Joaquín Vaquero Palacios. Visión global con gusto por el detalle

El Museo ICO recuerda al arquitecto y dedica una exposición a la integración artística en sus centrales eléctricas

Madrid,
Joaquín Vaquero Palacios. Integración artística en la Central hidroeléctrica de Tanes (Asturias), 1980. Foto: Luis Asín
Joaquín Vaquero Palacios. Integración artística en la central hidroeléctrica de Tanes (Asturias), 1980. Foto: Luis Asín

No es fácil encontrar en el gran catálogo artístico del siglo XX español creadores tan completos como lo fue Joaquín Vaquero Palacios, y menos aún si hablamos de una producción vinculada a espacios de trabajo. Es por eso de justicia reivindicar su figura y dar a conocer su genial trabajo como lo hace la exposición que hasta el próximo mes de mayo podemos ver en el Museo ICO. Siguiendo la línea de destacar en su programación el trabajo de grandes figuras españolas de la arquitectura, disciplina en la que hace ya algún tiempo decidió especializarse este museo –en sus salas hemos visto la obra de Arniches y Domínguez, Cruz y Ortiz, Navarro Baldeweg o Miguel Fisac y Alejandro de la Sota–, le ha tocado el turno a Vaquero Palacios, concretamente a sus proyectos para cinco centrales eléctricas asturianas. En ellas llevó a cabo un inmenso esfuerzo para incorporar el arte y el diseño, con la vocación de mejorar y humanizar el trabajo en las centrales.

Lo que más llama la atención al visitar la muestra es la contemporaneidad palpitante en cada uno de los edificios, como vemos principalmente a través de las 90 fotografías realizadas por Luis Asín. Estas, de enorme calidad, no deben confundirnos y hacernos pensar que se trata de trabajos artísticos concebidos para realzar la arquitectura; son más bien la constatación de la riqueza del conjunto y de cada uno de los detalles que encontramos en la obra de Vaquero Palacios. La exposición, que cuenta además con algunas fotografías originales, pinturas, planos, maquetas, libros y objetos, es al mismo tiempo una presentación de la familia Vaquero que, sí, incluye al pintor Joaquín Vaquero Turcios, hijo del homenajeado y autor de muchas de las pinturas que se realizaron en las distintas fábricas. Pero no podemos empezar a hablar de ellas sin hacerlo antes de Narciso, padre de Vaquero Palacios, quien fuera durante casi medio siglo director y presidente de la Hidroeléctrica del Cantábrico y de quien heredó la vinculación con el agua y la energía. Él también tiene su pequeña presentación en la muestra y le vemos en algunas fotografías de sus viajes por Asturias, con un Vaquero Palacios niño, que lo acompañaba y comenzaba a empaparse del paisaje asturiano. De todo ello da cuenta la exposición porque, como dice su comisario, Joaquín Vaquero Ibáñez (también de la familia y también arquitecto), “conocer a un personaje implica entender su origen y su contexto; sumergirse y bucear en sus raíces para buscar, entre lo vivido, un reflejo, un destello mimético que hace de esa experiencia algo nuestro”.

Nos recibe a la entrada una gran imagen de Vaquero Palacios que sirve para adelantar uno de los temas que no se abandona en todo el recorrido, el de la gran escala. Esta se nos muestra evidente en las dos primeras fotografías de arquitectura de la central de Salime (1945-1955), la más antigua, así como en el mural de 120 metros que pintó Vaquero Turcios en su sala principal. Solo tenía 22 años cuando su padre le encomendó su realización y no desperdició ni un solo centímetro en la narración visual que hace de la historia de la creación del edificio y de la presa, desde la localización del espacio, los trabajos de construcción, la puesta en funcionamiento y su actividad para la generación de energía.

Joaquín Vaquero Palacios y Joaquín Vaquero Turcios. Integración artística en la Central hidroeléctrica de Salime (Asturias), 1954-1980. Foto: Luis Asín
Joaquín Vaquero Palacios y Joaquín Vaquero Turcios. Integración artística en la central hidroeléctrica de Salime (Asturias), 1954-1980. Foto: Luis Asín

Cada una de las centrales se distingue dentro de la exposición con un color diferente, una breve explicación del lugar, una línea de tiempo que nos las sitúa cronológicamente, y algunos apuntes más personales que nos hablan de aspectos como la estancia de Vaquero Palacios en Roma cuando fue subdirector de la Academia de España. De Italia absorbió influencias que asoman por ejemplo en los revestimientos de mármol o en los terrazos de inspiración veneciana de Salime. Es magistral la escalera que diseñó allí, no dejéis de fijaros en la foto que la muestra, ni en la barandilla creada a partir de un cable de tensión, o en cómo dignifica con mármol ese espacio de paso de los trabajadores. Todo el edificio está lleno de detalles en los que detenerse, pero como hay cosas que son difíciles de percibir en la foto fija, se han utilizado también recursos como vídeos o time-lapses para tratar de captar aspectos como la incidencia de la luz o el agua resbalando por el hormigón en los que merece la pena detenerse.

