Dalí era aficionado a los edificios históricos, en los que vio seguramente lugares oníricos cargados de la energía del pasado. Adquirió y restauró el castillo de Púbol, a condición de que sólo lo habitara Gala, y sobre las ruinas del antiguo teatro de Figueras levantó su propio Teatro-Museo. Por eso Rosa Perales Piqueres, comisaria de la presentación que ahora le brinda el Palacio de Gaviria madrileño, ha aventurado hoy que probablemente al artista le hubiese agradado contemplar su obra en el edificio, restaurado, de la calle Arenal en el que dicen que se divirtió Isabel II.
Con carácter permanente podrán verse allí esculturas, óleos, ilustraciones, grabados y dibujos de este autor procedentes de la colección Clot y, en ocasiones, poco conocidos para el gran público; el proyecto se llama “Dalí infinito”, está previsto que sus piezas roten con el tiempo y cuenta con el respaldo de la Fundació Gala-Dalí.
En su primer montaje podemos conocer catorce esculturas concebidas por Dalí entre 1973 y 1980 y ampliadas con su autorización, acompañadas de esos otros trabajos sobre papel que dan cuenta de la diversidad casi ingente de sus campos de interés, de la ciencia a la religión pasando por la literatura y, desde luego, por Gala. También de fotografías: las de Jacques Leonard, que intentó captar en sus imágenes el lado más íntimo del catalán, enfrentándose a su constante tendencia al teatro.
La escultura fue, en el contexto de la producción y la trayectoria de Dalí, uno de sus lenguajes menos frecuentes, pero en el que también dio cuenta, en formatos diversos, de sus obsesiones visuales. Uno de sus puntos de partida fue El Ángelus de Millet, por la volumetría de sus figuras; otro, el llamado método sueño-vigilia, que le ofrecería imágenes vívidas propicias al modelado.
Tras su profeta San Juan Bautista y su Ícaro en la planta inferior, en la superior abre el recorrido la cabeza de un cabello riendo, motivo que en su pintura nunca abandonó por simbolizar la fuerza y la juventud y la lucha entre la esfera de lo consciente y de lo inconsciente en nuestra psicología. Parece subrayar aquí Dalí el potencial fantástico del caballo que forma parte del carro de Selene en el Partenón de Atenas.


Otro homenaje, éste a Duchamp -con quien coincidió algún verano en Cadaqués- lo constituye su expresiva Mujer subiendo una escalera, invirtiendo la dirección de sus pasos respecto al desnudo del francés. Su dinamismo, sin embargo, recuerda más a Boccioni o Max Ernst.
Una inspiración muy viva nutrió, sin embargo, la pieza La Crótalos, que replica los movimientos de una bailarina de flamenco apodada así: Dalí era amante de ese género y amigo de muchos de sus creadores; en ello tuvo algo que ver la influencia de Lorca. La danza de Carmen, que ese era su nombre, tiene algo de ancestral, como lo tiene la fiesta.


Alguna de las esculturas presentes da la réplica a motivos que ya había pintado: es el caso de su Cristo de San Juan de la Cruz, cuya figura el gerundense dijo considerar como el núcleo del átomo, esto es, la célula de la materia y el elemento universal. En todo caso, en una y otra imagen buscó el artista alcanzar la belleza, la mayor posible.

Por encontrarse en una de las salas más representativas de este palacio decimonónico y por sus formas livianas, una de las obras más destacadas del conjunto es su Elefante cósmico. Se empapó, en este caso, Dalí del estudio de la resistencia de la materia en el espacio exterior: concibió uno de los cuerpos más pesados como masa apta para la ingravidez, en una suerte de experimento sutil.

En el terreno literario, contemplaremos las imágenes de Dulcinea y El alma de don Quijote; con este último es muy probable que se identificara en algún grado, por su idealismo y su tesón ante la adversidad. Dulcinea, como puede intuirse, puede leerse como metáfora estética de Gala, al igual que ese Quijote depurado apela a la viscosa frontera entre razón y delirio, también en Dalí.
Por último, en el campo de la ilustración, el otro gran eje de este proyecto, este autor se adentró siendo muy joven, aún estudiante de bachillerato, y paulatinamente llevó sus creaciones en esta disciplina hacia cotas mayores de espiritualidad y simbolismo.
Podemos destacar la serie de obras sobre papel Tricornio, derivada de su colaboración con los ballets rusos de Diaghilev en los decorados y el vestuario de obras de Falla, basados en fuentes populares; y sus composiciones en torno al purgatorio y el paraíso según Dante, muy deudor el primero de su método paranoico-crítico. En esa primera sección, además, ángeles custodios recuerdan, ante la tentación de cada pecado, la posibilidad de redención. Una redención que, en ese otro apartado del paraíso, se aplica también a sí mismo, emparentándose con Aligheri por la vía de la mística y no dejando de propiciar la convivencia de lo onírico y lo atómico (Todo me influye, nada me cambia). Fue el gobierno italiano el que le encargó a Dalí estos trabajos, para conmemorar el Año Santo de 1950.
Ilustraciones elaboró, igualmente, para Don Quijote, el más surrealista de los personajes para André Breton. Atendió a Velázquez y a El Greco a la hora de estilizar las figuras, incidiendo en la distancia entre cuerpo y espíritu, y de distorsionar los paisajes. Sus naturalezas, como su propia personalidad, estaban siempre sometidas a metamorfosis controlada.

“Dalí infinito”
PALACIO DE GAVIRIA
C/ Arenal, 9
Madrid
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