De cajas mágicas y banderas

Bosco Caride y Florentino Díaz exponen en la Galería Trinta

Santiago de Compostela,
Bosco Caride. El ojo de la caja mágica, 2016
Bosco Caride. El ojo de la caja mágica, 2016

Hasta el próximo 5 de mayo, la Galería Trinta de Santiago de Compostela presenta sendas muestras dedicadas al artista pontevedrés Bosco Caride y al cacereño Florentino Díaz; la primera bajo el título de “El ojo de la caja mágica” y la segunda con el nombre de “Las banderas no dejan ver la casa”.

El primero es autor de imágenes monócromas en las que el tiempo parece detenido, visiones urbanas que imaginamos como escenas mudas si pudiésemos habitarlas. Habitualmente pinta a partir de fotografías ciudades que transmiten cierto desgaste, hasta el punto de asemejarse a no lugares, a escenarios efímeros.

Las variaciones introducidas en sus series de trabajos son tan sutiles que, en conjunto, estos componen una suerte de secuencia repetitiva que podríamos interpretar como simbólica de la rutina diaria en las ciudades. Convierte lo cotidiano en inquietante, lo banal en monumento y los excesos propios del medio urbano en una excusa para la reflexión.

En la muestra que ahora presenta Caride en Trinta encontramos pinturas nacidas de dibujos en las que el artista confiesa haber prescindido del color para distanciarse de las realidades que representa, concediendo por tanto al cromatismo vivo un valor emocional y uno objetivo al blanco y negro.

Sus trabajos inciden en los compartimentos y barreras que el urbanita crea para distanciarse de su entorno, de ahí la presencia de tabiques que alejan o impiden el paso y nos incitan a contemplar sus obras fragmento a fragmento.

En sus palabras, mi manera de construir los cuadros va pareja a la forma en que se construye en la ciudad contemporánea: a partir de módulos, ritmos y repeticiones. En mi obra también aparece la incorporación de la naturaleza a la ciudad llena de ritmos: la contraposición entre lo orgánico y lo geométrico. La relación del hombre con la naturaleza domesticada. Por ello no creo que estos nuevos cuadros sean una excepción en mi trabajo. Pero sí que proporcionan un espacio de calma. Tal vez porque la presencia humana se hace evidente a través de pequeños elementos arquitectónicos que nos ayudan, no nos oprimen, no hacen que nos sintamos atrapados en esas estructuras repetitivas que definen mi obra.

Florentino Díaz. Las banderas no dejan ver la casaFlorentino Díaz, por su parte, se ha valido desde la década de los noventa de materiales e imágenes recuperadas en el Rastro madrileño o en sus viajes a la hora de configurar sus trabajos, que desprenden sencillez pero que sobre todo contienen hondas connotaciones emocionales por referirse a vidas personales, sentimientos de gentes pasadas.

Estos elementos vienen formando parte del proyecto en el que desde esos noventa trabaja casi de forma obsesiva: la creación de una casa soñada, una casa que es refugio y monstruo. El verano pasado ya presentó en Matadero Madrid “Paisajes de invierno”, una especie de casa-barracón que nos proponía un viaje a los hogares europeos de principios del siglo pasado.

La casa es para Florentino ese lugar donde nacemos y morimos, donde amamos y sufrimos, donde descansamos y somos felices, donde nos protegemos y en el que, en fin, pasamos gran parte de nuestra vida se ha convertido en un tema recurrente que aparece una y otra vez en mi obra. Es el centro alrededor del cual gira todo, de donde se sale y adonde se vuelve. Hablo de todas las casas puesto que todas ellas somos todos y, todos somos el planeta en que vivimos. Ahora mismo a Europa están llegando miles de ciudadanos que huyen de la guerra y el terror que existe en sus países buscando un lugar-casa que les acoja y proteja. Pero las fronteras se han cerrado y no permiten el paso en nombre de algunos derechos (que no se pueden entender más que como privilegios) enarbolando banderas nacionalistas que tapan o eclipsan la casa que un día habían soñado también podría ser la suya. Desde luego creo que Las banderas no dejan ver la casa.

Las fronteras, tabiques, banderas o alambras, pueden entenderse, por tanto, como el nexo común en la producción expuesta de Caride y de Díaz; en el primero compartimentan ciudades para alejarnos de nuestros vecinos; en el segundo, tapan o impiden ver por completo casas a las que no puede accederse.

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