El rebobinador

El coleccionismo real y principesco español en el siglo XV: una nueva mentalidad

La Baja Edad Media supuso nuevos aires también en la actividad coleccionista; el advenimiento del gótico fue consecuencia de una nueva mentalidad vinculada a las ideas renovadoras de San Francisco de Asís: el hombre es imagen de Dios y no (solo) un pecador, como la naturaleza es obra divina y no un ente amenazante. Sociedad y artistas comienzan a aproximarse al humanismo renacentista que revaloriza el concepto del hombre como ser central y dominador de la creación, mientras se consolidan las ciudades frente a los núcleos rurales; en ellas se erigen las Catedrales y la naciente burguesía adquiere influencia económica y cultural tras el declive del feudalismo.

En el terreno artístico, esa evolución explica el desarrollo de tres tipos de mecenazgo: el eclesial (la Iglesia acrecienta sus cámaras del tesoro); el de príncipes y grandes señores, que ganan progresivamente protagonismo como coleccionistas, y el burgués: ciudadanos acomodados y asentados en las ciudades comienzan a atesorar obras en sus residencias y, mediante la compraventa, dan lugar a un mercado del arte en el que aparecen subastas, vendedores, intermediarios o puntos de venta (ya presentes en la antigua Roma).

El coleccionismo principesco se empapó de algunos cambios promovidos en este sentido por la burguesía, alejándose sus fondos del concepto de Tesoro y acercándose, progresivamente, al de colección. La obra de arte comienza a contemplarse desde un sentido más hedonista, valorándose como pieza en sí y en la medida en que respondía al gusto de su poseedor, no solo o no siempre por su sentido simbólico o representativo.

La obra de arte comienza a contemplarse desde un sentido más hedonista, valorándose como pieza en sí y en la medida en que respondía al gusto de su poseedor, no solo o no siempre por su sentido simbólico o representativo.

Esas colecciones comienzan a disponerse en recintos privados y laicos (previos a las Cámaras de las maravillas), una forma de guardarlas que también remite al mundo antiguo. La familia Trastámara (segunda mitad del siglo XV) gustaba de contar con ellas en su entorno y adquirió fundamentalmente artes decorativas, objetos litúrgicos, telas, alfombras o tapices. Enrique IV reunió en el Alcázar de Segovia efigies doradas de reyes entronizados: se trataba de medio centenar de monarcas, hombres y mujeres, de Asturias, León, Castilla… desde Don Pelayo. Al elenco, casi un museo histórico de los reinos de España, se añadirían Fernán González, El Cid, Ramón de Borgoña y Enrique de Lorena. En la Antigüedad clásica, este tipo de figuras solían acompañar las bibliotecas; en este caso las efigies se independizan de los libros. En época de Felipe II, estos reyes fueron reproducidos por Hernando de Ávila en 1594, en el llamado Libro de los Reyes, seguramente para dejar constancia de ellos por si en algún momento desaparecían.

Sala de los Reyes. Alcázar de Segovia
Sala de los Reyes. Alcázar de Segovia

Tenemos constancia de que a Juan II le gustaba poseer en su palacio animales vivos, como toque exótico y elegante. Paseaban en semilibertad por aposentos y jardines loros, cacatúas… Era una costumbre habitual entre príncipes y nobles de la época, porque tenemos constancia de que igualmente la mantenían el Cardenal Mendoza en el Palacio del Infantado, el infante Enrique en su palacio de Barcelona, Isabel la Católica en Guadalupe… Se trata más de una moda que de una actividad coleccionista, pero sí que nos habla del gusto hedonista en esta etapa por los animales curiosos y la naturaleza exótica, acentuado tras el descubrimiento de América.

Podemos decir que los Reyes Católicos fueron en nuestro país los primeros monarcas en interesarse por el coleccionismo tal como hoy lo concebimos, y fueron grandes mecenas, sobre todo desde la expulsión de los árabes. Especialmente Isabel. Sus iniciativas de mecenazgo real a menudo corrían parejas a la conmemoración de sus empresas políticas y militares: basta recordar San Juan de los Reyes, el monasterio toledano erigido para recordar su victoria en Toro frente a los portugueses, como símbolo político de prestigio. En sus púlpitos se labraron las iniciales de los reyes y, en el testero, escudos reales.

Y en la Catedral de Granada, último enclave árabe (levantado el templo en 1504, año de la muerte de Isabel), instalaron los monarcas su Panteón Real, convertido en verdadero museo dinástico. Allí fueron donados la corona, el cetro y el cofre de la reina y la espada del rey Fernando, junto a objetos preciosos y manifestaciones de artes decorativas. También hubo en la Catedral una interesante biblioteca, que contuvo la Biblia y el Breviario de la reina ilustrados con símbolos reales. Se trata de uno de los más evidentes y tempranos ejemplos españoles de la unión de arte y poder.

