Los Jawlensky o cómo hacer del color palabras

El Museo Ruso de Málaga exhibe la obra de padre e hijo

Málaga,

Las obras de Alexéi Jawlensky forman parte de las colecciones de algunos de los principales museos del mundo, sin embargo para el gran público es una figura casi desconocida, a la sombra del arte de su amigo Kandinsky.

También compartió amistad con Gabriele Münter o Paul Klee y con algunos creadores fundamentales de las primeras décadas del siglo pasado, ya que abandonó pronto su Rusia natal para trasladarse a Alemania. Corría entonces 1896, él tenía 32 años y una vez allí no dejó de formarse: en la escuela de Anton Ažbe junto con sus amigos, también artistas, Ígor Grabar, Dimitri Kardovski y Marianne von Werefkin.

Formaron un grupo de debate cultural sólido que solo se diluiría tras la revolución de 1917, a la que este año un buen número de museos internacionales han dedicado muestras con motivo de su centenario.

En su obra, Alexéi Jawlensky se inspiraba en la realidad visible (la naturaleza, los rostros humanos y la psicología que comunicaban), pero no se limitó a representarla tal cual: por su uso emocional del color, sus trabajos parecían espejismos pictóricos; es inútil buscar en ellos cualquier ápice de naturalismo. Ya en el último periodo de su vida, bajo la influencia de la pintura de iconos y del arte bizantino, desarrollaría un ciclo de obras inspiradas en el arte religioso.

Aunque es muy posible que, para él, cualquier arte lo fuera: tras truncar su futuro militar después de quedar sacudido por las creaciones que vio en la Exposición Mundial de Moscú en 1880 -era la primera vez que veía arte en directo- se convirtió en visitante asiduo de la Galería Tretyakov. Y la contemplación de las obras de esta sala moscovita parece que fue para Jawlensky padre una experiencia espiritual: Llegaba a primera hora de la mañana y me quedaba allí hasta que cerraban, sin comer. Era como ir a la iglesia. De hecho, allí me sentía como si estuviera en un templo.

Hay cierto misticismo en el conjunto de la obra de Alexéi, conjugado con formas sencillas, lo suficiente para cobijar su cromatismo tan vivo. Entre sus series fundamentales destacan  Cabezas místicas y Cabezas abstractas, en las que dialogó tanto con el fauvismo y el expresionismo que conoció en Alemania como con el arte ruso tradicional que nunca olvidó.

A partir de 1929 padeció una dolorosa artritis que tendría inevitablemente incidencia en su obra: comenzó a trabajar en formatos más pequeños, pero sus pinturas de este periodo (hasta su muerte en 1941) ganaron en espiritualidad y en expresividad del color.

La obra de Alexéi Jawlensky se expone en el edificio de la antigua Tabacalera malagueña junto a la de algunos pintores rusos que le fueron contemporáneos y a la producción de su hijo Andreas, todo un descubrimiento. De niño sorprendió su talento pictórico, pero no lo tuvo fácil: en sus inicios, el reconocimiento de su padre creció en orden inversamente proporcional al olvido de su trabajo.

© Andreas Jawlensky, VEGAP, Málaga, 2017
© Andreas Jawlensky, VEGAP, Málaga, 2017

No obstante, sí que empezó a mostrar pronto su producción, quizá muy intencionadamente lejana a la de su padre y con menor tamiz religioso: le interesaba fundamentalmente lo material, la naturaleza, la gente y la vida. La atmósfera de sus obras es la de una primavera: con su sol, su aire y su vivacidad. Los paisajes y la población rusa fueron su fuente de inspiración, y Van Gogh su referente, sobre todo en los comienzos.

 

“Alexéi y Andreas Jawlesnky: la aventura del color”
COLECCIÓN DEL MUSEO RUSO DE SAN PETERSBURGO. MÁLAGA
Avenida Sor Teresa Prat, nº 15
Edificio de Tabacalera
Málaga
Del 10 de agosto de 2017 al 4 de febrero de 2018

 

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