La décima muestra que la Fundación “la Caixa” programa en colaboración con el British Museum, y que hoy ha comenzado en Madrid su periplo por otros centros CaixaForum, es “Soy Asurbanipal, rey del mundo, rey de Asiria”. Ofrece una triple oportunidad: la de profundizar en la historia última del Imperio asirio, que llegó a controlar desde Egipto hasta el oeste del actual Irán antes de ser atacado por una confederación de babilonios y medos a fines del siglo VII a.C.; la de contemplar magníficas obras de arte ligadas a la expresión de su realeza y del Estado en sí mismo, pertenecientes a los fondos del British, pero en muchos casos no expuestas habitualmente; y la de reflexionar sobre las relaciones pasadas y presentes del poder, la violencia y la cultura.
La figura de Asurbanipal, recordado por los relatos grecorromanos como Sardanápalo y con ese nombre representado por Delacroix, no resiste análisis maniqueos ni simples: su ejército fue una máquina de guerra entonces sin parangón, con la brutalidad que ello implicaba, mientras el rey al que servía se preocupó por aprender a leer y a escribir, por rodearse de las mejores mentes de su época, ser inmortalizado como monarca culto y por poner en pie en Nínive la primera biblioteca nacida con el propósito de compendiar el saber hasta entonces conocido. Orgulloso de su erudición, no la contempló sólo como un centro de conocimiento, sino como un medio para ejercer su gobierno: controlar ese saber fue, ya entonces, fuente de poder.
El British Museum ya planteó en 2018-2019 en Gran Bretaña una exposición con ese título -tomado de un texto del rey-, que se ha adaptado ahora para el público español y que nos traslada a un mundo antiguo moldeado por la violencia y la guerra, pero conectado a través de las ideas. Los algo más de 150 objetos reunidos crean el microcosmos de una cultura muy rica, en la que ciertos expertos interpretaban señales de los dioses mientras se enviaban cartas con sobre y sello y quehaceres y batallas se plasmaban en frisos con interesantísimos juegos de escala.
El recorrido de la exhibición comienza por el relieve esencial que nos presenta a Asurbanipal matando a un fiero león de su misma altura. Ese animal fue símbolo de su reinado, pero en esta escena, en la que parecen enfrentarse la brutalidad salvaje del león y el raciocinio humano, no hay sólo mito: los reyes asirios, anualmente, tenían que dar muerte ritual a un ejemplar en Nínive, la capital del imperio, para recalcar su función como monarcas que ordenan el mundo. Por eso, no será éste el único león mortalmente herido que saldrá a nuestro paso en CaixaForum. Además, el rey porta dos estiletes en su cinturón destinados a la escritura; se reivindicaba, así, como erudito.


Un segundo capítulo de la exposición se centra en Nínive, ciudad próxima a la actual Mosul (Irak) que Senaquerib, abuelo de Asurbanipal, transformó en núcleo de primer orden cuyo palacio debía asombrar a todos los pueblos; allí se encontraban los célebres toros alados que habían de proteger a sus ocupantes frente a las fuerzas sobrenaturales.
Desde allí gobernaría Asurbanipal la mayor parte de su reinado, hasta que levantó su propia residencia, decorada con paneles esculpidos y pintados en tonos vivos, destinados a ensalzar su poder. Podremos ver aquí estelas de Asurbanipal y de su hermano Shamash-shum-ukin, príncipe heredero de Babilonia, portando ambos un cesto de tierra, elemento ligado a la fabricación del primer ladrillo de un templo; en el caso de Asurbanipal, era el de Nabu, justamente dios de la escritura y la sabiduría. Efectivamente, alude al rito aún vigente de la primera piedra, que había surgido antes, en el mundo sumerio -en el que, en realidad, casi todo surgió-.
Veremos, igualmente, el relieve que alberga la, que se sepa, primera representación de Nínive con sus muros fortificados -de su citado palacio proceden la mayoría de las composiciones de este tipo en la muestra-. Este tipo de construcciones, siempre espléndidas en Asiria, contaban también con una dimensión religiosa y se erigieron con el fin de proporcionar cobijo ante esos peligros del mundo terreno y del sobrenatural.
Tres espíritus protectores se representan, precisamente, en otro impresionante mural en relieve que procede del palacio norte de la capital asiria, la residencia de Asurbanipal; se trata de un peludo, un gran león y un dios de la casa. A uno de ellos se le adjudicó un atributo erróneo y fue corregido, señal de un afán de rigor y perfección.


