El galerista David Zwirner ha anunciado hoy el fallecimiento de la artista japonesa Yayoi Kusama, algunos días después de que se produjera: esta autora, de 97 años, murió en un hospital de Tokio el pasado 14 de agosto debido a una insuficiencia multiorgánica.
Creadora visual, pero también performer, novelista y poeta ocasional, Kusama no dejó de pintar hasta pocas semanas antes de su final, siempre con pincel, y se esforzaba en declarar una y otra vez su convicción de que el amor podía cambiar el mundo.
Inició su trayectoria en los cincuenta y, desde entonces, logró de forma muy espontánea dar lugar a un lenguaje personal y reconocible. A esa primera etapa pertenecen sus Accumulations sculptures, en las que abandonó la noción de pintura como objeto para acercarla a la escultura de resonancias fálicas, o sus Infinity Nets, extensiones de puntos aún dependientes de la monocromía blanca, pero que anticiparon esas redes de lunares que podemos entender como emblema de su interés por lo infinito y la nada y por las posibilidades de la acumulación y la repetición como recursos. Las piezas de aquel periodo cuentan con múltiples referencias feministas y recuerdan, en cierto modo, a la abstracción minimalista de Eva Hesse o Lynda Benglis.
En cuanto a sus performances, que ocasionalmente requerían la participación del público, destacaron por su carácter provocador e inconformista, por involucrar desnudos o por sus críticas a los prejuicios derivados de la raza, el género o la orientación sexual, o a la guerra de Vietnam. Le granjearon la atención de la prensa y, a su vez, duras críticas.
En todo caso, Kusama se había convertido ya en adalid de la contracultura estadounidense y de la estrategia de la conectividad radical entre arte y medios: desde entonces se adentraría en el diseño de moda, los audiovisuales, los espectáculos lumínicos, el cine expandido, las instalaciones y también las manifestaciones políticas; de unas y otras propuestas solían formar parte modelos cuyos cuerpos se cubrían con lunares pintados, en un acto que ella llamaba auto-obliteración (Self Obliteration, 1968), una noción que implica la liberación por parte del individuo mediante la supuesta destrucción del «yo» y de las limitaciones impuestas por la sociedad, incluyendo los cánones femeninos imperantes. Aunque sus prácticas caminarían hacia la introspección, la auto-obliteración no dejó de estar presente en sus proyectos desde 1975.
No podemos dejar de referirnos a la importancia en su obra de lo biocósmico. Criada cerca de un vivero, que era el negocio familiar, la artista siempre prestó atención a la vida orgánica, la anatomía de las plantas y sus ciclos de vida y muerte, como puede apreciarse en sus cuadernos de dibujo ya en época de la II Guerra Mundial. Quizá por lo muy efímero de las vidas vegetales y por su vivencia de la guerra, la misma muerte también se hizo pronto centro de varias de sus creaciones: el fallecimiento de su padre y de su amigo Joseph Cornell suscitaron en ella hondos deseos de morir que se acompañaron de la realización de esculturas blandas a modo de símbolos del desenlace, la vida y su transición.
Tras residir en Nueva York en la época en que esta ciudad comenzó a erigirse en epicentro cultural, volvió a Japón en 1973. Su complejo sentimiento conforme a sus raíces, junto a otras circunstancias vitales, llevó a Kusama a caer en distintas crisis psiquiátricas que tendrían repercusiones en su producción. Nunca dejó de trabajar en su estudio tokiota ni de producir grandes exhibiciones internacionales, como la retrospectiva que la Tate Modern le brindó en 2012 o la que en 2023 acogió el Guggenheim Bilbao. En época más reciente, el eje temático de sus piezas ha sido la fuerza de la vida y la citada virtud sanadora del arte sobre toda la humanidad (ella misma incluida).

Yayoi Kusama trabajando en sus series My Eternal Soul en su estudio, 2014. © YAYOI KUSAMA