Charlotte Perriand, un reencuentro con Sert

La Fundació Miró le dedicará su mayor exposición del otoño

Barcelona,  28/08/2026

Coincidiendo con su medio siglo de andadura y con una línea de exposiciones dedicada a explorar nuevas lecturas de la arquitectura como lenguaje, espacio de vida y modo de situarnos en el mundo, la Fundació Joan Miró brindará a la diseñadora Charlotte Perriand su gran antológica del próximo curso, en colaboración con el Kunstmuseen de Krefeld y el Museum der Moderne de Salzburgo y con el apoyo de las firmas Cassina y Louis Vuitton, además del patrocinio de la Fundación BBVA.

Desde sus inicios, Perriand defendió justamente que esa disciplina arquitectónica, la creación plástica y el diseño no habían de abordarse de manera autónoma a la hora de esbozar cualquier proyecto; de su síntesis habrían de nacer experiencias diferenciadoras de la contemporaneidad. La francesa, hija de sastre y modista, entró con sólo veinticuatro años en el estudio de Le Corbusier, en el número 35 de la rue de Sèvres parisina; corría 1927 y le pidió que la contratara como diseñadora de muebles, aunque en un principio el autor de la Villa Saboya se negó con una frase que ha pasado a los anales: Aquí no bordamos cojines. Meses después se disculpó con ella y, tras ser conducido por su primo Pierre Jeanneret a conocer el muy frío Bar sous le Toît, la invitó a unirse a su equipo.

Trabajando en su taller, después de formarse en la École de l’Union Centrale des Arts Décoratifs, entabló amistad con jóvenes arquitectos y diseñadores con talento de todo el mundo que, como ella, habían aprovechado la oportunidad de trabajar para Le Corbusier como asistentes no remunerados o, si tenían suerte, mal pagados -también pasaban, parece, bastante frío-. Junto con aquel y Pierre Jeanneret, ideó una serie de sillas de acero tubular, que entonces y todavía son consideradas emblemas de la era de la máquina; frente al enfoque artesanal y el estilo Beaux-Arts que le habían imbuido en sus años de estudiante, se inspiran en la estética mecánica de los automóviles y bicicletas que veía por las calles de París. Siguen siendo su obra más conocida, pero Perriand permaneció en el estudio de Le Corbusier más de una década y colaboró ​​allí con el pintor cubista Fernand Léger y con el diseñador de muebles Jean Prouvé. Continuó, de hecho, siendo una figura destacada en el movimiento moderno hasta su muerte en 1999, cuando fue aclamada como una de las pocas mujeres que triunfaron en un ámbito entonces predominantemente masculino.

Charlotte Perriand con las manos de Le Corbusier sosteniendo un plato a modo de aureola, 1928. Fotografía: Pierre Jeanneret/AChP 2025

Antes de la llegada de Perriand a las filas de su equipo, Le Corbusier había amueblado sus edificios con muebles prefabricados minuciosamente seleccionados, como las sencillas sillas de madera curvada fabricadas por Thonet y las versiones compactas de los sillones club de Maple & Co., de Londres. Aún así, en El arte decorativo de hoy especificó con exactitud qué esperaba de este área, identificando tres tipos esenciales de mobiliario: necesidades, muebles y objetos miembros humanos, y definió estos últimos como extensiones de nuestros miembros adaptadas a las funciones humanas, que son necesidades y funciones específicas; por lo tanto, como objetos y muebles específicos. En sus palabras, el objeto miembro humano es un sirviente dócil. Un buen sirviente es discreto y humilde para dejar libre a su amo. Ciertamente, las obras de arte son herramientas, hermosas herramientas.

Perriand llevó a la práctica esos principios de su mentor diseñando tres sillas con bases de acero tubular cromado para dos de sus proyectos de 1928: la Maison La Roche, una casa en París, y un pabellón para sus clientes americanos Henry y Barbara Church, en el jardín de su casa a las afueras de esta ciudad. A petición de Le Corbusier, ideó una silla para la conversación, la B301 con respaldo de tela; otra para la relajación, la LC2 Grand Confort, de forma cuadrada y tapizada con tela gruesa; y una tercera para dormir, la refinada chaise longue B306, planteada a partir de las sensuales curvas de los divanes franceses dieciochescos. Perriand posaría para las fotos publicitarias de aquella chaise longue con las piernas cruzadas, en una imagen muy conocida. Llevaba, además, un collar hecho con rodamientos industriales.

Trabajar con Le Corbusier condujo a Perriand a hacer suya una estricta disciplina como diseñadora: Hasta el más mínimo trazo de lápiz en un diseño debía tener un objetivo -recordó más tarde- para satisfacer una necesidad, o responder a un gesto o postura. Y lograrse a precios de producción en masa. Con esa finalidad, intentó persuadir a la firma gala Peugeot para que adaptara los tubos de acero de sus bicicletas para la fabricación de muebles; cuando esa empresa se negó, convenció a la mencionada Thonet, fabricante de las sillas de madera curvada favoritas de Le Corbusier, para que produjera una serie de piezas para el Salón de Otoño de París de 1929.

