia los que demuestra evidente simpatía. Curiosamente o no, sus trabajos junto a Kinski le dieron la mayor celebridad: además de los mencionados, se trata de Nosferatu (1978), Woyzeck (1973) y Cobra Verde (1987); quizá por ello el mismo Herzog rodó un documental revisando su relación poco usual con él, Mi enemigo íntimo.
En todo caso, aquel ya murió sin que nadie públicamente lo lamentara y las películas rodadas por Herzog fuera de su Alemania natal le han granjeado mayor popularidad y reconocimiento, especialmente en Estados Unidos.
