Despoblación rural: ocho libros para explicar el vacío

14/09/2018

Parece que este asunto se ha convertido en tendencia, puede que gracias a algunos libros, a programas televisivos que, desde lo documental o el entretenimiento, se acercan (por fin, sea como sea) a los pueblos, o a alguna comisión de despoblación creada por las administraciones de la que ojalá podamos esperar resultados positivos. Pero a nadie se le escapa que el abandono del medio rural no es un problema leve, ni de causas recientes ni de solución rápida, por eso sería muy preocupante -casi angustioso- que esta atención al campo se convirtiera en afición pasajera. En un documental reciente sobre las iniciativas en la comarca aragonesa de Las Cinco Villas para recuperar habitantes, un ganadero opinaba que el medio rural se encuentra en un punto de inflexión en el que solo son posibles la recuperación o el declive, un declive mayor.

Hoy vamos a hablaros de varios libros, no necesariamente ensayos, que nos acercan a diversas perspectivas del problema (drama) de la despoblación y de la situación del medio rural hoy, en general.

Comenzamos por Los últimos. Voces de la Laponia española, un libro del que os hablamos hace algo más de un año, escrito por el periodista de Levante-EMV Paco Cerdá. El mismo autor viajaba a distintos pueblos de algunas de las zonas menos pobladas de España (Soria, Guadalajara, Teruel, Cuenca y determinadas zonas de Zaragoza, Burgos, Segovia, La Rioja, Castellón y Valencia) charlando con algunos de sus habitantes, moradores únicos en algún caso. Lo hacía desde un punto de vista desprejuiciado, evitando a conciencia tanto el paternalismo como la idealización (esas desviaciones recurrentes en la mirada del urbanita al campo) y prestando atención a las necesidades, quejas y esperanzas de quienes viven donde casi nadie lo hace. No es nada frecuente que puedan expresarse tanto, ni que se preste esa atención directa, a los últimos, los que no tienen todavía -apenas- capacidad de influencia ni de presión.

En ese libro se mencionaba otro, aludiendo precisamente a los modos históricos de mirar al campo desde la ciudad: La España vacía, de Sergio del Molino, que tuvo un gran éxito de ventas. Tras poner cifras (desoladoras) al vacío de nuestras zonas rurales interiores, realizaba Del Molino un recorrido histórico, con múltiples referencias intelectuales, a las maneras en que, a lo largo de los siglos, se han contemplado los pueblos en la literatura, el cine, los medios de comunicación… Deja ver que ha sido diversa y cambiante, pero también que se ha mantenido, férreamente sostenida, la dicotomía, entre nosotros y aquellos, como si un desencuentro atávico separara la ciudad del campo. No tan distanciados hasta las migraciones masivas desde los sesenta.

Alberto Pina. "La tierra callada" en la Galería Utopía Parkway
Alberto Pina. “La tierra callada”. Galería Utopía Parkway

Compartía editorial (Pepitas de calabaza) con Los últimos el libro de Emilio Gancedo Palabras mayores. Un viaje por la memoria rural, fruto, como aquel, de los viajes de este autor por zonas rurales charlando con la gente de a pie y hablando de recuerdos con una gran sensibilidad. La mayoría de los entrevistados (más bien compañeros de conversación) de Gancedo son, como la mayoría de quienes habitan en los pueblos, personas nacidas algo de tiempo antes o algo después de la guerra; quienes, infinitamente más que el resto, han conocido la extraordinaria evolución vivida desde los sesenta, sin comparación con ninguna anterior: del barreño a la bañera, pero también del aire puro al envenenado, de la conversación al silencio.

Julio Llamazares calificaba este libro como uno de los más importantes publicados en nuestro país en los últimos años (y vio la luz en 2017). Hay que hacerle caso porque este escritor nos ha dado seguramente las novelas más significativas en nuestro país sobre la despoblación, lo rural y los pueblos abandonados (a veces a la fuerza, como los anegados por embalses; ya sabéis que él procede de Vegamián).

Tenemos que citar el desesperanzado La lluvia amarilla, piedra de toque para que muchos comenzarán a concienciarse sobre este asunto y Distintas formas de mirar el agua, sobre las muy diferentes maneras en que la familia de un abuelo asiste a despedirse de él en el embalse que cubrió su pueblo.

Los suyos eran personajes ficticios, pero quien también dio voz a los que mejor conocen la España rural (mezclando la entrevista con otros géneros literarios) fue Alejandro López Andrada, en El viento derruido. En su caso se ciñó al contexto andaluz y subrayó, sobre todo, las experiencias de quienes trabajaron duro, más que duro, en oficios que a menudo ya no existen pero de los que en su momento dependimos: carboneros, picapedreros… además de pastores o agricultores de los que seguimos dependiendo. Andrada escribe con mucha sencillez, sin negar la poesía presente en esos esfuerzos y en la solidaridad de los vecinos que se ayudaban aunque les faltaran medios.

Etnocidio con rostro amable llama Marc Badal a lo que está ocurriendo en las provincias interiores despobladas. Él escribió Vidas a la intemperie (de nuevo en Pepitas de calabaza, por cierto): se trata de un libro que se lee con ligereza y disfrute pese a hacerse evidente el exhaustivo trabajo de documentación previo. Badal se posiciona abiertamente contra los tópicos, contra la generalización normativa de la población rural, y aboga por referirnos a ella y al campo desde perspectivas más variadas, a ser posible nuevas y ni buenistas ni paternales. Mira mucho hacia el futuro, pero también reivindica a los pueblos pasados de formas así de emocionantes: Han desaparecido y nunca escribieron su historia. Vivimos en el mundo que crearon. No podemos dar un solo paso sin pisar el resultado de su trabajo. Tampoco abrir los ojos sin ver el trazo de su huella. Una obra que es todo lo que nos rodea. Todo aquello que pensamos que es tan nuestro por el hecho de estar ahí. De toda la vida.

Y estaría muy bien terminar con esas palabras, pero antes… queremos mencionar un clásico: Donde la vieja Castilla se acaba. Soria, de Avelino Hernández, circunspecto pero poético, emocionante y misterioso; la demostración de que al campo (sin nombre ni divisiones) también se lo puede amar.

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