Su entorno más cercano, en cuanto a espacios y personas, es el sustrato de la pintura silenciosa de Vilhelm Hammershøi, uno de los grandes nombres del arte danés en torno a 1900, no demasiado conocido fuera de su país hasta, al menos, la década de los ochenta. Esa es la razón de que un artículo periodístico de 1911 afirmara que visitar al artista en su casa era como entrar en una de sus composiciones.
De temperamento parece que taciturno, este autor no dejó de representar un mundo a su imagen, en el que podía encontrarse acogido y cómodo, bañado también en el silencio. Al observador no puede quedarle duda de que esas estancias son privadas y de que no es posible ejercer ninguna interacción con las mujeres que en ellas aparecen (normalmente, la esposa del artista), sumidas en la soledad y quizá en la ensoñación.
Su primera gran retrospectiva en España, comisariada por Clara Marcellán, puede visitarse ya en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza y viene a proponer al público franquear esos muros callados en los que Hammershøi se refugiaba, ilustrando en lo posible sus vínculos con familia y amigos, y con otros creadores que le fueron próximos, para dotar a sus lienzos de lecturas más completas.
Por aquel carácter introvertido, casi patente en su producción, el pintor se rodeó toda su vida de un reducido círculo: de esta antología forman parte pinturas de su hermano Svend Hammershøi, su cuñado Peter Ilsted y su amigo Carl Holsøe, que podremos confrontar con las suyas. Son evidentes las afinidades, pero destaca el genio singular de Hammershøi a la hora de transmitir emociones a través de los espacios, del vacío y de la luz, sobre todo una melancolía en la que muchos espectadores han podido reconocerse.
Fue un pintor de hacer lento, según explicó Marcellán, pero no poco prolífico -en su medio siglo de vida (1864-1916) realizó cuatrocientos trabajos, de los que aquí pueden verse cerca de setenta-. Su paleta fue reducida, sus composiciones austeras, y dio protagonismo a los tonos blancos, negros y ocres; también a la línea, lo primero en lo que se fijaba al escoger sus motivos.


Tanto hoy como en vida ha sido más célebre por sus interiores que por el resto de los géneros que abordó, y parece que no le gustaba demasiado que fuese así; al Thyssen también han llegado paisajes, retratos y autorretratos en los que manejó igualmente cierta ambigüedad y un silencio introspectivo. Junto a su esposa Ida Ilsted, a veces tocando el piano, y algunos familiares, también representó a menudo a músicos: le interesaba mucho esta actividad, por lo que tenía de pausada y de expectante. La comisaria ha relacionado esa inclinación con sus blancos: Kandinsky, que fue su contemporáneo, asociaba este color a un silencio lleno de posibilidades, a una pausa melódica.
Ida, con la que viajó mucho, no fue para su carrera únicamente una modelo: compartió con ella búsquedas e inquietudes. Nos la presenta en sus lienzos como una figura muy cercana, aunque no suela enseñarnos su rostro, resaltando en algún caso su vulnerabilidad e inserta en esos interiores armónicos y quietos (protestantes), tan depurados que permiten proyectar en ellos lo que quien contempla lleva dentro.


Fueron más de sesenta las obras que Hammershøi efectuó en sus dos sucesivos apartamentos, así que en la exposición tendremos ocasión de familiarizarnos con ellos, y con los sutiles cambios de atmósferas que suscitan el movimiento de un cuadro o de un mueble. Tan detenido parece su tiempo que la mantequilla que se derrite en algún plato es suficiente para introducir dinamismo en una de las escenas. Incluso en sus vistas de la naturaleza o de las calles de Copenhague apreciamos una radical ausencia de la figura humana: prefería el danés prestar atención a la sucesión rítmica de líneas que le ofrecían las ventanas o las columnas. Tendía a la abstracción, evitando cualquier detalle que pudiera distraer al espectador y subrayando la proporción de cielo.
Salvo en las secciones primera y última de la muestra, centradas en su época temprana y sus años finales, el recorrido no se organiza cronológicamente, porque la producción del danés no cambió demasiado a lo largo de su trayectoria. Veremos sus primeras figuras ensimismadas, cuyo aura parece remitir al simbolismo de Whistler; esos retratos de artistas y músicos tan carentes de anécdotas como todos sus espacios; desnudos lejanos al erotismo que tienden al recogimiento; por supuesto, una amplia selección de interiores sin más presencia de lo exterior que la misma luz, que supo proyectar con mimo en el suelo o dejándonos ver el polvo; paisajes humildes y solitarios, muchas veces brumosos; y autorretratos en los que se presenta a sí mismo en comunión con las estancias que habita, junto a puertas que reflejan ventanas.


Los apartamentos de Hammershøi eran más que un lugar para vivir: se trataba de verdaderos talleres, el escenario de sus ensayos con la luz. Al comparar las fotografías de las viviendas del artista con sus obras, podemos darnos cuenta de que, antes de pintar, seleccionaba: omitía representar ciertos elementos decorativos, despojaba deliberadamente las paredes de cualquier detalle superfluo.
Podríamos pensar que siempre permaneció en el mismo lugar, pintando incansablemente los mismos salones, pero viajó mucho para estudiar y, paradójicamente, para lograr la impresión de inmovilidad que emana de sus imágenes. Da la sensación de que no salió de su propio universo, allí donde fuera; y desde allí nos sigue apelando.
“Hammershøi. El ojo que escucha” viajará a Kunsthaus Zürich tras su paso por Madrid y es muy probable que crezcan las muestras y la popularidad de este autor en los próximos años. Contemplado hoy casi como un postmoderno, se lo examina a la luz de Mondrian y de los artistas contemporáneos tendentes al reduccionismo.

“Hammershøi. El ojo que escucha”
MUSEO NACIONAL THYSSEN-BORNEMISZA
Paseo del Prado, 8
Madrid
Del 17 de febrero al 31 de mayo de 2026
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