El rebobinador

Calouste Gulbenkian, una vocación ecléctica

Una de las colecciones artísticas más selectas de Europa es la que podemos visitar en la Fundación Calouste Gulbenkian de Lisboa. Su fundador fue, claro, Calouste (Sarkis) Gulbenkian, que además de un innegable sentido de la belleza, tuvo talento en el asunto económico y en la gestión del petróleo.

Su vida fue larga e intensa y acabó en Portugal, pero había empezado en Estambul: descendía de una familia ilustre que unía los linajes armenio y bizantino; entre sus antepasados se encontraban los príncipes de Rechduni, además de no pocos mecenas artísticos, en ese sentido Calouste no fue un pionero.

Su juventud y primera infancia las pasó en Oriente Medio, pero su vida adulta transcurrió sobre todo en Europa. En Londres se graduó en ingeniería y ciencias aplicadas, en 1887, y allí también contraería matrimonio, cinco años más tarde, con Kevarte Essayan; residió en la capital británica hasta 1920, antes de mudarse a París, donde permaneció dos décadas y, más tarde, a Lisboa. Allí vivió entre 1942 y su muerte en 1955.

Calouste Gulbenkian
Calouste Gulbenkian

Tras visitar en su juventud los campos de petróleo de Baku, Gulbenkian regresó al Imperio Otomano y escribió un libro con recuerdos de su viaje en 1891; en ese volumen incluía, además de información sobre las explotaciones petrolíferas, comentarios sobre los restos arqueológicos de la zona, su artesanía y la calidad de sus alfombras (de las que reuniría una gran colección). En ese mismo año, 1891, la Revue des Deux Mondes publicó algunos fragmentos de ese volumen bajo el título de El petróleo, fuente de energía, llamando la atención del ministro de minas turco, que pediría al luego magnate un informe sobre los campos petrolíferos del Imperio otomano. Gulbenkian ya era entonces asesor y representante de la Royal Dutch-Shell y del Ottoman Bank y desempeñaría un rol fundamental en la proyección internacional de los campos petrolíferos de Oriente Medio; en ese informe, trataba de defender las posiciones tanto del Imperio Otomano como de Gran Bretaña ante Alemania; justamente, con el tiempo, su asesoramiento sería imprescindible para ambos gobiernos.

En cualquier caso, su gran talento entonces fue anticipar la importancia que tendrían las reservas petrolíferas de Oriente Medio cuando esa industria se encontraba aún en un estado incipiente y también saber usar sus habilidades diplomáticas para convencer a los agentes financieros y a los gobiernos implicados en la necesidad de regular su explotación. Así, paulatinamente, amasaría Gulbenkian una enorme fortuna que invertiría en… una colección artística refinada y ecléctica.

Quienes lo conocieron hablan de él como un hombre de fuerte personalidad, aunque introvertido y tímido, firme para los negocios y sensible ante todas las manifestaciones de belleza: en la naturaleza y en todas las formas de arte. De la naturaleza y el silencio disfrutaría, sobre todo, en su propiedad próxima a Dauville, en Normandía, donde acudía buscando calma y privacidad los veranos desde 1937.

Gulbenkian comenzó a coleccionar, de forma sistemática, a fines del siglo XIX. Ya de adolescente compraba numismática (pese a las advertencias familiares de los riesgos de dilapidar el dinero) y nunca dejaría de adquirir piezas de todo tipo en sus viajes, acudiendo a reputados proveedores. Al final de su vida había reunido 6.000 obras y fue justo cuando murió cuando pudimos disfrutar de ellas: se debía a su perfil misterioso; deseaba mantener un perfil bajo y, excepto a sus amigos, no enseñaba sus fondos. Si un desconocido se lo pedía, respondía lo que hoy nos parece una barbaridad: ¿Cómo voy a desvelar las mujeres de mi harén a un extraño?

Hacia 1927, el coleccionista había establecido su residencia principal (y la de su acervo) cerca de la Plaza de la Estrella de París, en el mismo edificio donde se ubicaba la misión diplomática iraní, de la que era consejero económico. Aquella circunstancia resultaría significativa en la II Guerra Mundial: Irán era un país no beligerante, así que los alemanes hubieron de respetar su inviolabilidad diplomática (y sus adquisiciones).

