El rebobinador

Compartir mesa enigmática con Isabel Baquedano

En 2019, el Museo de Bellas Artes de Bilbao y el Museo Universidad de Navarra presentaron, en coproducción, la que fue la primera retrospectiva dedicada a Isabel Baquedano, pintora que falleció en 2018 y fue artífice de una de las trayectorias más singulares en el ámbito de esa disciplina en España en la segunda mitad del siglo pasado. Años más tarde, en 2023, la galería Guillermo de Osma acercó su trabajo al público de Madrid: cuarenta obras, entre pinturas y dibujos, dedicadas a asuntos pop, camareros y malabaristas, bodegones y escenas religiosas, estas últimas de un cariz simbolista.

Nacida en 1929 en Mendavia (Navarra), Baquedano se formó en la Escuela de Artes y Oficios de Zaragoza y en la de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, y obtuvo en 1957 por oposición la plaza de profesora de Dibujo y Modelado en la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona, donde, hasta 1988, llevó a cabo una destacada, e influyente, labor docente. Su vida transcurrió entre la capital navarra y Madrid, y a principios de los sesenta alcanzó reconocimiento gracias a pinturas próximas a la figuración realista, en donde se atisba el peso de Antonio López. Sin dejar de lado el pop art entonces en boga, dotó a sus creaciones de un fuerte componente social. Más tarde, transitaría hacia aquellas composiciones de trasfondo simbólico, y sus primeros paisajes urbanos e imágenes de la realidad cotidiana o autobiográfica cederían relevancia a asuntos y paletas tomados del mundo clásico o de la historia sagrada, que daban cuenta de la religiosidad de la autora, cada vez más patente.

El conjunto de su carrera puede entenderse como una búsqueda constante de un arte verdadero, sobrio en lo material y conceptual; sus compañeros explicaron que borraba una y otra vez y que trabajaba cada día. Buena conocedora de la historia del arte, tuvo entre sus referentes a pintores quattrocentistas, como Piero della Francesca, pero también a contemporáneos como Hopper, al que le unió su interés por plasmar la soledad cotidiana. A la vez conocía bien el contexto español -el poscubismo, el informalismo, la nueva figuración, el expresionismo, el realismo social o el pop patrio- y los tamizaba desde su estilo personal y frecuentemente en pequeños formatos.

Isabel Baquedano. Autorretrato, hacia 1979. Museo de Bellas Artes de Bilbao
Isabel Baquedano. Autorretrato, hacia 1979. Museo de Bellas Artes de Bilbao
Isabel Baquedano. Figura tumbada en un sofá. Museo de Bellas Artes de Bilbao
Isabel Baquedano. Figura tumbada en un sofá. Museo de Bellas Artes de Bilbao

El conjunto de sus creaciones comparte una apariencia sencilla, depurada en cuanto a sus recursos estilísticos y expresivos, y una realización, especialmente desde los noventa, con enorme simplicidad técnica, nos encontremos ante esas escenas cotidianas, bodegones, asuntos tomados de la tradición clásica, temas del Antiguo y del Nuevo Testamento o imágenes del circo.

Casi siempre elaborado del natural, el bodegón fue un tema muy vigente en su producción temprana y a él regresaría regularmente para “descansar”, según explicaba, de la responsabilidad que para ella entrañaba la pintura.

De esas sesiones de trabajo desarrolladas “sin pensar” nacieron pequeñas obras (en tamaño), llenas de luz, que suponen un contrapunto a una de sus composiciones más misteriosas, Mesa (1979), que pertenece a la colección del Museo de Bellas Artes de Bilbao. Esta última fue realizada a partir de imágenes tomadas en el comedor del Hotel Internacional de Canfranc (Huesca): como a otros pintores, la fotografía ayudaba a Baquedano a idear el cuadro y a modificar lo que previamente había observado en el mundo real.

Isabel Baquedano. Mesa, 1979. Museo de Bellas Artes de Bilbao
Isabel Baquedano. Mesa, 1979. Museo de Bellas Artes de Bilbao

Esos años setenta fueron un periodo de plenitud vital para esta autora: su obra se sumerge entonces en un mundo íntimo que le conduce a pintar autorretratos, retratos familiares y de amigos cercanos, escenas domésticas e incluso tributos al oficio de la pintura en sí. En alguno de esos trabajos, como el retrato de Mayte Baquedano y su hija Mafi, propone un doble distanciamiento técnico al situar las figuras de espaldas, atendiendo a un fondo vedado al espectador.

En buena medida, entendía Baquedano que la misión del arte era mediar entre lo que podemos ver y lo que se manifiesta sin nombre más allá de lo que vemos, que ella buscaba llevar al lienzo mediante la buena forma o ejercitando sutiles “borraduras” de la misma representación.

Isabel Baquedano. Pareja, 1978
Isabel Baquedano. Pareja, 1978

En esta misma década de los setenta viajó a Grecia e Italia y, cómo no, la belleza de sus templos y paisajes (Corinto, Paestum o Cabo Sunión) también llegó a sus telas, al igual que las sensaciones experimentadas, plasmadas con evocaciones del romanticismo alemán: Baquedano se autorretrata en medio del paisaje de ruinas clásicas. Años más tarde pintó las imágenes de un templo roto como alegoría de un tiempo incierto en lo que atañía a su vida personal y profesional.

Isabel Baquedano. Autorretrato con Rafael en cabo Sunión, 1980-1981. Museo de Bellas Artes de Bilbao
Isabel Baquedano. Autorretrato con Rafael en cabo Sunion, 1980-1981. Museo de Bellas Artes de Bilbao
Isabel Baquedano. Mujer dibujando, hacia 1980. Museo de Bellas Artes de Bilbao
Isabel Baquedano. Mujer dibujando, hacia 1980. Museo de Bellas Artes de Bilbao

A partir de los noventa afrontaría nuevos temas e inquietudes artísticas trabajando, como siempre, con economía compositiva. Por una parte, apreciamos en su obra geometría y colores planos y muy vivos, así como contornos muy marcados; otras veces, el dibujo se hace más inestable o se desarrolla de forma independiente respecto al color.

Será desde mediados de los noventa cuando los temas procedentes del Antiguo y el Nuevo Testamento se incorporen a su pintura. Recreó anunciaciones, expulsiones del Paraíso, huidas a Egipto, sacrificios de Isaac… en lo que seguramente no fue sólo para ella una elección temática, sino el deseo de recuperar el asidero imaginario y simbólico de la historia sagrada -en sus palabras, la “historia más verdadera”- con el sentido espiritual que implicaba.

La producción última de Isabel Baquedano parte de acontecimientos vitales relevantes que la artista lleva a sus composiciones guiada, seguramente, por esa espiritualidad, o bien se vale del color para abordar escenas sagradas como si se tratase de hechos del presente. La pincelada se hace más vigorosa que nunca en su trayectoria.

Isabel Baquedano. Anunciación, 1995. Colección particular
Isabel Baquedano. Anunciación, 1995. Colección particular

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