Quienes tengan alguna edad y buena memoria recordarán que, en 1992, el Museo Sorolla emparejó en una exposición al luminista valenciano y a Anders Zorn, seguramente el pintor sueco más internacional del siglo XIX. Ni uno ni otro pueden considerarse del todo impresionistas, para ambos resultó fundamental el manejo de la luz, la plasmación del agua y los efectos atmosféricos, y los dos conocieron el éxito internacional, pero jamás escaparon a sus orígenes ni lo quisieron.
La primera retrospectiva completa de Zorn en España puede visitarse ya en la Fundación Mapfre, ha sido organizada junto a Hamburger Kunsthalle y comisariada por Casilda Ybarra Satrústegui, y ofrece un recorrido a medio camino entre lo temático y lo cronológico: atiende a sus viajes y a sus regresos, a sus periplos internacionales y su continua mirada a su región natal de Dalecarlia, conocida por sus costumbres populares. También a su versatilidad: retratista talentoso de figuras de influencia -son soberbias sus obras dedicadas a Grover Cleveland y a su esposa Frances-, fue también un extraordinario pintor de paisajes, desnudos y de escenas cotidianas ligadas a la vida rural sueca.


Diestro en la talla de la madera y en el dibujo desde su infancia, Zorn ingresó en la Academia de Bellas Artes de Estocolmo con el propósito de formarse como escultor, pero durante sus estudios prefirió virar hacia la acuarela. Siendo muy joven viajó mucho, también a España hasta en nueve ocasiones: Velázquez fue uno de sus referentes, pero mantuvo contacto con el citado Sorolla y con Ramón Casas, a quienes regaló composiciones. Al primero, además, lo retrató.
A nuestro país se trasladó atraído, en un principio, por los tipismos románticos, y bajo ese prisma retrató a niños y mujeres; mientras que en Reino Unido, donde se relacionó con la colonia de artistas de St. Ives, se inició en el óleo, que favoreció en su obra la captación de los efectos lumínicos y cromáticos sin artificios, desde el deseo de verismo.


En 1888 se estableció en París, donde no tardó en alcanzar el éxito gracias a un estilo basado en una paleta contenida y en pinceladas vivas y diagonales. Allí permaneció ocho años y protagonizó una retrospectiva en la galería de Durand – Ruel, consolidándose como autor cosmopolita de la mano de sus retratos de actores o barítonos inmersos en sus entornos profesionales. Obtuvo el Grand Prix en la Exposición Internacional de 1900 y la Legión de Honor.
La capital francesa era entonces un laboratorio de la vida moderna y Zorn se dejó seducir por su bullicio, pero continuó recorriendo el mundo: acudió a Alemania, Rusia, Argelia, Latinoamérica y en siete ocasiones a Estados Unidos, donde retrató a algunas de sus personalidades importantes del cambio de siglo y entabló amistades duraderas. Sabía este artista moverse como pez en el agua en ambientes sociales, logró ventas elevadas y en su momento pudo encarnar el sueño americano de haber existido entonces la expresión; su matrimonio con Emma Lamm, de familia acomodada, y su amistad con Isabella Stewart Gardner, remaron también a favor. Pero su gran baza, a la hora de agradar a sus modelos, era la naturalidad: individualizaba a sus representados y los abordaba con una espontaneidad más acentuada que la del elegante Sargent o la del algo fatuo Boldini. Esa audacia, a la larga, no sería del todo bien interpretada.


Allí donde se encontrara, no dejó de regresar a menudo a su provincia natal, donde cultivaba dos de sus temas más queridos: paisajes y bañistas. Perteneció a una generación de artistas suecos que impulsó la reconsideración de las riquezas naturales de ese país y llevó a cabo bastantes, y poderosas, escenas de costumbres y tradiciones, además de representar tipos femeninos robustos, muy alejados de la idealización de la pintura académica (y próximos a los valores modernos de salud, fortaleza y armonía con la naturaleza). En algunos casos planteó escenas íntimas y familiares, llenas de ternura, con pinceladas nuevamente espontáneas.
A Mora, la localidad donde había nacido, regresó definitivamente en 1896: se estableció en una amplia casa en el bosque, diseñada por él mismo, donde reunió, como en su pintura, las tradiciones arquitectónicas de este lugar pero también las comodidades del mundo moderno. Comprometido con sus vecinos, organizó concursos de danza y música, creó un museo al aire libre y una escuela, coleccionó textiles y donó su producción al Estado sueco. Dalecarlia era para entonces emblema de los tipismos rurales en Suecia.
En sus últimos años de vida, su producción (óleos, esculturas y numerosísimos grabados, además de acuarelas) quedó en buena medida relegada por las vanguardias, como ocurrió con Raimundo de Madrazo, recién revisado en la fundación. Su redescubrimiento, hace unas décadas, nos reveló a un autor que, cuanto más lejos viajó, más profundamente permaneció arraigado a su tierra; un caballero campesino.



Anders Zorn. “Recorrer el mundo, recordar la tierra”
Paseo de Recoletos, 23
Madrid
Del 19 de febrero al 17 de mayo de 2026
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