El ser querido: soledades en el desierto

Ser querido parece una expresión tan manida como ambigua; probablemente todos entendamos como tales a amigos o familiares, pero a la vez implica una distancia mayor que referirnos de forma clara a una madre o a una amistad. Javier Bardem y Victoria Luengo, Esteban y Emilia, no lo parecen, seres queridos, en el arranque de la última película de Rodrigo Sorogoyen: harán falta bastantes minutos de charla para que su conversación revele que se trate de padre e hija y casi sólo lo sabremos por sus palabras, no por su actitud o sus gestos.

El punto de arranque de esta película, como se señaló el verano pasado, coincide con el de Valor sentimental de Joachim Trier: en ambos films una hija actriz hace frente a un rodaje con su padre, cineasta exitoso, y la relación entre ellos parte prácticamente de terreno yermo dada la paternidad más o menos distante o desalmada de los dos. En realidad, el rodaje de esas distancias entre quienes se da por sentada la cercanía es la base de una y otra obra y la circunstancia de que hablemos de profesionales del cine podría ser casual, pero es el hecho de que unos y otras tengan que convivir forzosamente durante la filmación el que da pie a situaciones comprometidas, de otra forma más o menos evitables.

Los paralelismos entre estos trabajos acaban ahí: el grueso del argumento de Valor sentimental no se situaba en el rodaje mismo, sino en sus prolegómenos difíciles, mientras que en El ser querido ese anticipo es tan breve como aquella charla primera y los conflictos entre padre e hija aflorarán o serán soterrados durante las tomas, filmadas en Canarias, en un paisaje desértico que no encaja mal con el aparente estado interior de los protagonistas. En el trabajo -no es nuevo- brotan rasgos íntimos a veces con más fuerza que en la propia intimidad y contaminarán, por necesidad, a quien pase por allí casi uno por uno. Si en la película noruega los diálogos informaban de las causas y consecuencias del alejamiento familiar, en la española el texto, más contenido, supone sólo el arranque de nuestro conocimiento de los daños: únicamente en una conversación Bardem y Luengo se refieren abiertamente al pasado, es muy breve, y se da prácticamente cuando la filmación ha terminado; por lo demás, sus recuerdos son una y otra vez opuestos.

El aire de enigma que rodea el relato familiar conecta esta obra con los thrillers habituales en la carrera de Sorogoyen, pero se puede decir que estamos ante una sorpresa en su filmografía desde el primer largo que dirigió en solitario, hace ya trece años: Stockholm compendiaba las fases de auge y caída de una pareja en un metraje de una hora y media. En esta ocasión no hay alegorías, sólo constataciones: la de que la lejanía causa más lejanía, que ésta produce daño y que los caracteres difíciles no sólo no se quitan con agua caliente, sino que dejan marcas.

Los protagonistas tejen con precisión esos personajes que conocen mutuamente su peor parte o su lado débil, que intentan acercarse o se repelen y, aún así, se miran o se imitan reconociéndose; la secuencia en que la actriz replica al padre que detesta frente al espejo se hace difícil de asumir, porque caricaturiza y se rebela contra lo que ella misma sabe que lleva dentro, pero la más potente de la película es aquella en la que el director descarga sus rabias ejerciendo una autoridad añeja e impotente ante sus actores, Emilia incluida, y todos entienden bien, empezando por ella, el enorme síntoma de debilidad que su mala autoridad y su necesidad de humillar significa.

Sus secundarios (Raúl Arévalo, Marina Foïs, Raúl Prieto) cumplen su rol de disolverse y dar entrada al dúo sobre el que pivota esta historia: no son necesarias más subtramas que los que ellos ya aportan ni más estudios de personajes que los de sus respectivas soledades.