El rebobinador

Correggio, conocedor de todas las noches

A comienzos del siglo XVI, Correggio fue un pintor extraordinariamente innovador, especialmente por su tratamiento de las luces y las sombras, hasta entonces inédito, que ejercería una influencia fundamental en autores posteriores. Su nombre original era Antonio Allegri, Correggio era su villa natal y es posible que se formara en Mantua, donde conocería la obra de Mantegna, o quizá en Módena, con Francesco de’ Bianchi Ferrari. Su primer trabajo documentado data de 1514-1515 (se trata de La Virgen de san Francisco, que pertenece a la la Gemäldegalerie de Dresde y reúne referencias del propio Mantegna y de Leonardo da Vinci).

Es posible, asimismo, que poco después, hacia 1518-1519, visitara Roma y lo que sí sabemos es que en 1519 se instaló en Parma, donde pasó la mayor parte de la década de los veinte, en la que llevó a cabo la decoración de la cúpula de San Giovanni Evangelista y la de la Catedral de esa misma ciudad. Hacia 1530 regresó a su localidad natal, donde permanecería hasta su muerte en 1534, y entre sus más significativas piezas finales podemos citar las sofisticadas Dánae y Leda.

Pero aquí vamos a hablar de dos noches, bien distintas. La noche (hacia 1530) es, para algunos expertos, la primera gran escena nocturna de la pintura europea: en ella, la luz crea un equilibrio entre el movimiento de la zona izquierda de la composición y la alegría serena de la parte derecha. El nacimiento de Cristo se convierte en esta tela en un milagro de luz, que hoy puede admirarse igualmente en la Gemäldegalerie de Dresde pero que se creó para componer un retablo en una capilla privada de la iglesia de San Prospero en Reggio Emilia.

Correggio. La noche, hacia 1530. Gemäldegalerie Alte Meister, Dresde
Correggio. La noche (fragmento), hacia 1530. Gemäldegalerie Alte Meister, Dresde

Según el Evangelio de san Lucas, la noche del nacimiento de Cristo una multitud de ángeles se apareció a los pastores que vigilaban sus rebaños y alabó al recién llegado; en este caso, los ángeles están en las nubes y aparecen bañados por la luz, generando una maraña compleja y aquí espléndidamente lograda. Uno de esos pastores, figura imponente, se encuentra ya en el establo contemplando el milagro nocturno con sus propios ojos, mientras su perro olfatea el pesebre.

Cristo yace en él, resplandeciendo con una luz intensa que también ilumina el rostro de la Virgen, muy joven, e incluso deslumbrando a una de las dos sirvientas; la otra parece compartir alegría con el pastor. Llega a reflejarse, la luz, en el pilar blanco que hay detrás de ellos; José, por cierto, apenas interviene en el conjunto: está ocupado con el asno al fondo (el halo luminoso, centro de la imagen, casi no lo alcanza).

Correggio. Júpiter e Io, hacia 1532. Kunthistorisches Museum, Viena
Correggio. Júpiter e Io, hacia 1532. Kunthistorisches Museum, Viena

Y si La noche es una de sus grandes obras religiosas, entre sus mejores imágenes mitológicas se encuentra Júpiter e Io. Los miembros de las élites sociales de la Italia renacentista solían encargar escenas sensuales con aquella temática y Correggio pintó una serie de cuatro lienzos dedicados a las aventuras eróticas de Júpiter, posiblemente para Federico Gonzaga, duque de Mantua. En cada uno de ellos, el dios supremo enamorado utiliza un disfraz distinto para seducir a su concreta elegida: un cisne junto a Leda, lluvia de oro con Dánae, un águila con Ganímedes y una nube con Io. Los cuatro trabajos son relativamente explícitos: el acto amoroso se acerca o ya ha empezado, aspecto que sitúa a estos lienzos entre los más osados de la primera mitad del siglo XVI, aunque no veamos en ninguno un hombre de carne y hueso.

Las dos últimas historias se narran en Las Metamorfosis de Ovidio y en la que cierra el grupo vamos a detenernos: Gonzaga se la regaló a Carlos V cuando visitó Mantua y hoy puede contemplarse en el Kunsthistorisches Museum de Viena. Rememoramos el relato: Júpiter se enamoró de Io, hija del dios fluvial Ínaco, la persiguió y la forzó disfrazado de nube (el momento que se muestra en la obra). Para engañar a su esposa Juno, convirtió después a Io en una vaquilla, sin embargo, Juno hizo vigilar el animal a Argos, que tenía cien ojos.

Júpiter ordenó entonces a Mercurio que asesinara a aquel, entendiendo su mujer las razones: los tormentos de Juno fueron tan aterradores que hicieron huir a Io. El desenlace no fue del todo trágico: ella recobró su forma original y dio a luz a un hijo, en teoría engendrado por el dios: Épafo fue su nombre.

El texto en que Ovidio narró el episodio captado por el pintor es el siguiente: Porque ahora la muchacha había huido; por los campos de Lerna y los bosques, del alto Lirceo corrió hasta que el dios tendió un velo de tinieblas que ocultó el mundo y detuvo su huida y la violó. Juno, mientras tanto, contemplaba la tierra de Argos y se maravillaba de que las nubes flotantes hubieran creado, a plena luz del día, la oscuridad de la noche.

Esta escena rara vez aparece en pinturas: no resulta fácil captar una nube lasciva manteniendo relaciones con una mujer. Correggio logra que Júpiter disfrazado ejecute dos actos: por un lado, acerca su boca a los labios de Io (un rostro humano es visible en el vapor); por otro, abraza su cuerpo, aparentemente arrobado, quizá por orden de quien encargó el cuadro. Si nos fijamos, dentro de la forma borrosa puede verse una mano de carne y hueso en la cintura de Io. No es extraño que muchos piensen que esta imagen se anticipa al siglo XVIII, durante el cual el ideal de belleza femenina de Correggio y la atmósfera sensual de esta imagen inspirarían a muchos.

A la derecha, por último, un ciervo bebe en el agua: su significado no está claro, pues el animal no es citado por Ovidio. Quizá se refiera al hecho de que el padre de Io era un dios fluvial.

 

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