Fuocoammare, vida y muerte en Lampedusa

14/10/2016

FuocoammareConocemos el drama de la inmigración con relativa profundidad; asoma a nosotros, aunque cada vez menos, en prensa y televisión, pero la pantalla, las páginas o el brevísimo tiempo que se le dedica al asunto ejercen de barrera protectora para que no llegue a nosotros el peso real de la tragedia que tenemos, no ya lejos ni cerca, sino aquí; para que la empatía no cale y haga sus efectos.

Hoy llega a cines Fuocoammare, el documental de Gianfranco Rossi que se hizo con el Oso de Oro en la última edición de la Berlinale, una de esas obras que desafía a cualquiera a que no se le ponga la piel de gallina durante los más de 100 minutos que dura la película. El filme combina el reflejo de la llegada a Lampedusa de miles de emigrantes vivos o muertos, los vivos en condiciones vergonzosas, con la captación de instantes cotidianos de los habitantes de la isla, sobre todo los de Samuele, un encantador chaval de doce años que se divierte jugando con el tirachinas, come sorbiendo sus spaghettis y se marea en el barco de su padre, pescador obligado a pasar faenando más meses al año de los que pasa en su casa. Por la mente del chico va haciendo poso la idea de salir del lugar, y se esmera en aprender inglés, mientras centenares pierden la vida por llegar allí.

Los barcos atestados de inmigrantes intentan alcanzar Italia, los de pescadores una y otra vez se van, un solidario médico atiende a quienes lo necesitan sin acostumbrarse al terrible padecimiento y la abuela de Samuele recuerda cuando, en la guerra (la segunda mundial) otros barcos, los militares, transitaban aquellas aguas, en las que parecía haber fuego.

Toda la historia se reúne en Fuocoammare, la macro y la micro, la pasada y la presente, y escuchando al médico hablar del horror que debe atender, a los emigrantes llorar a sus familias muertas o a la radio italiana programar canciones, como la que da título a la película, por petición de los oyentes, tenemos la sensación de que esas barbaridades forman parte de un complejísimo todo en el que cualquier cosa ha de pasar para que nunca, realmente, pase nada; en el que puede sufrirse todo lo sufrible sin que ni Lampedusa, ni el mundo,  se transformen. Las tragedias grandes y pequeñas quedan enterradas por el tiempo y por el mar, como víctimas sacrificadas a un dios sin piedad.

En Fuocoammare no había guión inicial, y en absoluto fue necesario, porque la vida en la isla habla sola desde la primera secuencia: la infructuosa petición de coordenadas a un barco repleto a punto de naufragar que no sabe informar de su situación. Plasmar cifras o hechos concretos era para Rossi irrelevante: le interesaba trasladarnos emociones, las de los que llegan y los que ya están, conocedores todos de lo que tiene la vida de cruel y de todas las caras del mar.

La ventana a la esperanza la encontramos en Samuele, con la vida por delante para devolver visión a su ojo vago (¿tenemos todos los ojos vagos?), y en el médico, que habla poco pero lo cuenta todo.

Fuocoammare opta, por cierto, al Óscar a mejor filme de habla no inglesa en representación de Italia.

Fuocoammare

 

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