El Museo Nacional del Prado ha anunciado esta mañana que la obra velazqueña Pablo de Valladolid (hacia 1635) será desde hoy restaurada, con el patrocinio de la Fundación Iberdrola España, y saldrá por tanto de su ubicación habitual en la sala 15 de la pinacoteca.
Se trata de uno de los retratos en los que Velázquez llevó más lejos su austeridad de recursos con el fin de subrayar la intensidad y la expresividad de la figura representada, uno de los seis bufones que inmortalizó el sevillano. Lo describió, en palabras que pasaron a la historia y tras su visita al Prado, el 1 de septiembre de 1865, el artista Édouard Manet: El fondo desaparece, es realmente aire lo que rodea a ese pobre hombre todo vestido de negro y tan vivo.
Antes de su restauración, se llevará a cabo el análisis técnico de la pieza, que facilitará el conocimiento de su proceso creativo y de su estado de conservación.
Está documentado que Pablo de Valladolid permaneció al servicio de la Corte entre 1632 y 1648, haciendo uso de sus dotes interpretativas y su carácter burlesco. Velázquez nos lo ofrece aquí como una figura aislada, firmemente asentada pero en un espacio indefinido, construido solamente mediante la sombra que proyecta su cuerpo. Las evidentes innovaciones de este trabajo se deben justamente a la simplificación del escenario, que no tenía precedentes en la pintura de entonces.
El fondo neutro concentra nuestra atención en el gesto del personaje, captado en una actitud que parece declamatoria. La pintura está elaborada con una mezcla de seguridad y soltura propias del estilo de madurez de Velázquez, y el análisis estilístico permite datarla entre 1632 y 1635, durante los primeros años del artista también en la Corte.

Esta composición ha tenido una influencia duradera. Francisco de Goya se inspiró en ella para su retrato de Francisco Cabarrús y, como hemos dicho, Manet, en 1865, calificó ésta como la mejor de todas las pinturas, en una suerte de epifanía que transformó el rumbo del arte moderno. Lo deslumbró, sobre todo, la ausencia de fondo en la obra de Velázquez, rodeado el personaje de un espacio indeterminado, sin línea de horizonte, muebles ni habitación definida. Sólo las sombras a los pies sugieren el suelo. Escribió el autor de Olimpia a Fantin-Latour: Es quizá el trozo de pintura más asombroso que se haya hecho jamás… El fondo desaparece; es aire lo que rodea al hombre, vestido todo de negro y lleno de vida.
Manet comenzó después a depurar su estilo, como apreciamos de manera clara en El pífano (1866), llevando sus esfuerzos más allá de la imitación del mundo visible.
Ha informado el Prado de que la incorporación al museo de nuevos equipos de investigación permitirá efectuar el análisis material mediante XRF scanning y el examen por reflectografía infrarroja multiespectral. El primero es una técnica no destructiva que permite identificar los elementos químicos en la superficie pictórica; la segunda estudia la respuesta de la pintura a distintas longitudes de onda, desde el visible hasta el infrarrojo (entre 400 y 2600 nm). Alcanza a revelar detalles inapreciables a simple vista, y a ellos esperamos.

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