El rebobinador

Jacopo Pontormo y Pasolini, colores como alientos

Está a dos pasos del Ponte Vecchio, pero a la iglesia de Santa Felicitas de Florencia suelen ir sólo quienes se lo proponen de verdad, al quedar fuera de los caminos trillados. Por eso no resulta muy difícil poder contemplar tranquilamente la obra maestra de su Capilla Capponi: un torbellino de cuerpos entrelazados y miradas lánguidas, amontonados en una espiral difícil que desafía las reglas de la perspectiva. Se trata de La deposición de Cristo de Jacopo Pontormo.

Es una de las composiciones más originales del manierismo en esa ciudad: el autor elimina el contexto de la escena para dar prevalencia a la expresión de los sentimientos. Las líneas del conjunto son virtuosas -Pontormo era un muy buen dibujante- y serpentean hacia todas las direcciones, generando arabescos y continuidades, sorpresas y zonas más claras. La suya es una escena espiritual, pero también nerviosa; busca la trascendencia, pero no teme al artificio.

Pontormo es el apodo de Jacopo Carucci (Pontormo, 1494 – Florencia, 1557) , pintor que vivió cuando el Renacimiento en Italia ya había alcanzado sus cimas y Rafael y Miguel Ángel dado prueba de su genio -quizá los de su generación sí que sintieron eso de estar presenciando el fin de la historia-. En todo caso, puede que se expusieran a menos presiones y, con seguridad, se decidieron a trabajar desde la audacia, desde la no obligatoriedad de seguimiento de los preceptos clásicos. En ese ambiente surgió el manierismo.

A lo mejor os habéis quedado pensando por qué esta obra lleva por título Deposición y no Descendimiento. En la Italia de la segunda década del siglo XVI -esta tela data de 1528-, la muerte de Cristo y la Eucaristía fue tema frecuentísimo -y muy favorecido por la orden de los teatinos, a la que pertenecían prelados eminentes- como respuesta a Lutero, que había sido excomulgado, precisamente, en 1520.

Jacopo Pontormo. La deposición de Cristo, 1528. Iglesia de Santa Felicitas, Florencia
Jacopo Pontormo. La deposición de Cristo, 1528. Iglesia de Santa Felicitas, Florencia

Tradicionalmente se ha interpretado la escena como un Descendimiento, pero se suele llamar Deposición a estas imágenes cuando no aparece la cruz: correspondería este momento al del entierro, más bien, aunque no veamos tumba ni losa que lo atestigüen. Al reunirse varias figuras en actitud de plañido también podría considerarse como Lamento: el instante en que el cuerpo de Cristo es arrancado de su Madre para ser llevado al sepulcro, con movimientos tan poco armónicos como el del ángel que sostiene, en primer término, las piernas de Jesús.

Como otros artistas manieristas, Pontormo tuvo una alta conciencia de la relevancia de su pintura y valoró la especulación teórica. Quizá por esa razón, décadas más tarde (entre 1554 y 1556, un periodo prolífico para él), llevó a cabo un diario personal en el que concedía mucha importancia a sus prácticas, pero también a su misma vida cotidiana. Sin exagerar: describía lo que comía (el número de huevos, de tórtolas, de libras de pan), sus horarios, sus digestiones pormenorizadas, su gasto en la taberna… Todo ello, compartiendo líneas con el avance de sus labores en los frescos de la iglesia de San Lorenzo florentina.

Esos diarios los entenderemos mejor si pensamos que el término manera, utilizado por Giorgio Vasari para aludir a sus contemporáneos que contaban con un estilo propio, no se refería sólo a cualidades artísticas, sino también a maneras humanas; esto es, al dominio de sí mismo, la cultura y el refinamiento: la sprezzatura (la gracia sin afectación, un juego de equilibrios talentoso).

Pasolini: Estos amarillos y rosas no son colores, son alientos; alientos delicados, desiguales y potentes, como las ruinas imborrables de un incendio.

Pontormo. Descendimiento de la cruz, hacia 1526-1528. Santa Felicità, Florencia
Jacopo Pontormo. La deposición de Cristo, 1528. Iglesia de Santa Felicitas, Florencia
Pontormo. San Mateo el Evangelista, 1526. Iglesia de Santa Felicitas, Florencia
Pontormo. San Mateo el Evangelista, 1526. Iglesia de Santa Felicitas, Florencia

La palabra manera procede de mano, y por tanto hace referencia a la habilidad manual propia de los buenos creadores; si nos fijamos, las posiciones de las manos tienen aquí una importancia vital: en este trabajo de Pontormo, la mano izquierda de Cristo parece ser mostrada adrede por los ángeles portadores, adquiriendo casi autonomía respecto al resto del cuerpo y simbolizando, seguramente, la mano divina que rige el destino de los hombres.

Pero también maniera comparte raíz con manía: el manierismo, como esos diarios, tiene algo de obsesivo en su sofisticación. Sus detractores, por eso, ya desde finales del siglo XVI, lo criticaron por lo que tenía de amaneramiento, es decir, de falta de naturalidad y de tendencia a la ostentación, el preciosismo y la rareza.

Al margen de las líneas y del tratamiento de los miembros, esta Deposición de Cristo atrapa por sus colores, entre los más alabados del Cinquecento. Podemos considerar esta pieza deudora del pensamiento de Miguel Ángel: comparte con aquel matices del verde, de los rosas vivos, los anaranjados, los azules difuminados y los grises tendentes al violeta. La serenidad que el pintor concede a la Virgen emparentaría lo terrible de la muerte con el consuelo de la Resurrección.

Pasolini recreó esta obra en su película La Ricotta, parte del conjunto Rogopag, y cuando hablaba de ella se apreciaba la huella de las lecciones que había recibido del historiador Roberto Longhi durante la II Guerra Mundial, en Bolonia. Merece la pena reproducir literalmente sus impresiones: ¿Colores? Llamar a esto colores… No sé. Recoged, en medio de la luz solar de un atardecer melancólico, unas pocas amapolas y aplastadlas; desprenden un jugo que se seca enseguida; entonces humedeced un poco y pedid a un niño que, sobre una tela blanca, pase el dedo empapado en este líquido: en medio del trazo del dedo emergerá un rojo muy pálido, casi rosa, pero deslumbrante gracias a la blancura del tejido inmaculado, mientras que en los bordes del trazo se concentrará un hilo de rojo violento y magnífico del decolorado, que se secará inmediatamente, volviéndose opaco, como si yaciese sobre una capa de cal. Aún diluyéndose, conservará en su muerte la vivacidad del rojo. En el centro, no quedará más que una palidez, un vacío, una nada con algo de rojo, que fue rojo y que sigue siéndolo, pero como un olor fantasma (…). Estos amarillos y rosas no son colores, son alientos; alientos delicados, desiguales y potentes, como las ruinas imborrables de un incendio.

Pier Paolo Pasolini. Rogopag, La Ricotta, 1963
Pier Paolo Pasolini. Rogopag, La Ricotta, 1963

 

 

BIBLIOGRAFÍA

María Bolaños. Interpretar el arte. LIBSA, 2007

Giorgio Vasari. Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos. Cátedra, 2011

 

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