Exhibida como Equipamiento para el hogar, su instalación en aquella cita consistía en un apartamento modelo considerado una visión de la modernidad de lujo. El suelo de cristal estaba iluminado desde abajo para refractar la luz sobre el techo de cristal, todas las sillas tenían bases metálicas con tapicería de cuero o lona ​​y una mesa tubular con tapa del mismo cristal se sostenía mediante una sección de los puntales de un ala de biplano. Perriand también ideó una serie de biombos ligeros y portátiles que cumplían la doble función de dividir el espacio y servir de almacenamiento y se añadieron detalles hogareños, como una piel de animal sobre la cama y una ducha independiente.

En 1930, el matrimonio de Perriand terminó y ella se mudó a otro ático, en Montparnasse. Durante esta década, diseñó muebles y accesorios para diversos proyectos de Le Corbusier, incluyendo la residencia estudiantil Pavilion Suisse en la Cité Universitaire, la sede del Ejército de Salvación en París y su propio apartamento en la buhardilla de un edificio en la rue Nungesser-et-Coli.

Su obra continuó evolucionando y, a mediados de los treinta, experimentó con materiales rústicos, como la madera y el mimbre, bajo la influencia del mobiliario vernáculo de Saboya. Para entonces, estos materiales parecían tan extravagantes y radicales como su temprana inclinación por el vidrio y el metal, pero ella estaba convencida de que le permitirían lograr su objetivo de desarrollar muebles asequibles, funcionales y atractivos, producidos en masa para el público.

Fue en 1937 cuando dejó el estudio de Le Corbusier para colaborar con Léger en un stand para la Exposición Universal de París y, más tarde, trabajar en una estación de esquí en la misma Saboya. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, regresó a París para diseñar edificios prefabricados de aluminio con Pierre Jeanneret y Jean Prouvé hasta que, en 1940, una amiga del estudio de la rue de Sèvres le consiguió un viaje a Japón como asesora de diseño industrial del Ministerio de Comercio e Industria. Durante su estancia en ese país, asesoró al gobierno sobre cómo elevar los estándares de diseño en la industria nipona para desarrollar productos de exportación a Occidente.

Cuando Japón se unió a la guerra como aliado de Alemania, intentó regresar a Francia, pero debido al bloqueo naval, quedó atrapada en Vietnam desde 1942 hasta 1946. Durante ese periodo, estudió técnicas locales de carpintería y tejido.

A su regreso a Francia, retomó su carrera. Su primer proyecto fue una estación de esquí, en 1947 colaboró ​​con Fernand Léger en un hospital y, posteriormente, con Le Corbusier en su edificio de apartamentos Unité d’Habitation en Marsella. Las experiencias en Japón y Vietnam siguieron influyendo en su obra, que conjugaba muchos de los elementos funcionales de los interiores nipones, como las mamparas correderas para redefinir espacios específicos, con la delicadeza indochina en el trabajo con materiales naturales, como la madera y el bambú. Estas notas se repitieron en su carrera, en iniciativas como la estación de esquí de Méribel y el edificio de la Sociedad de Naciones en Ginebra, la remodelación de las oficinas de Air France en Londres, París y Tokio o su colaboración continua con Prouvé.

Aunque Perriand siguió activa, su presencia como diseñadora independiente fue públicamente menor que la de su participación en el estudio de Le Corbusier. Sin embargo, hacia el final de su vida, su reputación resurgió tras la retrospectiva de 1985 que le brindó el Musée des Arts-Décoratifs de París y su exposición de 1998 en el Design Museum londinense. Lo más importante es comprender que lo que impulsa el movimiento moderno es un espíritu de investigación, un proceso de análisis, no un estilo, afirmó en una de sus últimas entrevistas. Trabajábamos con ideales.

La exposición de la Fundació Miró hará hincapié en su relación con Josep Lluís Sert: se conocieron en 1928 y su amistad y su conversación intelectual se prolongó hasta la muerte de él en 1983. Durante la Guerra Civil y el inicio de la Segunda Guerra Mundial, Perriand llegó a acoger al arquitecto y a su esposa Moncha Longás en París y, casi treinta años después, acudió a la inauguración de la Fundació Joan Miró en 1976.

Contará esta antología con contenido inédito, hará referencia a sus conexiones con diversos artistas internacionales y, sobre todo, a su concepción del diseño como herramienta para imaginar un futuro más amable.

Charlotte Perriand. Double chaise longue, 1952. Cassina

Charlotte Perriand. Double chaise longue, 1952. Cassina