Destinada, desde 2009, a albergar obras de sus colecciones decimonónicas que habitualmente no pueden exponerse por razones de espacio, la sala 60 del Museo del Prado viene acogiendo, desde este mismo año, exhibiciones de pequeño formato dentro de su programa Almacén abierto, ideado para presentarnos el acervo fotográfico del centro, compuesto por cerca de 10.000 imágenes.
Después de “El Prado multiplicado”, ofrece la muestra “El universo del artista ante la cámara”, de nuevo comisariada por Beatriz Sánchez Torija. Cuenta con una treintena de trabajos, fechados entre 1850 y 1940, en los que se retrata a creadores coetáneos bien a través de sus estudios, bien a través del reflejo de su proceso creativo o del manejo de sus piezas, o bien mediante sus propios retratos en esos talleres, solos o acompañados.
Consolidados en el siglo XXI, los fondos fotográficos del Prado se han constituido en buena medida a través de donaciones (de su Fundación de Amigos, de descendientes de los artistas o de los fotógrafos), de ahí que permitan explorar la relación de los pintores y escultores con la fotografía, y viceversa, dado que en los inicios de esta disciplina era habitual que los fotógrafos contasen con formación en Bellas Artes, por más que enfocaran su labor hacia la precisión y el realismo.
Muy poco en estas composiciones queda al azar, en cuanto que habían de transmitir identidades y status: poses, atributos e instrumentos fueron cuidadosamente meditados, asociándose siempre al oficio de los protagonistas; es así también cuando desconocemos la autoría e incluso en las de carácter amateur.
Y no conviene perder de vista los escenarios: los estudios fotográficos proliferaron en esos primeros tiempos de la foto; solían establecerse en las partes altas de los edificios y contar con amplios ventanales, incluso con tejados de cristal, para permitir el trabajo con luz natural. Acudir a ellos tenía entonces mucho de acontecimiento social, de ahí que creciera la competencia entre unos y otros y, finalmente, se abarataran sus precios.

Destaca en la sala 60 el retrato grupal, en el estudio de Alonso Martínez y su hermano en el Pasaje de Murga de Madrid (en la calle Montera), de artistas que en ese momento se formaban en la Real Academia de San Fernando y de sus maestros, como Carlos de Haes, Luis de Madrazo, Juan Antonio Rivera… El emplazamiento es fácilmente distinguible, justamente por sus cristaleras a dos aguas.
Data de 1857 – 1858, algo antes que la estampa de los artistas españoles que en 1861 se encontraban en Roma y que quisieron retratarse, en el estudio de Altobelli y Molins, coincidiendo con la visita a la capital italiana del escritor Pedro Antonio de Alarcón. Posan junto a la figura pintada de una alegoría de la fotografía y entre ellos distinguimos a un capellán y un fotógrafo: Pompeu Molins, allí conocido como Pompeo y miembro de la sociedad que llevaba el taller, junto a Gioacchino Altobelli.

Estas escenas, necesariamente, cuentan con un formato mayor que el de los retratos individuales; entre estos últimos se consolidaron tipologías peculiares como la carte de visite, la tarjeta promenade o la tarjeta de París (más tarde llegarán procedimientos como el ferrotipo, el platinotipo, el autocromo o las copias a la gelatina).
Veremos, igualmente, un retrato de la pintora María Luisa de la Riva con sus instrumentos de trabajo y otro de Fernanda Francés como dama elegante; una divertida escena de sus colegas Jaime Morera y Agustín Lhardy como cocineros -efectivamente, se trata del propietario del restaurante-; una imagen de Cecilio Pla que podemos considerar que antecede al fotomatón; y originales encuadres, casi pictóricos, de las esculturas de Miguel Blay, en algún caso en pleno traslado.


Hablando de talleres pictóricos, tenemos que referirnos al de Mariano Fortuny en Roma, de autor desconocido. Se trata de una vista panorámica, compuesta por la unión de dos fotografías, que no deja lugar a dudas sobre el universo cosmopolita y delicado del que este artista quiso rodearse.
Los estudios también podían ser lugares de docencia, como el de Cecilio Pla en Madrid, que acogió, como veremos en la exposición, en una imagen de Gonzalo del Campo, a alumnos y alumnas, al igual que el de Manuel González Santos en Sevilla, captado por Informaciones Fotográficas Dubois.
Como el XIX fue el siglo del nacimiento de la pintura au plein air, no faltarán imágenes tomadas en el Patio de las Doncellas del Alcázar sevillano (Emilio Beauchy) o el Cuarto Dorado de la Alhambra (Charles Mauzaisse).
Viene a probar esta muestra que, pese a las clásicas reticencias ante toda novedad, para no pocos artistas y escultores la fotografía también fue compañera y aliada.


“El universo del artista ante la cámara”
Paseo del Prado, s/n
Madrid
Del 13 de abril al 5 de julio de 2026
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