NUESTROS LIBROS: La vida en el campo

Giovanni Verga. La vida en el campo

Ahora sí que estoy en el mundo lo mismo que un potro perdido al que pueden comerse los lobos en cualquier momento.

Justo cuando comenzábamos este verano de 2026, Periférica presentaba una nueva edición en castellano -la anterior, de 2008, también había corrido de su cuenta- de un libro que había traducido por primera vez al inglés, en su momento, D.H. Lawrence: La vida en el campo, de Giovanni Verga. Los relatos que componen este volumen los escribió el italiano pocos años antes de su obra más conocida: Los Malavoglia, el camino a la decadencia de una familia de pescadores sicilianos, que llevó al cine Visconti en La tierra tiembla. Otra de sus piezas célebres, aquí incluida, es Cavallería rusticana (Nobleza rústica), que tendría una influencia poderosa: inspiró a Mascagni su ópera del mismo nombre y a Coppola en el cierre de El Padrino.

La vida en el campo comparte rasgos básicos con el conjunto de su producción: Verga, que era miembro de una familia noble y terrateniente de Catania, pero que no por ello gozó de prosperidad económica suficiente, lo que azuzó su carácter depresivo, fusionó en su obra sus inquietudes políticas y sociales y las literarias. Fue partidario de la unidad italiana, y al servicio de esa causa fundó el semanario Roma degli Italiani, y observó con precisión naturalista los hábitos y dificultades de la población rural de Sicilia a fines del siglo XIX, sustrato una y otra vez de sus escritos, protagonizados por portadores de motes como la Loba, Malospelos, Calzonazos o el Bestia. Apegados por igual a la tierra que trabajan y a las costumbres que definen sus días -imposible saber cuánto hay en ese amor de voluntad y cuánto de imposibilidad de conocer otras-, la dureza de sus circunstancias no es para ellos fuente posible de rebeldía, sino de resignación; las jerarquías dadas resultan tan incuestionables como el azul del cielo y manejan una noción del honor y el decoro más parecida a la de hace tres siglos que al tiempo presente, más cercano en cronología. Con todo, es inevitable pensar que estas figuras siguen entre nosotros o somos nosotros mismos, sometidos a formas de determinismo de las que no somos conscientes y que por eso son fuentes.

Ante la imposibilidad de imaginar el cambio, y casi de imaginar en general, los reveses amorosos y de fortuna tornan en tragedias, espoleadas, muy a menudo, por un chismorreo que, lejos de ofrecer aquí la supuesta función primigenia y protectora del rumor, favorecen las desgracias, pues tornan siempre en calumnia y jamás en suposición positiva. Verga insiste en el arcaísmo de esas formas de vida, pero también en el coraje y la resistencia de ciertos personajes que no se dejan vencer teniendo todo en contra y que adquieren, también por costumbre heredada -todo aquí es legado-, la dureza: la presencia de ánimo infinita frente a la enfermedad, la tierra yerma, las muertes de los cercanos y, sobre todo, ante el trabajo sin descanso que jamás pondrá las bases de otro tipo de existencia. A las vidas crueles, los sicilianos de Verga suelen responder con arrojo, por más que a veces yerren al elegir los destinatarios de su valor.

Casi alérgico a los desenlaces felices, el autor subraya la relación estrechísima de mutua dependencia -las existencias parejas- entre estos agricultores y sus animales y el anhelo de supervivencia instintivo de unos y otros, pese a que el futuro no se presente mejor; ambos hacen bestiales labores que tornan en el fin único de sus vidas. Verga quiere narrarlas sin hacerse ver, adoptando las jergas que pudo conocer bien, miradas de inocencia primitiva. Hoy entendemos que no hay elección objetiva y reconocemos un trasfondo poético en su forma de narrar, pero él, un siglo después que Stendhal, quiso ser, sobre todo, el espejo al borde de los caminos transitados por los vencidos y los sin suerte de una de las islas que hoy consideramos más afortunadas.