Sin la luz en la pintura, y su contraparte sombría, no podríamos percibir los objetos, sus formas y tamaños ni su situación en el espacio: veríamos planos monocromáticos, sin volúmenes ni profundidad. De no ser por el contraste y las gradaciones entre lo luminoso y lo oscuro no sería posible la visión. Pero ese es solamente uno, el más básico, de sus poderes: en todas las etapas de la historia del arte, y sobre todo en el Barroco, la luz y el brillo sugieren lo sobrenatural, aquello que escapa a la realidad tangible, y al ser potenciados sobre rostros u objetos suscitan simbolismos particulares y también emociones; pocos recursos permiten, hasta ese punto, conmover.
“El viaje de la luz: de Guido Reni a Murillo” es el título de la muestra que el Centro Cultural Fundación Unicaja de Málaga acaba de presentar al público, con el apoyo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. A través de ochenta pinturas barrocas procedentes de los fondos de esta última institución se nos propone revisar hasta qué punto la luz y la sombra lo cambiaron todo en este momento, en el conjunto de Europa (veremos obras españolas, italianas y flamencas) y en todos los géneros de esa disciplina (del retrato al paisaje, pasando por el bodegón y las escenas religiosas y mitológicas).
Comisariada por Mercedes González de Amezúa, hasta hace una década conservadora en la Real Academia, la exposición nos permitirá también atender a cuestiones técnicas: se han seleccionado intencionadamente composiciones de autores de diversas generaciones para que podamos comprobar cómo unos y otros resolvieron su empleo y tratamiento, ajustando a sus distintos lenguajes -más tempranos o más avanzados, mediterráneos o norteños- el manejo de la luminosidad, suave y armónico unas veces, contundente y tenebrista otras.


Cuatro secciones estructuran la exhibición, que comienza por un capítulo manierista, con piezas próximas al Renacimiento tardío en las que importaba la sugestión óptica del movimiento, pero también la generación de profundidad por la vía de la luz. En este primer apartado veremos obras de Jacopo Bassano, pionero en la creación de escenas construidas con fuertes efectos de claroscuro originados por focos de luz artificial; Tintoretto, cuya producción religiosa conmueve mediante color, luz o escorzos; o Vicente Carducho, que puso su tratamiento lumínico al servicio del equilibrio compositivo y la moderación en la paleta.
Inicio del Barroco y el caravaggismo nos trae obras de grandes figuras italianas y españolas, como Guido Reni, que se valió también de la luz para enlazar lo terreno y lo divino, la belleza y la transmisión de la fe, o José de Ribera, gran representante del naturalismo barroco y del manejo del claroscuro con sentido dramático y monumental.
Un tercer apartado recoge un Barroco otro, el que dio primacía al color frente al dibujo, representado aquí por Alonso Cano, que en Sevilla conoció el tenebrismo bajo la influencia italiana y flamenca; Juan Carreño de Miranda, que buscó la sobriedad y la carencia de artificio; Murillo, que empleó la luz también con ponderación expresiva pero queriendo despertar fervor; Juan de Arellano, que la usó para incidir en la belleza de sus flores; o Luigi Amidani, menos conocido pintor de Parma que acompañó a Velázquez en su primer viaje a Italia.
Por último, el epígrafe Luminosidad cobija a Luca Giordano, muy versátil pero tenebrista; Antonio Palomino, que iluminó al servicio de su decorativismo; Claudio Coello, que se valió de la luz para favorecer el sentido escenográfico de sus composiciones; o Salvator Rosa, autor peculiar, muy expresivo y casi fantasioso.


Muchos de estos trabajos visitan por primera vez Andalucía y un buen número han sido restaurados para la ocasión, como La batalla de Clavijo, de Orazio Borgianni; Príamo y Tisbe, de Matías Jimeno; Santa Teresa, de Andrea Vaccaro; Toma de hábito del Beato Orozco, de Bartolomé González; o Inmaculada Concepción, de Palomino, cuyo tercer centenario se conmemora este año.
Podemos destacar entre las obras expuestas la Magdalena de Murillo, que no salió de España en 1779 gracias a un real decreto de Carlos III que prohibía vender al extranjero cuadros de autores fallecidos; telas de Alonso Cano, Martín de Vos, Pedro de Orrente o Luca Giordano que formaron parte de la colección de Manuel Godoy, una de las más importantes de la nobleza española en el siglo XIX; o Cristo resucitado abrazado a la cruz de Reni, una de las pocas que se salvó del incendio del Alcázar de Madrid en 1734.
Esta muestra es fruto de un acuerdo entre la Fundación Unicaja y la Real Academia de San Fernando para promover exposiciones temporales conjuntas en Madrid y Málaga, por eso en 2027 podrá verse en la capital. Se acompaña, en su actual sede andaluza, de conferencias, visitas teatralizadas y guiadas o conciertos.



“El viaje de la luz: de Guido Reni a Murillo”.
CENTRO CULTURAL FUNDACIÓN UNICAJA
Plaza del Obispo, 6
Málaga
Del 18 de febrero al 5 de julio de 2026
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