Hans Hartung, pincel y cuchillo de podar

Nacido en Leipzig en 1904, Hans Hartung, una de las figuras más importantes de la pintura abstracta, inició su trayectoria en 1922 trabajando en acuarelas. Las suyas destacaron por su elevadísima expresividad, a pesar de que este autor desconocía entonces las teorías de Kandinsky, cuya obra descubrió pocos años después. En su primera serie trabajó con manchas nacidas del choque de colores fluidos; también ideaba dibujos a carboncillo y sanguina de línea contenida y vigorosa. Estas exploraciones demostraban su conocimiento del expresionismo alemán, pero sobre todo su inclinación hacia lo abstracto. Admiraba, igualmente, a Rembrandt y Goya, a quienes copió simplificando sus temáticas.

Fue aquel el arranque de una carrera que duraría casi setenta años y estaría marcada por la experimentación en lo formal y lo técnico, aunque no siempre lo tuvo fácil: en los años treinta, como tantos, llevó una vida precaria y casi nómada entre Francia, Alemania, Noruega y España, aunque aquel fue también el período en el que más desarrolló su lenguaje formal. Sufrió numerosas dificultades, tanto personales como relacionadas con la II Guerra Mundial: se alistó por necesidad en la Legión Extranjera Francesa, resultó herido y perdió una pierna; y en 1929 se casó con la artista noruega Anna-Eva Bergman, de quien se divorció antes de contraer matrimonio con la también pintora Roberta González, hija del escultor Julio González, en 1938. A su vez, dejó a aquella para volver a casarse con Anna-Eva Bergman en 1957.

El descubrimiento del cubismo y el uso de la proporción áurea nutrieron su etapa primera, hasta que decidiera pintar, por razones tanto económicas como artísticas, transfiriendo a lienzos, mediante el método de la cuadrícula, sus obras de pequeño formato ejecutadas espontáneamente sobre papel, mecánica que empleó hasta 1960. Presentado, tras el fin de la contienda, como el líder de un estilo pictórico gestual, lírico y emotivo, Hartung también era un apasionado de la astronomía y las matemáticas, y su producción, de hecho, sólo puede comprenderse plenamente teniendo en cuenta este aspecto racional, que guarda relación con su querencia por las series: en buena medida, es en la repetición donde reside la libertad de su gesto.

A principios de la década de 1930, en la isla de Menorca, donde se había retirado con Bergman, y posteriormente a su regreso a París, en 1935, Hartung se liberó de los estilos que había explorado -cubismo y surrealismo– para definir su propio camino. Sus composiciones de entonces tienden al equilibrio, jugando con las interacciones entre áreas planas de color, fondos y símbolos gráficos, y sus lienzos transmiten una fuerza, un rigor y una tensión que se expresan mediante un vocabulario visual compuesto claramente por cuadrículas, barras negras y elementos caligráficos.

Hans Hartung. Sin título, 1935. Fondation Hartung-Bergman, Antibes

Hans Hartung. Sin título, 1935. Fondation Hartung-Bergman, Antibes

Como dijimos, en la guerra redujo drásticamente su ritmo de trabajo, aunque no se detuvo. Una serie de «cabezas» representadas de perfil, inspiradas en la escultura de Julio González y en el Guernica (1937) de Pablo Picasso, plasman el horror del alemán ante la violencia de la época y la angustia de perderlo todo. Convaleciente en París, se desenvolvió en la más absoluta pobreza en el estudio de Julio González, su entonces suegro, quien falleció en 1942; adaptó Hartung su estilo pictórico a las limitaciones físicas derivadas de la pérdida de su pierna derecha y empezó a trabajar directamente sobre pequeños lienzos.

A medida que se recuperaba, continuaría sus exploraciones previas a 1939, empleando el principio de la transferencia y basándose en sus dibujos anteriores; esas nuevas obras se caracterizaron por un mayor formato, un estilo caligráfico más expansivo y un mayor uso de trazos negros sobre fondos de color. Los cientos de composiciones sobre papel que creó con tinta a mediados de la década de los cincuenta desempeñaron un papel fundamental: del tamaño de una mano, constituían un auténtico laboratorio de formas, algunas de las cuales se transferían al lienzo, dando lugar a las llamadas pinturas de «palma».

Prefería hacer suyo sobre todo ese soporte, el papel, produciendo numerosos pasteles con un estilo gestual, rápido y enérgico. Sus pinturas de ese tiempo, escasas en número, fueron las últimas ejecutadas al óleo mediante transferencia. El artista ahora creaba con mayor libertad sobre lienzo y ya en grandes formatos.

