El rebobinador

Estilizar la melancolía. Picasso azul

Picasso. Mujer con sombrero de plumas, 1901
Picasso. Mujer con sombrero de plumas, 1901

Fijaos en esta mujer con sombrero de plumas. No pertenece estrictamente al periodo azul de Picasso, pero en la obra ya predomina esa tonalidad, un color frío asociado a la Virgen, que viste en la pintura religiosa tradicional de blanco y azul (los colores de la pureza y el cielo).

El uso de este tono tiene claros referentes simbólicos que operan sobre nosotros, seamos o no conscientes; también está asociado, sobre todo en la cultura anglosajona, a la depresión y la melancolía, el cielo, el mar y la noche. A esta última y no al cielo remite el azul picassiano, teniendo en cuenta que asociamos esta, y no el día,  a la tristeza y la desesperanza.

La cultura de fin de siglo, alimentada por la Generación del 98, manejaba una noción de la melancolía como producto de nuestro conocimiento de que vamos a morir y de que el espíritu tiene mal asiento en el cuerpo, odiosamente mortal. El color para ese estado de ánimo era irremediablemente el azul, y no era asunto nuevo: así eran La noche estrellada y una de las habitaciones de Van Gogh, azul de fondo había en El grito de Munch, era un tono recurrente en Nonell, Cézanne o Toulouse-Lautrec y Ensor pintaba en Bruselas mundos de pensamiento melancólico. Antes, El Greco había representado con verdes azulados figuras espiritualizadas y consumidas: como el negro, es un tono que estiliza por evocar lo trascendente.

El año en que Picasso pintó a esa dama con sombrero, 1901, corresponde al inicio de su periodo azul, y fue también el año en que murió su amigo Casagemas y él pintó su entierro. Antes había ido a ver El entierro del Conde Orgaz a Toledo y lo tuvo muy presente en esta obra: en la corte de plañideras, el lienzo blanco del muerto y la resurrección vertical que separa cielo y tierra.

La relación de la obra de Picasso con la del cretense es formal, no literal como en el caso de Zuloaga, que actualizó los tipos del Greco. Picasso, a su manera, profana la idea de Resurrección colocando prostitutas en el cielo como alegoría moderna de la vida. Crea un gran friso vertical que pone del revés el del Greco, relatando el amor y la muerte con su amigo como protagonista.

Pablo Picasso. Evocación (El entierro de Casagemas), 1901. Musée d´Art Moderne de la Ville de París
Pablo Picasso. Evocación (El entierro de Casagemas), 1901. Musée d´Art Moderne de la Ville de París

A Casagemas lo retrató, además, con un disparo en la sien, yacente y con el impacto dorado de la bala en una pintura de un patetismo que remitía a Van Gogh. La atmósfera era extremadamente naturalista y el gran cirio, como señal de fuego, circundaba la cara azul de tonos rojizos, jugando con la pasión y la muerte.

Otra obra de evidente carácter grequista es su Conchita, su hermana pequeña fallecida, donde también está presente la muerte y la gama cromática azul con un carácter sinestésico.

Una de las obras más expresivas de Picasso también pertenece a esta etapa: es su Arlequín, pensativo y melancólico. En esta obra se aprecia el interés de Picasso por Gauguin y por la línea, el aplastamiento del volumen, la frontalidad, la ausencia de fondo… rasgos que anticipan el cubismo. También es patente aquí la influencia de Ingres, para quien lo esencial en la pintura era el dibujo.

La tendencia de Picasso a la monocromía -hay que matizar- no es solo propia de las épocas azul y rosa, se observa también en obras posteriores, como El Guernica. En unas y otras, la decoloración impone volúmenes y formas. Una figura capital para el malagueño a la hora de encarar su trabajo volumétrico es Cézanne, que en su fase final también recurrió a las monocromías en azul para marcar las figuras o la arquitectura del paisaje, anunciando un proceso ascético que buscaba subrayar el valor de la línea.

No se puede olvidar lo que en paralelo a estas obras de Picasso hacían los nabis, que empleaban colores entretejidos muy vivaces, y que en 1905 echaría andar el fauvismo. El andaluz se afirma ahora en solitario, recién entrado al siglo, dando valor a los colores autónomos respecto a lo real.

Y otra obra esencial del periodo azul es La habitación azul o La tina (para los jóvenes, se trata de un barreño metálico para el baño, insólito entonces). Podemos deducir que se trata de una escena de higiene de una prostituta, pues no eran habituales entonces los baños así, ni desnudarse para ello.

A Picasso le interesa el desnudo en posiciones no habituales como esta; su precedente es Degas, que se esforzó en representar el cuerpo femenino realizando esfuerzos, fijándose en la deformación del cuerpo en los procesos.

