Su fachada, inacabada, engaña como tantas veces, pero la iglesia de San Lorenzo, en origen una de las más antiguas de Florencia, guarda en su interior innovaciones arquitectónicas fundamentales y obras de Donatello, Bronzino y Miguel Ángel.
Aquí se erigió un templo en honor a san Ambrosio en el siglo IV, que se renovó como iglesia románica y, hacia 1418, su prior Matteo Dolfini decidió su reconstrucción; los trabajos comenzaron en 1419 y se iniciaron desde la cabecera antigua.
Pronto, en 1421, Averardo de Medici sugirió a Dolfini que incorporara a Brunelleschi a las obras y, en 1422, otro miembro de la familia más poderosa de la ciudad, Giovanni, quiso construir allí una capilla para él y sus allegados más cercanos: la sacristía vieja, obra del artífice de la cúpula del Duomo, fue en su origen esta capilla gentilicia. Cabe pensar que, al principio, Brunelleschi se dedicó a aconsejar y, más tarde, dirigió la empresa. Aquí se empleo entre 1422 y 1428; no llegó a ver el conjunto terminado.
Esta capilla, en el área superior izquierda de la planta del templo, cuenta en sí misma con una planta cuadrada y se cubre con una cúpula. Repite el modelo de la capilla Barbadoni, que el mismo Filippo Brunelleschi efectuó en Santa Felicita: se trata de un cuadrado partido en dos, prolongado con medio cuadrado en la cabecera; a su vez, esta cabecera se divide en tres cuadrados, abriéndose el del centro con una cúpula. Éste es el lugar del altar y el resto -pequeñas capillas- se emplearon como sacristías de la propia capilla de los Médicis.
Cuando toda esta área se convirtió en sacristía de San Lorenzo, esas otras reducidas sacristías perdieron su función. El planteamiento primero de Brunelleschi era más sencillo que el que actualmente se puede apreciar: la decoración pictórica de pechinas y lunetas, las puertas de bronce y las parejas de santos en estuco, a cargo de Donatello, no las previó aquel, y es plausible que no le agradaran, en su afán de lograr un espacio desnudo y arquitectónicamente perfecto.
Las pilastras cuentan con capiteles más o menos corintios y no sobresalen en el muro, sino que se doblan hacia dentro, en una solución, ahora sí, distinta a la de la capilla Barbadoni; el entablamento es clásico y todo a ello atiende a una enorme proporción. Los arcos de medio punto destacan por su altura, y la cúpula no queda sobre ellos, sino sobre las citadas lunetas. Hemos de atender, además, a los materiales: la pietra serena, una arenisca gris de grano fino originaria de la Toscana, y a la cúpula grande, que culmina al exterior en un tholos, una estructura cilíndrica a modo de templete, con un coronamiento bulboso en espiral (sí es común, en este caso, a las soluciones de Barbadoni).
Ese remate procede de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, que podemos suponer que Brunelleschi conocía a través de descripciones: optaría por él porque esta capilla iba a ser, también, enterramiento de una familia; además, estéticamente era agradecido, y aunque el arquitecto no era amante de las decoraciones, a veces sí concedía estos detalles a la ornamentación.

Antes de San Lorenzo, no había tenido Brunelleschi la oportunidad de ejecutar una iglesia tan grande (después llevará a cabo la del Espíritu Santo, con la que es posible apreciar concomitancias y diferencias). No tuvo todo el espacio disponible, como hubiese querido, por la presencia de la iglesia anterior y de esta capilla que se convertiría en sacristía vieja; podemos deducir que no hizo aquí todo lo que deseó, pero sí lo suficiente para adelantar lo poderoso de su arte.
En principio, las obras de San Lorenzo las costeó la Iglesia, pero desde 1442 se encargó Cosme de Médicis; a partir de ese momento, ésta se convirtió en la iglesia de esta estirpe (a dos pasos del Palacio Médici Riccardi). Bucearemos en su estructura: Brunelleschi tomó como modelo el cuadrado del crucero y lo repitió cuatro veces en la nave central; lo empleó también en las laterales: la mitad del módulo coincide con dos tramos de esas naves. De este modo, parte en dos cada tramo de una nave lateral y cada capilla es un octavo del módulo. Equivale un módulo, resumiendo, a ocho capillas de una nave lateral y a cuatro tramos de esa misma nave.
Es patente la búsqueda de simetría y equilibrio; las proporciones, cuidadosamente respetadas, aportan a este edificio un sentido limitado y finito, por más que el módulo no se aplique de forma tan perfecta en la cabecera y el crucero (sí lo lograría, esa aplicación completa, en la mencionada iglesia del Espíritu Santo).
La nave central es más elevada en altura que las laterales y éstas que las capillas que las completan; hablamos, por tanto, de un templo escalonado según una proporción que no se corresponde con la de la planta. La correlación entre los arcos que separan la nave central de las laterales y los que dan entrada a las capillas es de cinco a tres.
En cuanto al alzado de la arquería interior, se compone de arcos, columnas sin estrías y una porción de entablamento (llamado a veces brunelleschiano) que se dispone sobre los capiteles y recibe los arcos. Pudo haber elevado el fuste de la columna, pero entonces tendría que haber aumentado su diámetro, y cilindros de ese tamaño romperían el equilibrio global. Un segundo cuerpo de ventanas incrementa la altura sobre las naves laterales.
El cubrimiento de la nave central hoy es una armadura de madera; se trata de una reconstrucción, pero en su origen la cubierta fue plana también, no abovedada. Es muy probable que Brunelleschi lo proyectase así desde el principio: esa planitud es coherente con su concepción del templo y con el periodo en que se lleva a cabo.
Opone aquí la planta longitudinal correspondiente a los edificios de culto diario, ordinario (como lo fueron las basílicas paleocristianas, con esa articulación) y la planta central, característica de las edificaciones de culto especial (la capilla de los Médicis).


Creó el florentino un templo para Dios, pero desde una perspectiva humana: es limitado, está determinado; no se puede reducir a mera copia de lo clásico (las basílicas no estaban proporcionadas modularmente, ni aportaban ese sentido de finitud) y es secundario que se valga de elementos grecorromanos como columnas, capiteles y entablamento.
Resulta vital la compartimentación en ángulo recto, en planta y en alzado, pero además el templo se divide y subdivide luminosamente: el área más iluminada es la nave central, gracias a sus ventanas; la luminosidad de las laterales depende de sus óculos también; y la de las capillas, sin ningún tipo de vano, es completamente prestada. La luz está, de ese modo, igualmente compartimentada y dividida.
La fachada quedó desnuda, tal como hoy la vemos, y no se llegó a revestir. A comienzos del siglo XVI, el papa León X, de la familia Médicis, convocó un concurso de proyectos para cubrirla y sabemos con seguridad que concurrieron Miguel Ángel y Giuliano da Sangallo. Ninguna de sus propuestas se llevó a cabo, pero sí merece la pena que, desde el exterior, nos detengamos a identificar las diferencias de altura, los juegos de volúmenes. Y una impresionante vista de esa también brunelleschiana cúpula del Duomo, un milagro que mereció música.


BIBLIOGRAFÍA
Ludwig H. Heydenreich. Eclosión del Renacimiento en Italia, 1400-1600. Aguilar, 1972