Sandro Botticelli. Oración en el huerto, 1498-1500. Capilla Real de Granada
Sandro Botticelli. Oración en el huerto, 1498-1500. Capilla Real de Granada

En su rol coleccionista, se aprecia la etapa de transición entre la Edad Media y el Renacimiento. Un inventario datado en 1503 y hallado en el Alcázar de Segovia nombra a sus bienes con el calificativo (medieval) de Tesoro, que remite al concepto de guardarroba: los objetos que lo integran forman parte del universo del coleccionista y no se separan de su cotidianidad. En el Dormitorio Real segoviano se encontraba una gran colección de tapices, artes decorativas, muebles… y en el mencionado inventario se citaban muchos objetos religiosos, brocados, alfombras, tapices o artes suntuarias, incluyendo un frutero veneciano o un jarrón con asas de vidrio esmaltado. También objetos de cierto halo mágico que remiten al mundo medieval y a las Cámaras de las Maravillas, como azabaches, conchas, corales, relojes, cuernos de unicornio y objetos exóticos, muchos traídos de América: máscaras de oro, vasijas, tableros de ajedrez de jaspe y cristal o instrumentos musicales.

Bajo la influencia del Renacimiento clásico italiano, los reyes introducen la pintura en sus fondos, sobre todo la de carácter religioso, en gran medida donada a la Catedral de Granada. En ese ámbito, caracteriza a la Casa Real española el gusto por lo flamenco y, como decíamos, lo italiano; se hicieron con la Piedad de Van der Weyden, un Cristo atribuido a Perugino o la Oración en el huerto de Sandro Botticelli.

Isabel la Católica consideraba seguramente estas creaciones un objeto de devoción, más que de contemplación placentera. Las obras que los monarcas trajeron de Italia contribuyeron a la implantación del Renacimiento en España y los reyes fueron, además, mecenas de pintores, en el medievo considerados artesanos: los protegían y paulatinamente favorecieron su enriquecimiento y su ascenso social.

La reina Isabel impulsó especialmente a los flamencos, como Juan de Flandes y Michel Sittow; el primero llevó a cabo muchas obras para ella, como el Políptico de Isabel la Católica, formado por 47 tablas, hoy dispersas, dedicadas a las vidas de la Virgen y Jesús (1496-1504). Fue uno de sus últimos encargos.

Comenzó entonces a cobrar un valor importante, de nuevo por influencia italiana, el retrato dinástico en el que se destaca al individuo-personaje ilustre, que pasa así a la historia también por su rostro y porte.

Van der Weyden. Piedad. Capilla Real de Granada
Van der Weyden. Piedad (fragmento). Capilla Real de Granada
Juan de Flandes. Políptico de Isabel la Católica, 1496-1504. Palacio Real de Madrid
Juan de Flandes. Políptico de Isabel la Católica, 1496-1504. Palacio Real de Madrid

Decíamos que los Reyes Católicos contribuyeron a la introducción del Renacimiento en España; también lo hicieron los nobles, abiertos al arte italiano, la mitología y el mundo clásico. Hay que subrayar la labor del Cardenal Mendoza, consejero de los Reyes, político y gran coleccionista; por esa última faceta se le ha relacionado con Lorenzo el Magnífico y el duque de Berry, entre los primeros coleccionistas en un sentido moderno.

Sus intereses eran eclécticos, pero fue sobre todo un enamorado de Italia. Poseía una gran colección de camafeos de la Antigüedad y de estatuas clásicas, cerca de 2.700 monedas y más de 1.000 medallas, muchas con retratos de emperadores romanos, filósofos y personajes de la época, o representando asuntos mitológicos. Además, atesoró obras de artistas entonces punteros, una rica colección de relicarios y objetos litúrgicos que donó como muestra de prestigio y poder, por ejemplo a la Catedral de Sevilla.

Ejerció su mecenazgo también en la construcción de edificios, como el Hospital de Santa Cruz de Toledo, el Colegio de Santa Cruz de Valladolid o el Castillo de Manzanares, algunos ya con toques platerescos.

Por su parte, el Cardenal Cisneros fundador de la Universidad Complutense en Alcalá y confesor de la Reina Isabel, fue regente a la muerte de Fernando y gran humanista y coleccionista, también apasionado de Italia y protector de Juan de Borgoña o Pedro Gumiel. Igualmente realizó grandes donaciones, como una manga procesional a la Catedral de Toledo.

Contribuyó a traer a España el gusto renacentista por las artes, las ciencias, la erudición y la valoración del hombre; en aquella primera Complutense, creada a partir de una bula del Papa Alejandro VI, se impartieron, además de teología y derecho canónico, medicina o matemáticas.

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