Cuando Francesca Woodman se fotografiaba entre las paredes de su casa, lo hacía muy a menudo mostrando su cuerpo ingrávido y fantasmal, fundiéndose con los muros, como si no existiese espacio entre ella y el entorno que la rodeaba. Además, su fotografía no transmite realidades, sino sensaciones: decía la escritora María Stepánova que la mejor manera de entender lo que ocurre en sus imágenes es imaginar la superficie llena de burbujas de un arroyo, el agua que golpea una piedra.
Esta artista ha sido uno de los referentes de la directora alemana Mascha Schilinski a la hora de dar forma a su segundo largo, El sonido de la caída, que se hizo con el Premio del Jurado en el Festival de Cannes; se trata de una película sobre todo sensorial, sin principio, nudo o desenlace, en la que el tiempo pasado y el presente no es que dialoguen, es que convergen hasta, por momentos, casi hacerse la misma cosa salvo por pequeños detalles.
El film contiene, además, fotos en las que caben la fantasmagoría y los muertos: recuerda que el origen del cine no se encuentra sino en la imagen fija y que es posible subrayar, también en movimiento, el inicio de aquel mundo en esas presencias evanescentes.

El escenario de El sonido de la caída es siempre el mismo: una casa familiar alemana habitada por cuatro sucesivas generaciones de jóvenes durante el siglo pasado, y también por traumas, esos que cuando son vigorosos se admite que modifican los genes y pueden heredarse. La violenta caída que da título a la obra, sufrida por un joven con el fin de quedar lisiado para evitar ser reclutado, puede leerse como el punto de partida de otras que no siempre serán físicas y que afectarán sobre todo a madres, hermanas y criadas; Schilinski elige llevar nuestra mirada hacia los sufrimientos fundamentalmente femeninos a lo largo de las décadas, abordándolos con sutileza y siempre esbozándolos. Huye de los subrayados y las obviedades de guion para dejar que sea el espectador quien entable lazos entre unos y otros personajes, y sus penas, y procura sobre todo que nos dejemos llevar por mil impresiones táctiles y sonoras.
La cámara, de hecho, parece moverse entre estos familiares, de parentesco siempre difuso, con cierto arbitrio: girando, granulando y desenfocando cuando, oportunamente, decide crear misterio y mostrarnos menos.
No hay fragmento de esta película que no quede determinado por la subjetividad -en la mirada de la directora, las emociones de los actores-: nada sucede y todo se experimenta, al igual que no hay narración, sino una sucesión de vivencias más apuntadas que recreadas cuyo valor metafórico quedamos encargados de desentrañar. El contexto europeo del XX (guerras y divisiones) no queda fuera de esta sucesión de vidas, que florecen y se malogran al borde de la frontera entre las dos Alemanias como si nada pudiese detener la rueda de la tristeza. Fabian Gamper, el fotógrafo de todo esto, es un artista sin reservas y un hechicero de la sugerencia.

