El rebobinador

Constant Permeke y las manos de los campesinos

El movimiento expresionista belga se formó y se hizo notar con retraso respecto al alemán, pero ya en 1909, en Lanthem-Saint-Martin, se encontraron (y se reconocieron) sus figuras fundamentales: Gustave de Smet, Permeke, Frtiz van den Berghe y Albert Servaes.

Hay que señalar que el expresionismo alemán tuvo escaso eco entre ellos, pese a que en 1912 se dedicó a esa corriente una muestra en Bruselas y dos o tres coleccionistas bien informados habían adquiridos obras de Marc o Kandinsky. Se trató de un contacto fugaz, porque en el panorama artístico belga aún era dominante la pintura figurativa y porque la I Guerra Mundial frustró los posibles acercamientos.

Fue en 1916, sin embargo, cuando Permeke, en el pequeño pueblo de Chardstock, en Devonshire, finalizó un grupo de trabajos que supusieron el comienzo, en la práctica, del expresionismo belga. Había sido herido en el frente en Amberes y se desplazó a recuperarse a Inglaterra: en la distancia de su país y de su gente, alumbró El extranjero, El carnicero o El bebedor de sidra, punto de partida de un discurso, aún figurativo, macizo y épico al que guardó fidelidad hasta su muerte, en 1952. Fue, además, tremendamente prolífico: solo en el verano de 1925 pintó unas trescientas marinas.

Constant Permeke. Los novios, 1923
Constant Permeke. Los novios, 1923

Acabada la guerra, Permeke regresó a Bélgica y fue a vivir a Ostende, frente al mar del Norte. Ensor lo vio y habló de él durante un homenaje a Oleffe: Un joven pintor ignorado trabajaba bajo el gran faro: hirsuto, joven y rubio como Oleffe, este artista arrojaba al mar sus cuadros inconclusos, sacrificio digno de los antiguos. Él simbolizaba el sacrificio del arte joven e incomprendido.

Se esforzaba Permeke por representar el mundo en su potencia elemental. No buscaba lo cósmico, como Nolde, sino el sentido de la grandeza humana en estrecha conexión con la tierra. En él hay algo del Ensor que pintó El remero y mares tumultuosos, también del primer Van Gogh, con sus paletas ocres. En sus imágenes no hay flaqueza, pero sí un pesimismo enérgico y heroico (muy flamenco).

Si los expresionistas alemanes alcanzaron la disolución de la forma, Permeke las necesitaba, y sólidas, compactas y resistentes. Y si aquellos confluyeron en la Nueva Objetividad en la búsqueda de descripciones analíticas, Permeke evolucionó hacia un arte más sintético y elemental, a un dibujo duro y esencial, cercano a la esquematización cubista. Construyó sus imágenes a base de ángulos, aristas y cuadrados: una línea cubista, distanciada de la francesa, le permitió dar a sus figuras monumentalidad.

Permeke. Paisaje marino
Permeke. Paisaje marino

Ni el color puro ni la abstracción penetraron en su obra. Sus sembradores y amantes, sus campesinos y comedores de sopa están fuera de cualquier intento abstracto: las imágenes de Permeke tienen el peso físico y la gravedad de sus personajes. Representan la fatiga y la grandeza de las vidas humildes a través de gestos comunes y solemnes: son hombres y mujeres toscos, someros, de manos y pies grandes y rostros cerrados, a veces dolientes.

Pero no son símbolos: se trata, verdaderamente, de campesinos ligados al destino de la tierra por un pacto sin edad, que se afanan por ella y que son, en ella, enterrados.

Parece que late en estas pinturas el naturalismo de Zola, pero, por la plástica y la afinidad con el paisaje, son más fuertes los lazos con el Verhaeren de Toute la Flandre, un libro de poemas publicado en 1907 que también incidiría en Ensor. Escribía Verhaeren:

La madre con los niños y, en su canto, el abuelo,

Resto del pasado que vive solo.

Y repite, con los brazos cansados, la letanía,

Fatigosamente, de los quehaceres cotidianos.

¡Ay de mí! Pobre vida en el fondo del viejo invierno,

Cuando la duna grita y chilla con el mar;

Cuando la mujer escucha, junto al hogar apagado,

Un no sé qué en el alma de pobre y de triste.

Permeke. Los recolectores de patatas, 1932
Permeke. Los recolectores de patatas, 1932

En Permeke la elocuencia es más contenida y precisa, pero en ella se observa la misma pasión por los humildes que en el realismo del siglo XIX, Millet y Daumier, aunque con una sintaxis formal muy distinta. Esta se aproximaba, eso sí, a la de los demás expresionistas belgas, salvo Van den Berghe, que se orientó a un simbolismo de alucinaciones apoyado en El Bosco y en los aquelarres de Ensor.

Pero Gustave de Smet, Servaes, Jespers, Tytgat o Sutter abordaron, más o menos, la misma temática, con ciertas referencias veladas al lenguaje cubista, más potente en Brusselmans. El expresionismo en Bélgica no fue cerebral ni metafísico.

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