El rebobinador

Flâneurs, Walter Benjamin y los frutos del ocio

Reconocía Walter Benjamin que en pocas ciudades como en París podía experimentarse una poderosa sensación de embriaguez tras pasear largo tiempo y sin destinos definidos, renovando fuerzas a cada tienda, bistrot o parque irresistible. Por eso no tiene nada de casual que fuese allí, y no en cualquier otro lugar, donde se alumbrara la figura del flâneur, inspirada en los propios parisinos y no tanto en los turistas; en quienes saben contemplar la urbe como paisaje y a la vez son capaces de atraparla como si se tratara, decía el alemán, de una habitación.

La mirada del flâneur, opinaba, se nutría de lo efectivamente contemplado y de los datos probables; de la experiencia verificable y de la imaginada, y en su misma esencia se alimentaba de la compañía, de esa muchedumbre abigarrada que hace que todos seamos extraños a todos y, por tanto, no tengamos de qué avergonzarnos ante ninguno (con lo que eso podía implicar de relajación de las buenas costumbres). Lo advirtió Edgar Allan Poe en El hombre de la multitud, donde se refirió a esos paseantes que habían perdido cariz filosófico al tomar las trazas de hombres lobo vagando sin rumbo por la selva urbana, una selva en la que unos rostros se asemejan a otros hasta solaparse casi en bucle infinito.

En el llamado universo de la flânerie, apunta además Benjamin, ninguna época ni lugar son del todo ajenos: otros momentos y tierras irrumpen en París en forma de pastores tocando la flauta, de niños jugando, cazadores en sus más diversas formas y trenes cruzando por puentes de hierro. Los paseantes se sienten observados por todo y por todos, como individuos sospechosos y, a la vez, paradójicamente, pueden tener la sensación de ser seres sin identidad.

Camille Pissarro. El Boulevard Montmartre, mañana de invierno, 1897. Préstamo del Metropolitan Museum of Art, donación de Katrin S. Vietor, en recuerdo de Ernst G. Vietor, 1960 (60.174)
Camille Pissarro. El Boulevard Montmartre, mañana de invierno, 1897. Metropolitan Museum of Art

El antiguo sentimiento romántico ante el paisaje, ligado a lo sublime, declina ahora ante la vivencia de una naturaleza que, como decíamos, es urbana, porque la ciudad es el territorio sagrado del flâneur y también puede suscitar admiración e inquietud. Decía Proust, en Du côté de chez Swann, totalmente alejado de esas inquietudes literarias y obviándolas por completo, de repente un tejado, un reflejo de sol sobre una piedra, el olor de un camino, me detenían por el extraño placer que me proporcionaban y también porque parecían ocultar algo detrás de sus apariencias, algo que me invitaban a descubrir y que, a pesar de mis esfuerzos, no lograba vislumbrar.

Sabido es que los parisinos han hecho de la vida en la calle un arte, y en el siglo XIX no solo a base de terrazas: en las calles cortadas proliferaban, como apuntan muchos testimonios, puestos de venta ambulante de lápices o cuadernos, de persianas y tirantes, de antigüedades; el contratiempo hacía de la necesidad virtud y podía tenerse la sensación de que los boulevares (Raspail, Saint-Germain) eran interiores, y sus viandantes, un ser colectivo en constante trasiego, viviendo, experimentando e inventando a pie de acera tanto como los individuos al abrigo de sus techos. Para el flâneur, cuenta el filósofo, las insignias esmaltadas de las tiendas alcanzaban igual valor que los óleos colgados en las paredes de las viviendas burguesas; los muros eran escritorio, aunque se prohibiera fijar carteles; los bancos, los muebles de sus dormitorios; y la terraza del café equivalía a la ventana desde la que otear, no las afueras, sino el propio hogar.

Ante la vastedad del nuevo ambiente doméstico, el paseante es víctima de una inevitable indecisión: la duda forma parte del estado natural de su ser como la contemplación lo es de los religiosos de clausura. Y es, asimismo, observador del mercado, de los vaivenes de la coyuntura urbana; el informador enviado por el capitalismo, dice Benjamin, para espiar el mundo del consumidor, siendo su última encarnación la del hombre-anuncio. El carácter laberíntico de la ciudad tiene algo de realización de un antiguo sueño de la humanidad y sus arquitecturas más características (estaciones, grandes almacenes, pabellones de exposiciones) responden a necesidades colectivas; por despreciadas y cotidianas, suscitan la atención del nuevo individuo urbano, ya que anuncian la llegada de las masas al escenario de la historia.

En el panfleto El siglo maldito (1843), donde denunciaba la corrupción social de entonces, Alexis Dumesnil hacía suya una imagen de Juvenal: de repente, la multitud quedaba paralizada en la calle y se levantaba acta de los pensamientos y deseos de cada uno. Y más allá del boulevard, decía Musset y recordaba el autor de La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, empezaban las Indias Orientales o el Extremo Oriente.

Manet. Concierto en las Tullerías, 1862. National Portrait Gallery, Londres
Manet. Concierto en las Tullerías, 1862. National Portrait Gallery, Londres

La flânerie tiene igualmente que ver con la idea de que los frutos de la ociosidad son tan o más valiosos que los del trabajo, y con la soledad que da auténtico sentido a la primera: solo el solitario se sumerge en la vivencia de todo acontecimiento por nimio que sea.

Atentos a la temprana definición de la Larousse decimonónica: El ojo avizor del flâneur, su oído alerta, buscan algo muy distinto a lo que la muchedumbre viene a ver. Una palabra pronunciada al azar le descubrirá uno de esos rasgos del carácter que el ingenio no puede inventar y que solo se perciben en un instante: esas fisionomías tan ingenuas y atentas se revelarán como la expresión con la que el pintor viene soñando; un ruido insignificante para cualquier otro oído sorprenderá al músico y le dará pie para una nueva combinación de armonías; incluso al pensador, al filósofo inmerso en sus reflexiones, esa agitación exterior le podrá resultar beneficiosa, porque mezcla y sacude sus ideas, como hace la tempestad con las olas del mar… La mayoría de los hombres de genio han sido grandes flâneurs, pero flâneurs laboriosos y fecundos. Puede ocurrir que cuando el artista y el poeta parecen menos ocupados en su obra es cuando más profundamente están inmersos en ella. A principios de este siglo, se veía cada día pasear a un hombre alrededor de las murallas de Viena, ya nevara, ya resplandeciera el sol: era Beethoven que, vagando de ese modo, repetía en su cabeza sus admirables sinfonías antes de plasmarlas en papel; para él la gente no existía; en vano quienes se cruzaban con él lo saludaban, pues no les veía: su espíritu estaba en otra parte.

Manet. El bar del Folies-Bergère, 1881-1882. Courtauld Institute, Londres
Manet. El bar del Folies-Bergère, 1881-1882. Courtauld Institute, Londres
Gustave Caillebotte. Balcón, Boulevard Haussmann, 1880
Gustave Caillebotte. Balcón, Boulevard Haussmann, 1880

 

BIBLIOGRAFÍA

Walter Benjamin. París. Casimiro, 2013

Howard Eiland, Michael Jennings. Walter Benjamin. Una vida crítica. Tres Puntos Ediciones, 2020

 

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