Calder y Picasso: el vacío y el espacio

El Museo Picasso de Málaga rastrea sus conexiones

Málaga,

Hasta el próximo 3 de noviembre tenemos la oportunidad de descubrir, en el Centro Botín de Santander, los proyectos menos conocidos o inacabados de Alexander Calder, pero no es esta la única muestra española dedicada al escultor estadounidense que este otoño podrá visitarse: mañana el Museo Picasso malagueño abrirá al público una exposición que estudiará las convergencias y divergencias de este autor con el andaluz a la hora de explorar su tratamiento del vacío y el espacio, desde enfoques más próximos a la figuración o abiertos a lo abstracto.

Organizado en colaboración con la Calder Foundation neoyorquina y la Fundación Almine y Bernard Ruiz-Picasso para el Arte, y en coproducción con el Musée national Picasso francés, este proyecto nace del deseo de abrir posibilidades en el diálogo de la obra de dos grandes rara vez puestos en relación. Ambos nacieron en el siglo XIX, contaron con padres artistas (clásicos) y abandonaron sus respectivos países para desplegar lo mejor de su producción en Francia: París fue el escenario idóneo en el que reinventarse y desarrollar los grandes temas (de la pintura y de la escultura) por caminos nuevos, para ellos como para tantos.

Podrían ser varios los criterios con los que plantear un estudio comparativo de los intereses de Calder y Picasso -en torno a su atención al circo, por ejemplo-, pero los comisarios, que han sido cinco (Alexander S. C. Rower, Bernard Ruiz-Picasso, Claire Garnier, Emilia Philippot y José Lebrero), han optado por buscar sinergias y paralelismos en sus modos de abordar la representación del no-espacio en las dos y las tres dimensiones, partiendo como decíamos de la figura para llegar a la ausencia de ella.

Alexander Calder. Impartial Forms, 1946. © Calder Foundation, New York. Cortesía de Art Resource, New York. Foto: Kerry Ryan McFate © 2019 Calder Foundation, New York/VEGAP, Madrid
Alexander Calder. Impartial Forms, 1946. © Calder Foundation, New York. Cortesía de Art Resource, New York. Foto: Kerry Ryan McFate © 2019 Calder Foundation, New York/VEGAP, Madrid

Es sabido que Picasso y Calder no compartieron conversaciones fluidas sobre sus inquietudes y que sus encuentros no fueron demasiados: se conocieron en 1931, con motivo de la primera exposición de esculturas no objetivas de Calder en la Galerie Percier de París. Al parecer, Picasso llegó temprano para poder contemplar en soledad sus trabajos y fueron presentados. Y volvieron a cruzarse en el verano de 1937, porque la Mercury Fountain del americano se instaló frente al Guernica en el Pabellón español de la Exposición Internacional de París. Calder fue, de hecho, el único artista no nacido en nuestro país integrado en el Pabellón, circunstancia que le facilitó su gran amistad con Josep Lluís Sert. En cualquier caso, sí tuvieron en común el convertirse en célebres referentes para autores de su generación: a ambos les dedicó el MoMA muestras retrospectivas en los años cuarenta, los dos expusieron en la Bienal de São Paulo de 1953 y llevarían a cabo obras, por encargo de la UNESCO, cinco años después.

Sus vías para adentrarse en el vacío se basaron en la sustracción de volúmenes, en el caso de Calder, o en la expresión de las contorsiones del tiempo, en el de Picasso; el primero invocó en sus esculturas fuerzas invisibles, lo que llamaba grandeur-immense, mientras la labor del malagueño partió de la exploración en su propia interioridad emocional, de modo que el espacio “interpersonal” entre creador y modelos desaparecía.

Vista de la exposición "Calder-Picasso" en el Museo Picasso Málaga. © Museo Picasso Málaga © 2019 Calder Foundation, New York/VEGAP, Madrid © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid, 2019
Vista de la exposición “Calder-Picasso” en el Museo Picasso Málaga. © Museo Picasso Málaga © 2019 Calder Foundation, New York/VEGAP, Madrid © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid, 2019

Calder quiso romper con las clásicas dimensiones de altura, anchura y profundidad, y con el tradicional espacio euclidiano, introduciendo dinamismo (es decir, la dimensión temporal) a sus esculturas. Las figurativas de alambre que, en 1929, la crítica definió como dibujos en el espacio delinean volúmenes que son transparentes y que intuimos, por tanto, tras su trabajo, tras quedar replicados en sombras proyectadas en la pared. Y sus móviles no objetivos son variables prácticamente hasta el infinito tras ser activados por la casuística también infinita de la naturaleza: su movimiento desafía los límites entre la pintura, la escultura y la coreografía e introduce en sus creaciones la inaudita noción de la imprevisibilidad.

Para Picasso, el vacío no era tanto un ente a definir como una necesidad creativa relacionada con su conciencia de la decadencia y la muerte; tanto en sus dibujos y pinturas como en sus esculturas, solía trabajar partiendo de un mismo principio: el de crear figuras a partir de la adición de formas orgánicas, manejando también los volúmenes de sus lienzos por caminos inesperados. Simplificar la solidez de esas formas era un modo, además, de purificarlas, es decir, de acercarse a las esencias de sus modelos.

En Málaga casi sesenta obras de Calder y medio centenar de trabajos de Picasso se completan con documentación de aquellas pocas veces que ambos coincidieron y no faltan los tres proyectos del monumento picassiano a Apollinaire o sus tres esculturas de Les baigneurs, La grande vitesse del americano y sus colgantes Red Lily Pads.

Vista de la exposición "Calder-Picasso" en el Museo Picasso Málaga. © Museo Picasso Málaga © 2019 Calder Foundation, New York/VEGAP, Madrid © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid, 2019
Vista de la exposición “Calder-Picasso” en el Museo Picasso Málaga. © Museo Picasso Málaga © 2019 Calder Foundation, New York/VEGAP, Madrid © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid, 2019

 

“Calder-Picasso”

MUSEO PICASSO MÁLAGA

Palacio de Buenavista

c/ San Agustín, 8

Málaga

 

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