Hoy Carboneras supera los 8.000 habitantes; entre los cincuenta y los sesenta esta localidad almeriense no alcanzaba la mitad y algunos de ellos forman parte hoy -también entonces- de la nómina de los grandes museos. Este pueblo fue lugar de veraneo para artistas y escritores procedentes de Francia, Inglaterra o Estados Unidos; en ocasiones levantaron allí sus propias casas, otras veces las alquilaron o se alojaron temporalmente en las de compañeros.
El relato de esa Carboneras convertida en polo de atracción cultural -algo así como nuestra Hidra- no es demasiado conocido, por eso los responsables de la muestra que ahora se brinda a este asunto en el Centro José Guerrero, Iñaki Estella y Chema González, han tratado de construirlo en sus salas prácticamente desde cero. Y han elegido atender a la pluralidad de miradas que de Almería y de este enclave se generaron entonces, en lo artístico, lo literario y lo fílmico: del lado más tradicional, incluso ancestral y telúrico, que captaron Pérez Siquier, Vicente Aranda o Juan Goytisolo, a las visiones más abiertas, en relación con el deseo de internacionalización favorecido por los pactos hispanoamericanos de los cincuenta, cuando se oteaba el fin de la autarquía. Son muchas las historias, los comienzos y amistades creativas que se enhebraron aquí, en la comarca de la Vera.

Anna-Eva Bergman. Planta de la casa de Carboneras. Dibujo arquitectónico, 1962. Colección Fundación Hartung-Bergman, Antibes.
El recorrido arranca con una de las pinturas inspiradas en el horizonte de Anna Eva Bergman, que -lo veremos- llegó hasta aquí con su marido intermitente Hans Hartung con el propósito de contar con casa propia, aunque ésta no llegaría a materializarse. Sin embargo, este lugar sí influyó decisivamente en su poética: allí plasmó, precisamente, su primer horizonte convertido en tema artístico, al que seguiría una larga lista. Con esos mismos paisajes de fondo se rodó la toma de Áqaba de la película Lawrence de Arabia (1962), de David Lean, que tuvo en la playa del Algarrobico uno de sus escenarios. El pueblo no lo olvidó, por eso en el segundo centenario de su fundación se invitó a los actores a regresar. En contraposición a esa imagen idílica y común, el cineasta francosuizo, aunque nacido en El Cairo, Gilbert Bovay, filmó aquí un documental de carácter antropológico centrado en pescadores y lugareños: muestra a una Carboneras fuera del tiempo, instalada casi en una dimensión cósmica propia.
Miseria material y síndrome de Stendhal ante la belleza de estos parajes se conjugan en Campos de Níjar, relato de viajes de Juan Goytisolo que Seix Barral publicó en 1960. Entonces el autor de Juan sin tierra residía en París y frecuentaba en la Librería Española de París, a veces llamada Soriano en referencia a su fundador, a exiliados españoles y también a escritores franceses, como Sartre o Beauvoir. Goytisolo habló allí de Carboneras y suscitó curiosidades, en parte impulsadas por las imágenes de Vicente Aranda que ilustraban el texto (Aranda fue fotógrafo antes de cineasta). No lejos queda en la exhibición el imprescindible Siquier.
Cerca de aquella librería española, en St. Germain des Prés, vivía en esos años Dominique Aubier, que debió oír hablar allí de Carboneras y tendría un rol fundamental en su conversión en meca de artistas. Se desplazó allí y decidió emprender actividades, sólo entre comillas turísticas, no convencionales: quiso convertirlo en pueblo de creadores, que albergara una universidad de la palabra y una fábrica de cerámica. En último término, deseaba reivindicar el viaje como forma de arte; además, como revisa este proyecto, escribió mucho sobre España y ofreció una visión muy heterodoxa en torno a Cervantes y El Quijote, contemplándolos como profetas de la cábala. Instantáneas de Inge Morath, inmensa viajera, completan esta parte del itinerario.

