No sólo facilita el goce de los sentidos, sino que puede también satisfacer el intelecto. Sabemos que puede encontrarse en lugares inesperados, dentro y fuera del arte; que sus cánones han variado en el paso de los siglos; y que definirla supone entrar en terrenos resbaladizos. La belleza y su culto centran la nueva muestra del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona. CCCB, una reformulación de un proyecto presentado, hace tres años, por Janice Li en la Wellcome Collection de Londres que, en la capital catalana, ha sido comisariado por Blanca Arias y Júlia Llull.
Hace hincapié el recorrido en que los ideales de belleza han existido en todas las culturas y etapas históricas y en que siempre han sido esencialmente restrictivos, generándose en torno a ellos -en los planteamientos de la exhibición- filas de fieles y de ajenos desconcertados. En cualquier caso, encontrar una definición aceptable para este concepto ha sido desde la noche de los tiempos un propósito esencial de la filosofía, las artes han tratado de captarla y la ciencia de encontrar el modo de implantarla donde no existe; ha suscitado tanta atracción como rechazo, tanto dolor como placer, por eso el objetivo último de esta propuesta es que el espectador se acerque a ella de la forma más libre posible, quizá no oponiéndola de forma estricta a la fealdad.
Una primera sección se dedica precisamente a los ideales, mitos y jerarquías generados en torno a esta noción tan esquiva; tan fluida que hoy quizá se difumina entre lo digital y lo físico. Recuerda la exhibición que la construcción de esos cánones no responde sólo a cuestiones meramente estéticas, sino también a derivas sociales, políticas y religiosas que privilegian o restan importancia a unos criterios sobre otros. Hasta el siglo XIX resultaba más fácil que hoy saber quién escoge esas pautas de elección, quién acota o extiende las posibilidades.
Sin embargo, algunas (escasas) piezas han recibido casi siempre devoción. Las esculturas clásicas han sido reverenciadas por su proporción y armonía y continúan encarnando el concepto de perfección clásica desde el Renacimiento. Incluso hoy, cuando las herramientas tecnológicas nos permiten simular múltiples diversidades anatómicas, el funcionamiento del mercado favorece todavía ideales reconocibles que perpetúan normas de los griegos.

El CCCB deja espacio en sus salas a estéticas relegadas, recreadas por Norma Pérez, Lorenza Böttner o Carlos Motta, que vendrían a cuestionar la correspondencia entre belleza (física) y virtud moral, la consideración de los rasgos bellos como puertas de entrada a la trascendencia y la teórica deformación de cuanto escapa al gusto mayoritario; veremos igualmente pinturas de castas del siglo XVIII o piezas orientalistas en representación de la cosificación de la alteridad.
El segundo capítulo de esta exposición bucea en los caminos personales -también colectivos- para alcanzar la promesa de lo bello: la adquisición masiva de cosméticos; el empleo de tecnologías y materiales innovadores, desde las polvoreras del Antiguo Egipto a las sombras de ojos termográficas; los productos farmacéuticos y la cirugía, todos ellos patas de una industria consciente de que la gracia física implica capital cultural y beneficio económico. Evidentemente, este elenco de productos y posibilidades ofrece claras ventajas, pero también cierra puertas a quienes no pueden acceder a ellos y puede llegar a empobrecer nuestro entendimiento de lo hermoso; incluso nuestra autonomía.
Hacer uso de estos recursos nos permite expresarnos, pero también amoldarnos a un ideal creado y difundido globalmente, y de vía estrecha. Recuerda el CCCB el mito de Narciso, nuestro deseo eterno de contemplarnos (los espejos nacieron en el siglo XVI, sólo al alcance de las clases acomodadas y todavía deformantes) y el imperio actual del selfie como herramienta de autoexpresión y de vanidad. En el fondo, si hasta el 1500 carecimos de reflejo, el espejo se ha multiplicado hoy en forma de pantallas, filtros y cámaras que, además de devolvernos nuestra imagen, la interpretan, etiquetan y corrigen.


La subversión de la norma a través de la carne centra el tercer y último episodio de la exposición. Los cánones son estructuras, pero la materia no puede hacer, tarde o temprano, y a veces siempre, sino romperlos: pieles y cabellos no nacen uniformes porque gestos, formas y excesos lo impiden. A cada estándar le corresponde su superación y reemplazo y la piel no es superficie, sino vibración, nuestro órgano de contacto con el mundo.
Los trabajos aquí reunidos sugieren formas de entender el cuerpo como material artístico fundamental y casi primario, desde la posibilidad de modificarlo, de vincularlo a la tecnología o de asimilarlo como un espacio de vida, memoria y rebeldía. En este punto, la muestra da peso al pelo, aún simbólico en muchas comunidades, ligado al deseo, al reconocimiento o al control y también a aquello que tenemos por indomable, feo o inadecuado. Los peinados pueden expresar pertenencia, orgullo o solidaridad, sensualidad o insubordinación.
En determinados países, no ocultar el cabello equivale a desprenderse de un corsé. Creaciones de Ren Buchness, Marina Vargas y Arvida Byström sugieren un diálogo entre el ideal y su exceso, entre la forma y su disolución, y nos invitan a no rechazar la diferencia y a dar forma a un modelo particular, individual en lo posible, de belleza.


En “El culto a la belleza” saldrán a nuestro paso trabajos de artistas del pasado (Mariano Fortuny, William Hogarth, Josep Llimona, Josep Tapiró o Ramón Martí Alsina), pero sobre todo creaciones de autores vivos de muy distintas geografías y, en algunos casos, inéditos (los del colectivo Ayllú, Angélica Dass, la Fundación Ernesto Ventós, Baum & Leahy, Xcessive Aesthetics, Shirin Fathi y Narcissister).
Si la belleza es ante todo un misterio, esta exposición viene a reclamar que sus contornos también deberían serlo.


“El culto a la belleza”
CENTRE DE CULTURA CONTEMPORÀNIA DE BARCELONA. CCCB
C/ Montalegre, 5
Barcelona
Del 21 de mayo al 8 de noviembre de 2026
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