Nunca se conocieron y sus personalidades, si hacemos caso a la mayoría de los testimonios, no tuvieron casi nada en común, pero sí compartieron época y algunas vocaciones, como el deseo de representar la emoción, la mirada a los ancestros y la asimilación abierta de las técnicas y los temas de la vanguardia con los que más llegaron a identificarse.
Mañana abre sus puertas al público, en el Museo Picasso malagueño, la muestra «MUNCH-PICASSO», que se ha organizado en colaboración con el museo del artista noruego en Oslo y la Fundación Almine y Bernard Ruiz-Picasso y que ha comisariado Paloma Alarcó. A través de un centenar de piezas, entre pinturas, grabados y dibujos, nos propone una suerte de diálogo imaginario en el que no se espera del espectador que establezca relaciones un tanto forzadas o anecdóticas, sino que aprecie cómo, a través de caminos evidentemente dispares, un autor y otro supieron encontrar en la naturaleza cualidades visionarias, incorporar innovaciones de largo calado en su proceso creativo -especialmente en sus estampas- y recurrir al tremendamente moderno reciclaje de imágenes a la hora construir sus respectivos lenguajes. Más que de semejanzas entre ellos, por tanto, tendremos que hablar de afinidades.
En la distancia entre el Mediterráneo luminoso y la penumbra del país nórdico, en la divergencia de sus sensibilidades -de un Picasso constantemente proyectado en el lienzo y en el mundo alrededor, y un Munch de esencia introspectiva-, subraya esta exhibición que ambos se dejaron atraer por lo insondable del misterio y la complejidad de su representación y no tuvieron miedo de articular códigos inéditos para alcanzar a transmitirlo. En los pinceles de uno y otro y en el paso de las décadas, el cuerpo humano no sería más el que era, y no sólo a causa de una revolución estética: su fragmentación, deformación y distorsión responden a la voluntad de expresar realidades existenciales jamás simples en el individuo contemporáneo, acechado por la soledad, el deseo o la pérdida y a menudo falto de asideros y muletas.
Si Munch recurrió a una paleta intensa, a líneas vibrantes y al simbolismo para expresar ese desamparo, que conoció muy bien, el sendero de Picasso sería ya el de la ruptura abierta: multiplicó, como es sabido, los puntos de vista; descompuso formas y convirtió sus pinturas en un terreno de juego o de batalla en el que la realidad no era fija, sino potencialmente cambiante. De cualquier modo, para uno y para otro, la armonía dejó de ser un punto de partida necesario o una aspiración: en sus telas debía caber el conflicto, el interno y el externo (el individual y el colectivo) o ambos fundidos.
Otra nota común entre los dos fue su impulso de no estancarse: las indagaciones plásticas de Munch fueron constantes y siempre permaneció atentos a los avances de sus contemporáneos; Picasso nunca dejó de sumar procedimientos, formatos y, especialmente, perspectivas. En su caso, más que en el del noruego, la reinvención no era objetivo, sino método.

Munch. El artista y su modelo, 1919–1921. Munchmuseet, Oslo © DeAgostini Picture Library/Scala, Florencia
Aunque, como hemos dicho, no coincidieron personalmente en vida, sabemos que sí supieron, evidentemente, el uno del otro. En 1912, la Sonderbund de Colonia dedicó una exposición a figuras rompedoras de ese momento: las composiciones de Munch compartieron paredes con las de Paul Cézanne, Paul Gauguin, Vincent van Gogh y el mismo Picasso, representado en ese momento a partir de piezas tempranas y de sus primeros trabajos cubistas. El autor de El grito visitó aquella muestra, no así Picasso, y para la comisaria es posible que su descubrimiento de esas obras sin centro tuviera un impacto, si bien ambiguo.
En cuanto al español, conocemos que tuvo noticia de Munch en los últimos años del siglo XIX y de la mano de los modernistas Ramon Casas, Santiago Rusiñol y Miguel Utrillo, este último corresponsal de La Vanguardia en París desde 1889. Tiempo después, ya instalado en la capital francesa, es muy posible que contemplara de primera mano sus pinturas en diferentes ocasiones.

Edvard Munch. La niña enferma, 1896. © Thyssen-Bornemisza Collections

Picasso. La mujer muerta, 1903. Museu Picasso, Barcelona © Fotografía: FotoGasull © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid, 2026
El recorrido se articula temáticamente a partir de asuntos humanos que ninguno dejó de tratar, como el amor, la muerte, la soledad, la angustia, el sexo o la vida moderna. Comienza en la segunda planta del centro, donde saldrán a nuestro paso, en primer lugar, autorretratos en los que Munch y Picasso esbozaron la construcción de su particular identidad artística. A continuación, y atendiendo en parte a sus respectivas biografías, tendrán sitio el impacto de la enfermedad y las pérdidas familiares en sus trayectorias vitales y creativas; los cafés, cabarets y ambientes bohemios que alimentaron su inspiración en las noches; mujeres frágiles o fatales que remiten al desafío de la representación de la mujer-enigma; o el amor, ligado tanto a la pasión vitalista como al dolor y la muerte.

Edvard Munch. Pubertad (La joven modelo), 1894. Staatliche Museen zu Berlin, Kupferstichkabinett, Berlín

Picasso. Desnudo con las piernas cruzadas, París 1905. Musée national Picasso-Paris. Dación Jacqueline Picasso, 1990. En depósito en el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Saint-Étienne Métropole. © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid, 2026
En la planta baja, por su parte, nos esperan desnudos en los que Picasso y Munch transformaron con claridad la plasmación del cuerpo humano, alejándose de los cánones clásicos; y escenas de una joie de vivre ejemplificada en una figura masculina, en comunión con la naturaleza, que los dos llegaron a entender como emblema de libertad y de la celebración de la existencia.

Edvard Munch. Dos gracias, 1927-1929. Munchmuseet, Oslo

Picasso. Desnudo sentado. París, invierno 1909-1910. © Tate Images © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid, 2026
«MUNCH-PICASSO»
Palacio de Buenavista
C/ San Agustín, 8
Málaga
Del 30 de octubre de 2026 al 28 de febrero de 2027