La visión de Picasso parece la dada por el ojo de una cerradura, no solo por el afán de curiosear obscenamente, sino por concentrar la atención sobre un aspecto que ve en la escena en posición forzada.

Pablo Picasso. La habitación azul, 1901. Phillips Collection
Pablo Picasso. La habitación azul, 1901. Phillips Collection

Parece imposible aplicar el azul y la monocromía a una naturaleza muerta, pero Picasso lo hizo con este bodegón, también de 1901. De estilo holandés, por presentar ostras, flores, frutas…, evoca también a Cézanne por aparecer despojado de connotaciones simbólicas: sus elementos son pura forma. El uso del azul coloca una cortina de hielo a una obra que evoca calidez.

Picasso. Bodegón, 1901. Museu Picasso. Barcelona. Sucesión Picasso.VEGAP. Barcelona 2016
Picasso. Bodegón, 1901. Museu Picasso. Barcelona. Sucesión Picasso.VEGAP. Barcelona 2016

Que por aquellos años Picasso comenzaba  a convertirse en un fenómeno plástico (sentimental, literario), más que formal, lo vemos en su Bebedora de absenta, figura claramente melancólica, autoabrazada en posición fetal con manos exageradamente alargadas.

Demacrado se autorretrató también el artista en el mismo 1901, con veinte años. Se vio con pómulos sobresalientes, trazos muy definidos y una mirada casi alucinada o enfebrecida.

Picasso. Niño con paloma, 1901. National Gallery
Picasso. Niño con paloma, 1901. National Gallery, Londres

Su Maternidad de entonces remite al mito sagrado de la Madonna, pero su madre elegida es proletaria, carga con su hijo como si fuera un fardo y lleva a otro de la mano. Daumier fue el primero en pintar estas mujeres trabajadoras y también saltimbanquis y payasos: fue el preferido de Solana. Julio González, en Montserrat, representó años después esa misma figura.

Niño con paloma es otro ejemplo de sus esfuerzos por condensar los mensajes: el niño está reducido a lo esencial, su rostro aparece dibujado en pocos trazos y la silueta es aplanada, pero desprende una fuerte intensidad emocional. Su ajuar es escueto, solo un balón y una paloma, y corresponde a un periodo de depuración en la época azul.

El retrato de Corina Román (1902) se caracteriza por su ausencia de concesiones. Picasso empleó tonos azules, verdosos, agrios… siguiendo la senda del esquematismo y reduciendo la imagen a lo esencial. Ese camino lo mantendría en sus trabajos de 1905-1906 y de 1908-1909, bajo la influencia de la escultura primitiva.

La despedida del pescador (1902) también desprende melancolía. Remite al tema evangélico del pescador y a las Sagradas Familias y el cielo y sus nubes recuerdan al carácter agigantado y grotesco de los cielos de Van Gogh. Es también una obra muy sintética.

En La sopa, el realismo picassiano llega a su mayor grado. Una madre que parece una sacerdotisa romana se inclina para dar la sopa a su hija como si fuera un tesoro. La niña la recibe en actitud trascendental, aunque este sea un acto doméstico y cotidiano.

La vida (1903) es, por su parte, una obra claramente alegórica, dentro de la tendencia progresiva de Picasso a desliteraturizar la pintura en su camino a una abstracción que nunca será total. Este es el momento en que está creando un estilo genuinamente personal, alejado de las vanguardias parisinas.

Aparecen aquí un hombre y una mujer desnudos y abrazados, después una madre y su hijo: la vida claramente expresada. Toma elementos naturalistas, pero su planteamiento es muy estilizado: tienen un aire grequista y alucinado. Se aprecia también la influencia de Munch: priman la tensión y la espiritualización.

Se trata de una pintura muy romántica y cargada de melancolía en la que los escarceos azules anteriores alcanzan su plenitud.

La comida del ciego es, ante todo, una representación de lo táctil. El invidente ve con la yema de los dedos, y así coge el pan. No hay visión, sino ensimismamiento, esta es una obra muy espiritualizada donde está presente una sensación física, y no solo óptica, de que el pan tiene volumen y materia.

En 1904, tras establecerse en París, pinta Picasso La planchadora, un tema ya abordado por Ingres y Degas, admirador del primero y coleccionista de obras del Greco. También Meditación, un autorretrato en el que el artista medita sobre la mujer que duerme a su lado: vela el sueño de su amada melancólicamente y su fusión no es completa, porque la mujer con la que comparte lecho se escapa por el sueño. Rompe aquí con la austeridad melancólica y el mundo de inocencia y pureza e inicia su desposesión del azul.

Picasso. La sopa, 1902-1903. Art Gallery of Ontario
Picasso. La sopa, 1902-1903. Art Gallery of Ontario
Picasso. La comida del ciego, 1902-1903. Metropolitan Museum
Picasso. La comida del ciego, 1902-1903. Metropolitan Museum

 

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