Pese a que la mayor parte de sus obras se encontraban en París, antes de la contienda tomó medidas de seguridad: en 1936, confió la salvaguarda de sus piezas egipcias al British Museum y depositó pinturas en la National Gallery de Londres (estas últimas, a fines de los cuarenta, serían transferidas a la National Gallery de Washington, para luego viajar a Lisboa). Allí se había establecido, recordemos, Gulbenkian en el transcurso del conflicto: el Hotel Aviz fue su última residencia.

Puede que consciente de su cercano final, pensó reunir todos sus fondos, entonces dispersos en varias capitales europeas y americanas: empezó a madurar la idea de crear un museo. Entretanto, Malraux se aseguró de que sus piezas pudieran salir con seguridad de Francia y el mismo Gulbenkian donó al Museo Nacional de Arte Antiguo de Lisboa antigüedades; otras se encontraban temporalmente en el Palacio de Pombal en Oeiras, a la espera de la creación de un nuevo centro. Su inauguración llegaría en 1969, catorce años después de la muerte de su fundador.

Museo Calouste Gulbenkian, Lisboa
Museo Calouste Gulbenkian, Lisboa

En sus colecciones se observa una clara predilección por Oriente Medio y Próximo, pero también una evidente fascinación por la belleza en toda manifestación u origen: alfombras, cerámicas, manuscritos iluminados u orfebrería, además de, claro, pinturas y esculturas. No le obsesionaron autores o movimientos determinados, ni épocas, solo el placer estético. Le movía la pasión por el objeto y aquella era una forma singular de entender el coleccionismo: no se sintió obligado a incluir en sus fondos determinados nombres (Goya, por ejemplo, no forma parte de sus fondos; se sabe que persiguió únicamente su Retrato de la Condesa de Chinchón sin llegar a conseguirlo).

No se vio atraído por el arte moderno específicamente: aunque Manet, Monet y Degas sí se encontraron entre sus adquisiciones, el postimpresionismo no llegó a interesarlo, seguramente por no haber encontrado la pieza apropiada. En una visita a la Neue Staatsgalerie alabó pinturas concretas de Cézanne y Van Gogh, que quizá hubiera comprado de haber estado en venta. Tampoco pareció atraerlo el arte del siglo XX, que entró en la Fundación Gulbenkian años después de su muerte.

Lo que sí encontramos en su colección son notables piezas de arte egipcio o asirio, monedas y medallas griegas y romanas, gran cantidad de obras de arte turco, persa, indio, del Cáucaso… También alfombras, brocados, vestidos, encuadernaciones, libros miniados, lámparas de origen aristocrático, cerámicas, manuscritos armenios, jades chinos, estampas japonesas… Sin embargo, solo una parte de ese conjunto permaneció en los fondos que ahora pueden verse en Lisboa, ya que Gulbenkian realizó en vida una destacada donación al Patriarcado de Jerusalén.

Hay que mencionar que algunas de las pinturas y esculturas más significativas de la colección Gulbenkian proceden del Hermitage de San Petersburgo y merece la pena revisar el viaje: en 1927, Gulbenkian compró un bronce neoclásico de Houdon, Apolo (1790), que había pertenecido a la condesa de Pastré. Había sido concebido como pendant de una escultura una década más temprana, Diana, que se encontraba en el Hermitage y que el turco quiso conseguir. Entró en negociaciones con el gobierno soviético para ello, incluso pese al criterio de sus consejeros, que lo apreciaban como mármol soberbio pero no como obra genial.

Eran años de penurias en Rusia, los fondos del Hermitage puede que se identificaran demasiado con el zarismo… y el Museo de San Petersburgo vendió discretamente algunas de sus piezas a Gulbenkian, incluyendo, además de Diana, dos Rembrandt, un Watteau, un Rubens… También compró a los Rothschild, en subastas o directamente a los artistas (caso de Rodin y su Cabeza de Legros).

Se definía, en definitiva, como coleccionista ecléctico, no considerando peyorativo el término, y también encontramos en sus obras un componente afectivo, en relación con su atención al arte oriental y en la decisión de anclar sus fondos a la ciudad que lo recibió amablemente en el final de su vida.

Jean-Antoine Houdon. Diana, 1780. Museo Calouste Gulbenkian
Jean-Antoine Houdon. Diana, 1780. Museo Calouste Gulbenkian

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