Los últimos: las voces diversas de nuestra Laponia

16/03/2017

Los últimos. Voces de la Laponia española. Paco CerdáToda Soria; Guadalajara, Teruel y Cuenca casi también por completo; el suroeste de Zaragoza, el sureste de Burgos, el nordeste de Segovia, el sur de La Rioja y el interior de las provincias de Castellón y Valencia conforman lo que Francisco Burillo, Catedrático de Prehistoria de la Universidad de Zaragoza, llama Serranía Celtibérica y el periodista de Levante-EMV Paco Cerdá ha dado en llamar la Laponia española. Su despoblación es conocida, pero las cifras abruman: en una superficie equivalente a la de Dinamarca, Lituania, Letonia, Croacia, Eslovaquia, Estonia, Países Bajos, Bélgica, Eslovenia, Chipre, Luxemburgo y Malta habitan menos de 500.000 habitantes (censados, los números reales son otra historia) y solo seis poblaciones superan los 5000 vecinos.

Datos similares, referidos a la España no costera, los recogía Sergio del Molino en La España vacía, y no por imaginados dejan de sobrecoger. Si la obra de Del Molino era un repaso bien trazado por la evolución de la percepción de lo rural en nuestro país, desde los propios pueblos y desde la ciudad, la que recientemente ha publicado Paco Cerdá (Los últimos. Voces de la Laponia española, editada por Pepitas de calabaza) propone una inmersión en el mismo paisaje desde una perspectiva distinta: la charla cercana y desprejuiciada con quienes lo habitan. Cercana porque la mirada y el trato de Cerdá hacia quienes viven en los pueblos carece de los defectos de forma de los que hablaba Del Molino y a los que tan acostumbrados estamos (el paternalismo, la altanería, la idealización) y desprejuiciada porque ha tenido el acierto de no dar voz únicamente a quienes los tópicos asocian a la vida rural – agricultores y ganaderos que, desde luego, también aparecen – sino también a profesionales de perfiles variados que, por obligación o elección, viven en pueblos (maestros, entrenadores de equipos de fútbol, extranjeros enamorados del campo y con posibilidades de trabajar a distancia, personas llegadas de la ciudad buscando otra calidad de vida…).

En Los últimos hay historias (realidades) desoladoras, como la de Juan, el único chaval de Selas, que tiene que jugar solo en el frontón; el hombre sin nombre de Otilla, que murió solo y sin que nadie se enterase hasta días después; la de los chavales de Cuevas de Cañart que asistieron al cierre de su escuela (certificado de defunción, prácticamente, para cualquier pueblo) o la del decadente equipo de fútbol de Campillo de Altobuey; pero también hay historias de gente absolutamente feliz que no cambiaría por nada una vida sencilla, sobre todo sencilla.

El problema de la despoblación (porque lo es, acuciante) es un asunto muy complejo, difícil de abordar en sus causas, no tanto en sus consecuencias. Es complicado dilucidar si se produjo, hasta cierto punto, de forma natural tras la mecanización del campo; si esta nos llegó a España tarde y desordenada, y eso favoreció la desatención a los pueblos; o si existe algún tipo de interés en la escasa relevancia dada hasta ahora a “la España vacía” a nivel político, como algunos entrevistados por Cerdá dejan caer. Este periodista no entra en esas disquisiciones, pero hace el acto valiosísimo de poner nombre a quienes viven en los pueblos olvidados, que, paradójicamente y como él mismo señala, quizá fuesen menos bellos a ojos de quien viene de fuera si nos acordásemos más de ellos.

Narra sin idealizar, dejando claro que lo bucólico empieza en un sitio y acaba en otro y que allí mismo empieza lo duro. Pero también sin ocultar la calidad de vida de la que disfruta el medio millón de pobladores repartidos por diez provincias que viven, felices y no tanto, casi en el silencio. Porque el día a día en el campo puede no ser apto para gente extraordinariamente social o muy presumida que necesite constantemente alguien con quien comunicarse o con quien fardar; pero el cemento urbano (y sus caras de cemento) tampoco son terreno abonado para el bienestar de quienes disfrutan, sin complejos, de la naturaleza o la soledad.

Lo explica Alberto, un chef de prestigio que decidió cocinar en Checa: Hay personas que rondaban la treintena y que no habían oído nunca el silencio hasta que llegaron aquí. Lo mismo pasa con el cielo (…). Este entorno no te aporta nada: de aquí solo te llevas lo que traes dentro de ti. Esta soledad elimina interferencias. Es como una campana de silencio. Y eso es un arma de doble filo que actúa como un amplificador emocional: si tú estás bien, aquí estarás mejor; pero si estás mal, este sitio puede ser un infierno insufrible.

En la enorme franja de este país por la que Cerdá ha viajado viven 7,34 habitantes por kilómetro cuadrado.  Los pueblos y las zonas de las que habla  -algunas, de una belleza que apabulla sin exagerar-  son la pura vaciedad (olvidaos, si no lo habéis hecho, de frases de informativo como Nos encontramos en Calasparra, una pequeña localidad murciana de tan solo 10.000 habitantes. La pequeñez es que haya más gatos que vecinos). Encontrar medios de vida en estos lugares es difícil y habitarlos no está hecho para todos -sí para muchos más de los que hay-, pero lo que no tiene excusa es el desconocimiento, puede que un problema tan grave como el de la misma despoblación.

La RAE la recoge mencionando su uso peyorativo, pero la acepción de provinciano como “poco elegante o refinado” es absolutamente absurda; poco elegante o refinado es el que se cree distinto o mejor por el peregrino motivo de haber nacido en una ciudad grande. Si pueblerino es alguien, también en su acepción peyorativa, “poco refinado en sus modales o en sus gustos, o carente de amplitud de ideas o puntos de vista”, no hace falta mucho tiempo para encontrar urbanitas con esa cualidad. Es posible que la vida en el campo imprima carácter (leyendo a James Rebanks en La vida del pastor, a quienes charlaron con Delibes en Castilla habla o a quienes hablan con Cerdá, o simplemente pensando en nuestros abuelos veremos muchos lazos). Pero no tanto lazos de cerrazón como de esfuerzo. El respeto con el que Cerdá conversa con unos y otros es prueba de sensibilidad y de conocimiento del medio.

No sabemos si este renovado interés literario por el campo se materializará en alguna consecuencia positiva, pero el hecho de que autores jóvenes estén prestándole atención y generando ensayos sólidos sobre la despoblación es, desde luego, una razón para la alegría.

Un último apunte: leyendo Los últimos descubriréis dónde germinó en Julio Llamazares la idea de dar forma a esa novela de culto que fue La lluvia amarilla. (No es Ainielle, ese fue el aldabonazo).

Iglesia abandonada de Sarnago, Soria
Iglesia abandonada de Sarnago, Soria

 

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