Los jardines de Nínive, además de una recreación del paraíso en la Tierra, se configuraron como un microcosmos del imperio asirio, reuniendo su riqueza vegetal. Allí se organizaban cacerías, como aquella anual del león.
Otro relieve del palacio norte representa, en ese idílico entorno, a un león caminando junto a dos músicos que tocan una lira y un arpa; se hacía referencia a la capacidad del rey para controlar y dirigir la naturaleza.

El corazón de la exhibición lo ocupa la sección centrada en la biblioteca de Nínive, la más completa hasta entonces concebida, con cerca de 10.000 textos grabados en arcilla con una cuidada escritura cuneiforme -la más antigua, nuevamente de origen sumerio-. Esas tablillas habían llegado de todo el imperio y cobijaban textos míticos, medico-mágicos o épicos, como la Epopeya de Gilgamesh, de la que contemplaremos una tablilla. Sabemos que fascinó a Asurbanipal, que probablemente pudo considerarse una encarnación del antiguo rey.
No conocemos exactamente dónde se ubicó esta biblioteca ni cómo se almacenaban las obras, pero sí que su existencia supuso ese primero intento de reunir en un solo lugar el conocimiento humano, aunque no se trate de la primera biblioteca en sí.
Un cuarto apartado ofrece el obligado capítulo militar: la expansión del imperio asirio desde el Mediterráneo oriental al Irán occidental requirió de agresivas campañas bélicas; también de una administración eficaz a cargo de funcionarios leales que fueron, asimismo, retratados y que pudieron valerse de un sistema postal avanzado y de una red extensa de caminos. Así, en paisajes antes yermos se cosechó, se construyeron ciudades de organización sofisticada y se produjeron artículos selectos y también nuevas tradiciones culturales.
En este capítulo destaca una tablilla con un correo real, como avanzamos con sobre y sello, y bellas estatuas votivas chipriotas.
El penúltimo episodio remite puramente a la guerra: aproximadamente una década después de su nombramiento, Shamash-shum-ukin se rebeló contra Asurbanipal (se desconoce si por decisión propia o dejándose llevar por el ardor guerrero de los babilonios, nunca favorables al dominio asirio). Estalló una sangrienta contienda civil que finalizó con el sitio de Babilonia y su destrucción completa en dos años; un relieve muestra al mismo Asurbanipal examinando el desastre.
Esta victoria, sin embargo, supondría el principio del fin del imperio asirio. Fallecido ya el futuro Sardanápalo, veinte años después de su muerte, Babilonia devolvió el golpe y arrasó Nínive y el resto de sus ciudades importantes. Otro de los relieves en CaixaForum presenta huellas del vandalismo de los nuevos vencedores sobre las manos de Asurbanipal controlando un carro.


Los últimos años del que fue poderosísimo rey son relativamente desconocidos; las fuentes no aportan datos. Sí saldrá aquí a nuestro paso el último rastro escrito del que tenemos noticia: un recuento de sus victorias militares dedicado a Ishtar, diosa mesopotámica de la guerra (y del amor y la fertilidad). El comisario, Sébastien Rey, ha elucubrado que quizá permaneció ese tiempo final recluido en su biblioteca, reflexionando sobre lo alcanzado.
Hablando de bibliotecas, de muchas corrientes, a fines del siglo XIX, formaron parte los textos de los arqueólogos a quienes debemos estos hallazgos en Irak, que a veces llegaron a ser best sellers. La sección última los homenajea.

“Soy Asurbanipal, rey del mundo, rey de Asiria”
Paseo del Prado, 36
Madrid
Del 9 de abril al 4 de octubre de 2026
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