El sentido de un final y los juegos de la memoria

28/12/2017

El sentido de un finalLos lectores de Julian Barnes llevaban tiempo esperando que llegase a cines esta versión fílmica a cargo del director indio Ritesh Batra de El sentido de un final, atendiendo a las redes con una mezcla de ansiedad por ver cómo una historia sustentada en emociones personales puede filmarse, y de escepticismo, porque ya se sabe que, cuando se ha leído la novela, las posibilidades de frustración son altas con la película.

El hecho de que Barnes hubiera dado libertad a Batra para adaptar la novela desde su propio enfoque y de que el resultado le haya parecido bien eran puntos a favor que nos invitaban, además, a considerar el filme como obra hasta cierto punto autónoma, muy inspirada en el libro, ahora reeditado, y en su atmósfera, pero no completamente deudora de él. Seguramente entendiéndola así es como mejor puede disfrutarse esta obra, aunque no hacen falta excusas, porque para un público medianamente adulto El sentido de un final es puro placer, una obra que cala hondo en el público desde la ausencia de pretensiones, la expresión con gestos sutiles, la contención… y que apela a cualquier espectador con memorias y experiencias de vida.

Jim Broadbent interpreta a Tony Webster, un vendedor de cámaras de fotos, divorciado y padre de una hija, que lleva una vida monótona y plácida y que hace tiempo que dejó de intentar ser amable con quien no le agradaba… y, en realidad, con la gente en general. Un día cualquiera recibe una carta que le anuncia que ha heredado el diario del que fue su mejor amigo en la Universidad, y que quien se lo lega es la madre de la que fue su novia cuando estudiaba, Verónica, una joven que siempre fue un misterio para él y que finalmente le dejó para salir precisamente con su amigo, un chico también dado a la filosofía y a los enigmas que además se suicidó poco después del cambio de pareja.

La intriga se abre paso entonces en el día a día de Tony, hasta entonces ajeno a la novedad, y las dudas que se abren ante él no son presentes ni futuras sino que afectan a la visión que él conservaba sólidamente sobre su pasado, sobre el camino que le ha traído hasta la madurez. Tratando de recuperar el diario, su memoria se tambalea, revive hechos y sentimientos pasados (los suyos y los de los otros) desde una luz nueva y se da cuenta de que los recuerdos no lo son de lo que pasó sino de sus propias percepciones. De que hay mucho que desconoce sobre su propio camino y que es posible que siempre se le escape.

Por la trama, y por la presencia de Charlotte Rampling, breve pero poderosa, es inevitable que la película de Batra nos recuerde a 45 años, el filme en el que un matrimonio que llevaba ese tiempo casado y que no parecía tener grietas se tambalea al aparecer en las montañas el cadáver de la que fue novia de él hace medio siglo. En ambas historias, muertos pasados, conocidos de relaciones más o menos breves, demuestran tener su peso en el presente, probando que lo importante siempre es subjetivo; si bien el proceso de mirar atrás era en 45 años de dos y en El sentido de un final es profundamente personal. Y transformador: Tony es distinto (y mejor) después de repensarse y conocerse más a fondo.

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