Carboneras. Arte y vanguardia en la nueva Áqaba (1956-1980). Centro José Guerrero, 2026
Las viviendas construidas por los artistas que recalaron en Carboneras tuvieron repercusión en la prensa especializada en arquitectura, sobre todo en la revista L’Architecture d’Aujourd’hui, con edición en español (y aún en funcionamiento, por cierto). Su fundador fue el arquitecto André Bloc -no confundir con el matemático Bloch-, junto a Edgard Pillet, escultor y pintor; este último proyectó siete residencias, y el primero, concibió aquí la única de sus esculturas-habitáculo verdaderamente habitable. Este tipo de estructuras se hicieron célebres gracias a su aparición en vídeos de William Klein, en la película La otra mujer, de François Villiers con Paco Rabal, y en varios documentales.
Aubier no consiguió traer a este lugar, de forma duradera, a los informalistas europeos, pero sí a generaciones de autores más jóvenes, cinéticos latinoamericanos que entonces pululaban por París y contaban con trayectorias asentadas: hablamos de Julio Le Parc y Jesús Rafael Soto, ya reclamado por la ONU, pero también de Francisco Sobrino, alcarreño que había emigrado a Argentina y luego a París, y no tuvo en Carboneras casa pero sí la alquiló, o Takis, griego obsesionado con los radares y las antenas. Tuvieron un gran defensor en Jean Clay, critico de arte para Realité que intentó crear aún, junto a Julian Blaine, otra revista, Robho, muy gamberra, underground y experimental en su formato, tanto que el primer número apenas resultaba legible.
Se dejaron caer, igualmente, por Carboneras Hans Haacke y Lygia Clark. Sus estancias fueron cortas, pero relevantes: ella comenzó aquí una etapa en su carrera que llamó de pensamiento mudo, y que se basó en el reencuentro con materiales puros, como el agua, la arena y la hierba. En cuanto al alemán, considerado uno de los padres del arte ecológico, recogió basura en la playa de las Marinicas y allí construyó un monumento a la contaminación. En ese mismo lugar se filmó en 1966, por cierto, How I Won the War, una comedia antibélica de Richard Lester donde aparecía John Lennon.

Carboneras. Arte y vanguardia en la nueva Áqaba (1956-1980). Centro José Guerrero, 2026
Hartung y Bergman, aunque, como señalamos, no estuvieron mucho tiempo aquí, protagonizan el tramo final de la exposición. Ya habían vivido en Menorca en los años treinta, y en la isla se habían hecho construir una estupenda vivienda que conjugaba racionalismo y referencias locales, pero debieron abandonarla tras la Guerra Civil. Había mucho interés en que se quedaran, décadas después, en Carboneras para que su presencia sirviese como efecto de atracción, por eso recibieron la recepción de un gobernador civil, como atestiguan fotografías de su fundación: fueron presentados a las autoridades y agasajados por jóvenes con traje típico.
No se quedaron y marcharon a Antibes -su casa allí replicó sus planes andaluces-, pero si el horizonte almeriense no abandonó a Bergman, los muros españoles permanecerían en las piezas de Hartung, que además fotografió ampliamente sus playas y pretendió encontrar en ellas una suerte de agujero negro, un vacío temporal y geográfico donde retornar a un estado primigenio.
Culmina la muestra quien fuera lazo de muchos de estos artistas: Bernard Rudofsky, que tuvo casa en Nerja y fue amigo de Bloc. El Centro José Guerrero le dedicó una exhibición hace algún tiempo, incidiendo en su crítica a la sociedad de consumo y su reivindicación de las arquitecturas anónimas. Su ensayo Arquitectura sin arquitectos inspiró a generaciones.
«Carboneras: Arte y vanguardia en la nueva Áqaba» puede visitarse hasta el 15 de noviembre.

Carboneras. Arte y vanguardia en la nueva Áqaba (1956-1980). Centro José Guerrero, 2026

Carboneras. Arte y vanguardia en la nueva Áqaba (1956-1980). Centro José Guerrero, 2026