Cuando el Romanticismo también se llevaba en la ropa

17/11/2016

Traje en satén de color negro y coral con aplicación de pasamanería. 1865-1868. Museo del Traje CIPE. © Pablo Linés ViñualesHace unas semanas repasábamos en El rebobinador en qué consistía el pensamiento romántico: el abandono de la razón como camino del acierto, la fascinación por la noche, por la naturaleza menos domesticada y lo medieval, la búsqueda del compromiso político y humano aunque trajera consecuencias trágicas…

Desde el pasado 25 de octubre, el Museo del Romanticismo de Madrid nos enseña cómo se vestía cuando así se pensaba: dedica una muestra a la moda romántica y expone veintidós trajes tanto masculinos como femeninos, la mayoría procedentes de sus fondos. Con el fin de contextualizarlos en el arte de su tiempo, no se exhiben unidos sino diseminados por las salas del centro.

El comisario del proyecto es Eloy García de la Pera y el objetivo de la exhibición, titulada “La moda romántica”, poner de relieve como la importancia creciente de la moda en la vida cotidiana, en la mentalidad y en los gustos de la sociedad decimonónica (sobre todo en los de la burguesía) fue un fenómeno de primer orden. Hay que tener en cuenta que fue entonces cuando triunfaron los primeros grandes sastres con firma propia, surgieron las primeras revistas de moda, y tanto hombres como mujeres (sobre todo ellas, sí) cayeron en la tentación de adaptar su vestuario a los cambios de temporada y sus tendencias.

En definitiva, fue en el Romanticismo cuando comenzó la fiebre por la ropa, con fashion victims e influencers incluidas, a quienes recordamos por testimonios de época y por retratos (como los goyescos). Aunque, a diferencia de en nuestro tiempo, los amantes de la moda veían entonces bastante limitada su libertad: reglas rígidas determinaban sus prendas en función del momento y el lugar. De ahí que esta muestra del Museo del Romanticismo haga hincapié en los distintos, y muy delimitados, usos sociales del traje: los había aptos para el día a día, para pasear, para acudir a bailes o para hacer visitas y asistir a actos de carácter religioso o político.

ción del trabajo y la producción en masa de objetos que comenzarían a ser asequibles para las clases  medias. Esta misma revolución industrial textil y la incorporación de los nuevos colores, propició  una  gran  ampliación  del  repertorio  decorativo  de  los  tejidos  “a  la  moda”  empleados  para  trajes,   incluyendo bellísimos estampados florales.  En  la  década  de  los  sesenta  se  opera  un  cambio  importante.  En  lugar  de  predominar  la  silueta   acampanada o cupular de la crinolina, la falda se desinfla en el frente, y los lados comienzan a con - traerse, desplazando el volumen de la falda a la parte posterior, lo cual constituye el paso previo  para el advenimiento del polisón. El traje masculino se convierte en una manifestación de las opiniones políticas y literarias, y apare- ce el fenómeno sociológico denominado dandismo que revindica la diferencia y la individualidad  a través del vestido. Los dandis siguen sus propios dictados en materia de indumentaria, adelan- tándose de los gustos mayoritarios para destacar y distinguirse socialmente. El pantalón y el frac,  incorporados al traje masculino a finales del siglo XVIII, se convierten, con variaciones, en el ves - tido de todos los hombres del XIX. Los chalecos cobran una gran importancia en la indumentaria  masculina del romanticismo, pues son la única prenda que concentra el color y la fantasía, motivo  por el cual, primero el frac y luego la chaqueta se lucían abiertas. Con esta exposición, el Museo Nacional del Romanticismo se llena de personajes vestidos para la  ocasión, y sus indumentarias ocupan las salas, salones, comedores y capillas para contarnos la His- toria, y las historias, muchas de ellas, terriblemente “románticas”. Chaleco en piqué de algodón con bordados florales, ca.1840. Museo del Traje CIPE. Foto © Pablo Linés ViñualesPodemos contemplar en el museo de la calle San Mateo fracs, levitas y chalecos de caballero, trajes femeninos de paseo, goyescos, de baile o de novia e incluso modelos infantiles, para que nuestra visión sea más global.

“La moda romántica” hace hincapié, además, en la evolución del traje en España desde comienzos del s XIX hasta el final del reinado de Isabel II y también en la del canon de belleza en cuanto a lo que a la silueta femenina se refiere: desde el traje imperio propio del neoclasicismo hasta las voluminosas y poco discretas faldas de los años 1860, ahuecadas con crinolinas, pasando por la austeridad de la década del vestir en los cuarenta o el desarrollo del busto y las mangas abultadas de los años 30. Lo que son las cosas, en ese mismo periodo el traje masculino apenas cambió.

La exposición puede visitarse hasta el 5 de marzo de 2017 y se acompaña de visitas-taller, charlas y visitas guiadas.

 

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