Eso sí, los detalles solo son apreciables para quienes se toman el tiempo de mirar, y quienes lo hayan hecho en la sala anterior descubrirán que el rayo que encontramos en la rampa que da acceso al piso superior ya lo han visto antes en otro sitio… Es una reproducción del que Vaquero Turcios pintó detrás de la turbina de la sala principal de Salime; del mismo modo que la lámpara a mitad de camino es una de las que se pueden ver en la foto de la escalera de la que hablábamos anteriormente.

El rojo es el color de la central hidráulica de Miranda (1956-1962). En ella las referencias contemporáneas también son muy poderosas. En las fotografías que nos muestran su interior destaca ante todo la luminosidad de ese espacio, que no debemos olvidar que se encuentra excavado en roca viva a trescientos metros bajo tierra. El recurso de los fluorescentes detrás de los falsos ventanales de pavés y el diseño del dibujo geométrico al fondo de la sala cambian totalmente la perspectiva de la misma, creando una mayor sensación espacial y mejorando, una vez más, el lugar de trabajo.

El espacio central de esta segunda planta de la exposición está dedicado a la central hidráulica de Proaza (1964-1968), quizás la más compleja y completa de todas, una obra de arte en sí misma. Desde el primer momento, Vaquero Palacios asumió la totalidad del diseño, tanto del proyecto arquitectónico de la central como de los relieves escultóricos, las pinturas murales, el mobiliario y las vidrieras. Llama la atención su fachada de hormigón, la forma en la que la arquitectura es capaz de geometrizar la propia naturaleza, la rotundidad de sus formas y, por supuesto, la decoración interior, con ese azul intenso de la cubierta. Junto a las fotografías del interior se ha expuesto una pieza roja, una estructura sobre un soporte, que podéis localizar también en alguna de las imágenes. Se trata de la admirable solución que se le ocurrió al arquitecto para ocultar los cables de la maquinaria.

Joaquín Vaquero Palacios. Central hidroeléctrica de Proaza (Asturias). Exterior e integración artística, 1964-1968. Foto: Luis Asín
Joaquín Vaquero Palacios. Central hidroeléctrica de Proaza (Asturias). Exterior e integración artística, 1964-1968. Foto: Luis Asín

 

Joaquín Vaquero Palacios. Integración artística en las central hidroeléctrica de Miranda y la central térmica de Aboño (Asturias). Foto: Luis Asín
Joaquín Vaquero Palacios. Integración artística en la central hidroeléctrica de Miranda y la central térmica de Aboño (ambas en Asturias). Foto: Luis Asín

Continuando el recorrido llegamos a la central de Aboño (1969-1980), en cuyo exterior resulta difícil no pensar en la influencia de la Bauhaus o el neoclasicismo y que sorprende en el interior con una serie de murales inspirados en tendidos eléctricos. Su sala de mandos resulta hipnótica e incluso podríamos imaginarnos más de una escena de película en ella. Lo que no debemos olvidar es que en todos los casos se trata de espacios de trabajo en total funcionamiento hoy en día, a pesar de que, efectivamente, a veces nos parezca estar ante una escenografía.

El último de los proyectos expuestos es el de Tanes (1970-1978), de nuevo una central subterránea. En esta ocasión, para minimizar la agobiante situación de trabajar bajo tierra, Vaquero Palacios se centra en la bóveda, elevada a 16 metros de altura y con una longitud de más de 50 metros. La policromía también juega su baza y las formas geométricas parecen flotar en el vacío como nubes en el cielo azul, aligerando así todo el conjunto. Excavada en la roca, es muy llamativo cómo esta queda enmarcada entre los pilares de acero inoxidable.

La muestra concluye con un homenaje final a la figura del Vaquero Palacios, a quien encontramos pintando en su estudio de Segovia, en un retrato realizado por José del Río. La pintura lo acompañó toda su vida y a medida que se acercaba al final fue incorporando una paleta más rica, ganando en abstracción y expresividad, como vemos en estos últimos cuadros dispuestos en esta pequeña sala.

 

“Joaquín Vaquero Palacios. La belleza de lo descomunal. Asturias, 1954-1980″

MUSEO ICO

c/Zorrilla, 3

Madrid

Del 15 de febrero al 6 de mayo de 2018

 

 

 

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