
Ser el primer moderno sería poca cosa al lado del mérito de ser el último de los antiguos.
Dedicar un libro a la ciudad de Roma quince siglos después de la caída de su imperio y cuando le han brindado páginas por centenares casi todas las figuras totémicas de la literatura occidental, y un sinfín de viajeros que no pudieron resistirse, es un desafío difícil de medir. El repaso a una bibliografía brillante y complicada de abarcar puede conducir a cejar en el intento y, en todo caso, la originalidad limitada del tema obliga a la originalidad de la forma y del enfoque.
Juan Claudio de Ramón, en este libro editado hace cuatro años por Siruela, con prólogo de Ignacio Peyró, eligió abordar la capital italiana quizá de la única forma inteligente o viable de hacerlo: como reza el título, de manera desordenada, en fragmentos; atendiendo a su propia mirada y sus experiencias allí durante los años en que trabajó como diplomático -porque la emoción siempre es particular, aunque haya tenido precedentes-; y no obviando todas esas páginas escritas por quienes cruzaron el Tíber antes que nosotros, cuando los turistas no formaban parte del paisaje. No es una opción prescindir de las citas, porque Goethe, Stendhal, Chateaubriand o Winckelmann, que eligió ser mediterráneo por voluntad y de cuya muerte se ha dicho que pudo prefigurar la de Pasolini, componen los cimientos de nuestra visión de Roma hoy junto a emperadores y papas.
Así, Roma desordenada puede leerse linealmente, sin saltos, o eligiendo el picoteo, seleccionando la tesela de este mosaico en la que caeremos cada vez: si hay un lugar que no puede recorrerse de arriba abajo y de izquierda a derecha es la ciudad que, en realidad, no tiene siete colinas y que escapa a los propósitos de descubrirla del todo, ni desde la superficie ni bajo ella. Intentar ordenarla sería profanarla, así que aquí tienen cabida, sin articulación cronológica ni de ninguna otra clase, la historia milenaria y la sucedida hace muy poco, el centro nunca del todo desvelado a nadie -por más que nos engañemos- y la periferia gentrificada y sin gentrificar, los escritores y los cineastas que quisieron dejarse avasallar por estas piedras o simplemente sobrevivir exiliados en medio del incómodo privilegio. Los pinos y la pasta carbonara, quizá no tan italiana ni tan añosa, o la que Rossellini arrojó a los paparazzi que lo descubrieron almorzando con Bergman; la basura acumulada bajo advertencias que la prohibían en el siglo XVII y los hoteles de Vía Veneto, que alojaron a dioses de nuestro Olimpo; el conservadurismo cromático, necesario e impuesto en las fachadas; la amistad tierna de Ramón Gaya y María Zambrano -que coleccionaba gatos y pidió una misa por el alma de Giordano Bruno-; y los deseos personalistas de Rafael Alberti, que lo que pidió fue una calle con su nombre en el Trastevere, aunque fuese estrecha y corta.
Éste es un ensayo, o un caleidoscopio, seductor y particular porque De Ramón demuestra que Roma no puede conocerse, sino sólo intuirse, incluso si se ha sido residente; y que el cine, la literatura y el arte son vías más válidas de aproximarse a ella que el estudio milimétrico y palmo a palmo de las vistas desde sus aceras. Sus textos, de la ruina antigua -el Foro- a la moderna -el Corviale-, enseñan y son fuente de disfrute, por sí mismos y porque abren la puerta a una extensísima bibliografía (también filmografía), que es otro de los grandes valores del libro. Ante la imposibilidad del todo, y de ella hay que dar gracias, empapémonos cuanto podamos de las partes.
Si alguien siente, en la lectura, que Roma le queda lejos, puede paliar la nostalgia pensando que nunca es así: él o ella también es parte de Roma.