Nació en Urbino como Raffaello di Giovanni Santi, en 1483, y no tardó en abandonar Las Marcas en busca de mecenas en Umbría y Toscana. Se consagró en la plaza fuerte de Florencia y, en la última década de su vida corta, se convirtió en el artista favorito del papado en Roma, donde fue aclamado como príncipe de los pintores. Muy hábil a la hora de dar a conocer sus muchas virtudes entre aquellos que podían reclamarlas, Rafael no trabajó solo, sino con equipos bien organizados de asistentes y colaboradores de los que surgiría toda una generación de artistas no menores. Para ellos, y para muchos posteriores, fue un modelo a seguir avanzado el siglo XVI.
El próximo 29 de marzo, el Metropolitan Museum de Nueva York abrirá al público la primera gran muestra que en Estados Unidos repasará la trayectoria meteórica de este maestro, contando con dibujos, pinturas, grabados y tapices que darán fe de la audacia creativa que demostró un autor que no alcanzó los cuarenta años en el contexto del vibrante Cinquecento italiano. También de lo que su obra tiene de literario: perteneció Rafael a una familia de poetas y pintores, se convirtió en amigo íntimo de figuras literarias y se aventuró a componer sonetos; no hay que olvidar que, en esta época, pintura y poesía se consideraban artes hermanas e intrínsecamente ligadas. La elegancia evidente de sus composiciones evoca para muchos el antiguo aforismo, muy debatido en su tiempo, de que la pintura es poesía muda, y la poesía es pintura ciega.
Contará esta exhibición, en la que el MET se ha empleado los últimos siete años, con préstamos rara vez reunidos, entre ellos el de la Madonna Alba, procedente de la National Gallery de Washington y emblema de armonía clásica, que podrá verse junto a sus bocetos preparatorios llegados de Lille; o el del Retrato de Baldassarre Castiglione del Louvre, quizá uno de los mejores del Alto Renacimiento. Sus pinturas -fue también arquitecto- conjugaron la ambición compositiva y el lirismo, la emoción y la profundidad intelectual: un grado de complejidad y belleza que rara vez se ha dado fuera de las cortes de ese momento.
Se desarrollará la exposición en orden cronológico, pero contará con secciones temáticas centradas en el desarrollo de sus ideas e imágenes e incidirá en los descubrimientos científicos recientes. Al enseñarnos dibujos junto a lienzos y obras en otros medios, demostrará, además, la prodigiosa versatilidad del de Urbino en sus procesos creativos.


Narrador virtuoso, alcanzó un grado elevadísimo de finura en la representación de la mujer, tanto en sus imágenes sacras como en las profanas, y en su visión de Venus y Vírgenes no es atrevido pensar que pudo recibir influencias de la corte humanista de su villa natal, nacida bajo el impulso de Federico III da Montefeltro, a quien su padre, Giovanni Santi, dedicó un poema siendo el pintor niño.
Había sido Santi quien no tardó en llevar a su hijo a aprender junto a Pietro Perugino, un artista al que probablemente conocía por proyectos locales. Las elegantes figuras de aquel, su impresionante dominio de la técnica y sus eficientes métodos para reproducir diseños dejaron una huella imborrable en el joven Rafael, estudioso y disciplinado. En Nueva York podrán contemplarse proyectos que ambos realizaron para cofradías, incluyendo la que se tiene por la primera pintura realizada íntegramente por nuestro autor, tras una reciente restauración.
A continuación, analizará la muestra el periodo comprendido entre 1500 y 1507, cuando el joven Rafael se esforzó por atraer mecenas pintando tanto retablos monumentales como obras de devoción de pequeño formato. Un ejemplo señalado es el gran retablo Colonna, para una congregación de monjas de Perugia. Se reúne aquí al completo por primera vez desde que fue desmembrado, hacia 1663.
Veremos, igualmente, dibujos a escala real para un retablo de la capilla de la familia Oddi, también en Perugia: revelan las prácticas de taller que Rafael había absorbido durante su formación y colaboración con Perugino. Se valía de tiza negra, pluma y tinta, y punta metálica sobre papel.


Es posible que Rafael se sintiera atraído por Florencia tras escuchar a otros pintores elogiar los dibujos a escala real (bocetos) de Leonardo y Miguel Ángel, que serían su competencia. Estudió las composiciones de ambos y fue en ese tiempo cuando en sus obras desarrolló un tratamiento del espacio, una monumentalidad escultórica y una fuerza expresiva sin igual, fruto, asimismo, de muchas horas de experimentación sobre papel y con arcilla o cera.
Pero también logró transmitir una ternura inocente muy difícil de replicar en sus telas de la Virgen con el Niño, manteniendo un dominio superior del realismo anatómico. Eran años propensos a la humanización de los temas religiosos: se favorecía el atractivo de delicadas Vírgenes con el Niño como figuras votivas.
No fue ajeno a la convención, alabada por poetas tanto dentro como fuera de su círculo, de presentar a María como una dama elegante y aristocrática con suaves rasgos faciales y cabello rubio, pero también se esforzó por alcanzar ideales cristianos arraigados. Infundió en sus representaciones humanidad y presencia psicológica a través de gestos y reacciones, y adquirió un dominio asombroso de la luz, el color, el espacio y la geometría. Comunican sus retratos una profunda empatía y reflejan años de práctica en el dibujo para lograr una contemplación íntima y atenta del retratado.
La elegancia de las poses de sus modelos sugiere, asimismo, el propósito de plasmar los modales refinados de las cortes del Renacimiento italiano y los ideales de belleza celebrados por los poetas. Rafael fue amigo íntimo del citado Baldassarre Castiglione, cuyo manual sobre el comportamiento elegante en la corte promovía un modelo de conducta y gracia que valoraba la sprezzatura, una estudiada despreocupación o indiferencia.



Ya en 1508 llegó a Roma, donde se convertiría en el artista de corte favorito de los papas Julio II y León X. Superando a una generación anterior de pintores que trabajaban en el Vaticano, se hizo cargo de la decoración al fresco de la más importante de sus salas, la Signatura.
La exposición reunirá sus estudios para La Escuela de Atenas, con su reunión de filósofos, y para la Disputa, que representa la teología católica; estas obras muestran a un artista en pleno dominio del potencial expresivo de las técnicas del dibujo. También ensayos para sus monumentales trabajos en la Sala del Eliodoro o la de Constantino y elocuentes obras finales, cuyos claroscuros remiten a Leonardo y cuyas miradas, poses y gestos, cargados de expresividad, parecen comunicar una sensación de drama inminente.
Rafael y su taller completaron un número asombroso de proyectos de gran escala en sus últimos seis años. Esa ayuda ejecutiva permitió al artista concentrar su energía creativa en inventar nuevos diseños y explorar formas alternativas. Rara vez interrumpía sus proyectos para los papas para atender otros encargos, pero hizo una excepción con Agostino Chigi, en obras donde desplegó poses contorsionadas y poderosas musculaturas, para muchos precursoras del manierismo.
En 1517, Rafael compró el Palacio Caprini, representado en dos obras aquí. Allí vivió sus últimos años en Roma, siendo casi su rey.


“Raphael: Sublime Poetry”
1000 Fifth Avenue
Nueva York
Del 29 de marzo al 28 de junio de 2026
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