Pontormo, Picasso y la intimidad del dibujante

Las nuevas exposiciones de la Fundación MAPFRE

Pontormo. Dibujos/Picasso. En el taller

FUNDACIÓN MAPFRE – Sala Recoletos

Paseo de Recoletos 23

Madrid

Artista: Picasso, Pablo Ruiz
Artista: Pontormo (Jacopo Caruzzi)
Madrid,

Ambos fueron extraordinarios dibujantes y nada más tienen en común: Pontormo no puede considerarse antecedente, ni tiene por qué serlo, de lo contemporáneo, pero la presentación de sus dibujos en Madrid junto a pinturas picassianas relativas a los temas del taller y del artista y la modelo contribuyen a que percibamos el buen efecto del paso del tiempo sobre la obra del italiano, que desde marzo será objeto de una completa muestra en el Palazzo Strozzi.

Sesenta dibujos de Pontormo, procedentes en su mayoría de los Uffizi, pueden verse hasta mayo en la Fundación MAPFRE acompañados, a modo de contraste, de otros nueve trabajos en papel de grandes figuras como Durero, Poussin o Tiépolo y del Diario que el artista manierista actualizó en sus últimos dieciséis años de vida, que se presenta por primera vez fuera de Italia e incorpora pequeños bocetos reveladores de la compleja personalidad del pintor, quien pudo padecer, según algunas interpretaciones, quizás autismo, quizás nostalgia.

De él se conserva un amplísimo conjunto de dibujos ejecutados fundamentalmente con lápices negro y rojo y tiza blanca, aunque también experimentó con la pluma, la aguada y el bistre y, en sus trabajos más acabados, con la sanguina.

Pocos datos se conocen sobre su trayectoria, salvo que posiblemente aprendiese de Leonardo a apreciar el dibujo como ejercicio de creación libre y privada, que se dejó influir por las estampas de Durero en sus estudios preparativos para la Crucifixión y que su gran maestro fue, sin embargo, Andrea del Sarto, con quien compartió destacados encargos públicos. Ya en su última etapa, sus obras recuerdan la monumental espiritualidad de Miguel Ángel.

Los dibujos presentes en la Fundación MAPFRE recorren cada una de las fases de su evolución y ponen en evidencia el manierismo extremo que alcanzó en sus últimos años, patente en las distorsiones y la forma serpentinata de sus estudios para el Diluvio y la Resurrección, obras que también nos hablan de su angustia personal y de su misticismo.

 

A sólo una planta, nos espera también en MAPFRE el Picasso más íntimo, el volcado en su taller, que concibió como un tema pictórico más y como su “paisaje interior”, una suerte de recinto sagrado. Treinta prestadores han cedido piezas para esta exhibición, que incluye obras inéditas en España y se articula en dos grandes secciones: la primera, centrada en su conversión del estudio en espacio de experimentación y eje de su creación artística, ya desde la década de los veinte. Los bodegones se ofrecen al exterior, a modo de nexo de unión entre taller y paisaje. Este último se hace presente a través de una ventana y destaca por su clara luz mediterránea, que contrasta con sus anteriores naturalezas muertas.

La segunda sección también nos habla de la visión picassiana del taller como espacio de reflexión sobre la pintura y sus esencias pero a través del motivo del artista y la modelo. Trabajó este tema en series y tras minuciosos estudios previos, lo que nos habla de su proceso de creación persistente y también transgresor: sus modelos son más que eso, se convierten en arquetipos que inundan toda su producción pictórica y se hacen presentes también en las naturalezas muertas.

Ocasionalmente se autorretrató como pintor; otras veces no: le interesaba hacer referencia a la identidad y presencia de la figura del pintor en estos trabajos, no tanto plasmarse a sí mismo.

El broche final a “Picasso. En el taller”, muestra de la que forman parte diversas fotografías de Douglas Duncan sobre la intimidad del artista, lo encontramos en un autorretrato y un retrato de Jacqueline Roque, apenas conocidos y de enorme fuerza expresiva.

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