Una limitada paleta de colores jugaba con tonos fríos, casi ácidos: azul, verde turquesa muy claro, amarillo limón, marrón oscuro casi negro o con tendencia al verde. La superposición de tonos le permitiría, más tarde, trabajar la superficie pictórica mediante el raspado, una eliminación de material que evoca el grabado en madera y la litografía, que también practicó. Creaba Hartung diálogos entre los diferentes procesos: incisiones y signos gráficos inspirados en su gráfica reaparecen en fotografías de cielos surcados por destellos de luz; estas, a su vez, sirven de inspiración para pinturas con efectos de halo nuboso.

A partir de esos años cincuenta, cuando él ya rondaba los cuarenta de edad, comenzó a ser aclamado por la crítica, participó en numerosas exposiciones y pronto se lo englobó entre los líderes del informalismo. En 1960 recibiría el Gran Premio de Pintura en la Bienal de Venecia y se le dedicarían importantes retrospectivas en Europa y Estados Unidos, incluyendo, más tarde, una monográfica en el Metropolitan de Nueva York en 1975.

Hans Hartung. Sin título, 1955. Fondation Hartung-Bergman, Antibes

Hans Hartung. P 1959-48, 1959. Centre Pompidou

Hans Hartung. P 1959-48, 1959. Centre Pompidou

La década de los sesenta, en todo caso, sería la que marcó para él un punto de inflexión. En busca de nuevas experiencias, renovó literalmente sus creaciones mediante el uso de una amplia gama de herramientas que utilizaba para rascar y raspar la superficie de sus telas. En realidad, desde su juventud temprana deseó alcanzar una abstracción gestual libre de restricciones simbólicas o estéticas.

Investigador incansable, Hartung produjo un altísimo número de obras (15.000). Desarrolló progresivamente métodos de lo más diverso, como el enmarcado de cartón sobre papel baritado y el recorte, especialmente para series de dibujos a tinta o fotografías. Además, alternó con frecuencia diferentes disciplinas y trasladó los frutos de sus indagaciones sobre técnicas de impresión a sus creaciones pictóricas porque fue principalmente en la pintura donde vertebró una forma particular de crear, tanto por razones económicas como de exploración plástica, y en su taller manejó verdaderas cajas de herramientas: llegó a usar aspiradoras invertidas, aerosoles, pulverizadores, pistolas de aire comprimido, escobas, navajas de podar…

Estos instrumentos, que amplificaban sus gestos, se convirtieron en extensiones de su cuerpo. Para optimizar la colaboración con sus asistentes, los organizaba, clasificaba y numeraba. También se fotografiaba y archivaba las instantáneas, con el fin de documentar cada etapa del proceso creativo.

Hans Hartung. Rayonnement, 1962. Musei Vaticani

Hans Hartung. Rayonnement, 1962. Musei Vaticani

A principios de los setenta, la paleta de Hartung adquirió matices inesperados: se atrevió a combinar colores que parecían resonar con una época marcada por el Pop Art y la psicodelia. El año 1973 fue para él particularmente prolífico, pues elaboró 142 pinturas, 591 obras sobre papel y 121 grabados. Si bien parte de esta producción se creó en París, en su estudio de la rue Gauguet, la mayoría la realizó en su nueva finca de Antibes, donde este autor y Anna-Eva Bergman se instalaron durante el verano. Allí dispuso dos grandes estudios, uno de ellos al aire libre, y se rodeó de un equipo que residía en la propiedad: la organización del trabajo y el ritmo de producción recordaban a una fábrica al estilo de Andy Warhol.

Ya en sus últimos años, de 1977 a 1986, Hartung reinventó sus aperos. Llegó a usar una escoba de ramas de retama mojadas en pintura y golpeadas sobre el lienzo, un cuchillo de podar, una llana tirolesa —utilizada en la construcción para enlucir— o un pulverizador de viñedo para proyectar, calcar, raspar, cepillar, desgastar, etc. A fines de los ochenta, a pesar de estar muy debilitado físicamente por un derrame cerebral, intensificó drásticamente su ritmo de producción, en un frenesí de pintura expresado en formatos muy grandes, algunos de hasta 3 x 5 metros.

La vida de Hartung transcurrió a lo largo de casi todo el siglo XX. Fue testigo de la turbulenta historia de su país natal hasta la caída del Muro de Berlín, pocas semanas antes de fallecer, y en Francia, al igual que en Alemania, recibió numerosos honores —tanto por sus acciones durante la guerra como por su obra— y fue objeto de considerable atención pública. En ambos países, debido a su postura antinazi, encarnó la figura del artista ejemplar de la resistencia. La Fundación Hartung-Bergman. que él mismo concibió mucho antes morir, alberga hoy sus archivos, basados ​​en un sistema de clasificación y registro que desarrolló al inicio de su carrera.

Hans Hartung. T1966-K 40, 1966. Fondation Hartung-Bergman, Antibes