Quienes se acercan al Metropolitan o al MoMA de Nueva York en los últimos meses quizá se sorprendan al contemplar pinturas que no pueden identificar junto a las obras de Rothko o Tàpies habituales en los fondos de esos museos. Se deben a Sarah Grilo y se han incorporado recientemente a sus colecciones, después de que la filial en esa ciudad de la galería Lelong brindase a la artista una muestra centrada en su etapa neoyorquina, en 2024.
Con anterioridad la misma firma dedicó a esta autora exhibiciones en París, en 2018 y 2021, y en ese mismo espacio podemos disfrutar desde este jueves de “Paris – Madrid”, un conjunto de sus trabajos datados en las décadas de los setenta y los ochenta, cuando Grilo ya residía y creaba en alternancia entre la capital francesa, Madrid y Marbella, ciudades que serían su casa hasta su fallecimiento en 2007.
Nacida en Buenos Aires noventa años antes, en los cincuenta comenzó a idear trabajos figurativos de influencia cubista, pero rápidamente evolucionó hacia la abstracción geométrica, marcada por su contacto con la asociación Artistas Modernos de la Argentina, un colectivo que llegó a exponer en el Stedelijk de Ámsterdam y el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro.
De 1954 a 1961, Sarah Grilo vivió en París, donde su obra abstracta adquirió una dimensión más lírica, hasta que, en 1962, una beca Guggenheim le llevó a asentarse en Nueva York; allí sus creaciones darían un giro decisivo, en parte motivado por su inmersión en un paisaje urbano tan dinámico y por su descubrimiento del arte estadounidense del momento.


Las superficies de sus composiciones se hicieron vibrantes al incorporar referencias a los destellos lumínicos de letreros y anuncios, además de números, letras, grafitis y eslóganes publicitarios que entremezclaba con marcadas gotas de pintura. Le gustaba jugar con permutaciones, fragmentaciones e inversiones de elementos, porque, como ella decía, acordándose de los principios matemáticos, el orden de los factores no altera el producto.
Fundió garabatos y símbolos a la hora de alumbrar, ya en los inicios de los sesenta, una pintura enérgica en la que muchos encuentran anticipos del arte más que urbano de Basquiat. Y cuando abandonó Nueva York, evolucionó Grilo justamente hacia una mayor libertad gestual; sus pasadas figuras quedarían para siempre sustituidas por caracteres y cifras en telas que remiten nuevamente, desde una delicadeza radical, a los graffitis y los carteles urbanos de aquel tiempo en que la propaganda estaba, sobre todo, en la calle. La ciudad generaba a esta artista, trabajadora y reservada, una seguridad, según confesó, que le empujaba a pintar; continuamente encontraba en sus paseos, incluso en sus miradas por la ventana, motivos susceptibles de ser sumados a territorios abstractos.


Aunque no regresara a la figuración en el paso de las décadas, sí necesitó llevar lo real a sus obras, sobre todo tras el empuje recibido en aquella Nueva York que era, en los sesenta, centro creativo internacional y casi cuna del pop art. Se nutrió de esa energía, pero sin adscribirse a tendencias concretas, manteniendo su independencia, y es posible que su condición de extranjera que no dominaba el inglés tuviera que ver en su empleo discursivo del lenguaje a la hora de exportar la realidad al lienzo desde su periodo americano.
Las inscripciones, palabras y signos que vemos en los suyos procedían, como dijimos, de anuncios o titulares de prensa; y otras veces, de lo que encontraba en los muros urbanos. Al aplicar sobre ellos veladuras pictóricas, podía cuestionar la certidumbre de sus mensajes.
Sus códigos creativos estaban ya perfectamente consolidados cuando se asentó en Europa, como atisbaremos en esta muestra en Lelong, y no trató de someterlos a una evolución o a encajes programáticos: primaba en sus trabajos, palabras aparte, la mera condición de pintura. Este año tendremos ocasión, además, de reencontrarnos con ella en el Museu March de Palma más adelante.


Grilo comparte exhibición en Lelong y en París con el artista israelí, nacido en Haifa en 1977, Guy Yanai (la primera en la rue de Téhéran; el segundo en la Avenue Matignon). Sus pinturas resultan fáciles de identificar: se distinguen por sus tonos saturados, por su intencionada planitud y por la depuración de sus formas; también por la diversidad de sus fuentes: desde la pintura clásica y moderna hasta el cine, la publicidad, la imagen digital y las redes sociales.
Esa saturación de su paleta alude a la escasa sutilidad del flujo visual de nuestros días, porque sus composiciones quieren venir a representar escenas de la vida contemporánea: interiores domésticos, paisajes y fragmentos de instantes cotidianos reducidos a planos esenciales de color y ritmo. Yanai trabaja dotando a lo fugaz de permanencia, con pinceladas disciplinadas, pero de pulso humano y a veces poético.
La claridad de sus líneas y la calibrada armonía de sus tonos pueden sugerir quietud en el movimiento y distancia en la intimidad.


Sarah Grilo. “Paris – Madrid”
13 rue de Téhéran
París
Del 15 de enero al 7 de marzo de 2026
Guy Yanai. “You Must Change Your Life”
38 avenue Matignon
París
Del 15 de enero al 7 de marzo de 2026
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