NUESTROS LIBROS: Cuentos de amor

21/02/2010

Tanizaki. Cuentos de amorSi el teatro o la farsa siempre se representaran de la misma manera, dejarían de ser interesantes.

Si fuisteis estudiantes de Historia del Arte, puede que conocieseis a Junichiro Tanizaki como autor de Elogio de la sombra, un ensayo sobre el tradicional gusto oriental por lo velado y sobre el occidental por la luz que se ha convertido en manifiesto, breve y delicado, de la estética japonesa; un libro de culto en el que reflexionar sobre nuestras psicologías a partir de la arquitectura e incluso de recetas de cocina.

Esa es su obra más emblemática, pero Tanizaki también es autor de novelas y relatos muy poderosos en su contenido y sutiles en las formas, a medio camino, como su propia vida y su país en el siglo XX, entre tradiciones y modernidades, entre el atrevimiento y el respeto a las formas. Si tuviéramos que utilizar solo una palabra para definir su prosa esa sería, quizá, refinamiento, pero si algo supo hacer Tanizaki es conjugar elegancia y (lo que entonces podía interpretarse como) escándalo como si ambas nociones fueran compañeras naturales y lo realmente osado fuera separarlas.

Hay que tener en cuenta que nació Tanizaki en el contexto de una familia acomodada en 1886, que debutó en 1910 y que falleció en 1965 (es difícil pensar que sus textos pudieran escribirse hoy con su sentido estético, pero a su vez nos resultan extraordinariamente modernos); un terremoto destruyó su casa siendo niño, y el miedo que le causó lo acompañaría ya siempre (los traumas que perduran tampoco son nada extraños en sus relatos) y parece que mantuvo una juventud disoluta: con solo catorce años, fue expulsado de una casa donde ofrecía clases particulares por su unión con una mujer allí empleada. La humillación que entonces sintió es un rasgo extraordinariamente presente en muchos personajes de su producción, sobre todo en los de los cuentos de los que hoy os hablamos.

Cuentos de amor, editado en 2016 por Alfaguara, reúne once textos dedicados a otras tantas formas de amor y de erotismo y cautivadores tanto por lo que cuentan como por la maestría narrativa de Tanizaki, entre una ironía siempre fina y una sabiduría inusitada sobre lo oscuro, sobre la complejidad de todas las psicologías: en unos y otros relatos la protagonista es siempre la mente y cualquier práctica, corporal o no, queda reducida a anécdota frente a los universos interiores de sus personajes, que se nos desvelan como un misterio espacial.

Los cuentos presentes en este volumen (de título, quizá, poco sugerente e injusto hacia su contenido) han sido elegidos por Carlos Rubio, muy sabiamente; se fechan entre 1910 y 1936 y hay que subrayar la oportunidad de su publicación, dado que la última recopilación de relatos de Tanizaki databa de 1968, a cargo entonces de Seix Barral: se trataba de Cuentos crueles. No coinciden, en su mayoría, los recogidos en una y otra, así que seréis afortunados si podéis haceros con las dos.

Existe crueldad aquí, sí, pero sobre todo, como decíamos, juegos mentales y deseos subversivos materializados en los que no siempre entra en juego el cuerpo. Gana el inconsciente, la demencia y la narración de la intimidad pocas veces expresada. Confieso que no puedo evitar sentir una enorme exaltación al ver unos pies femeninos hermosos y experimentar una especie de veneración mística, como si fueran los de una divinidad, leemos en el clásico Los pies de Fumiko, una de las muchas incursiones de Tanizaki en ese fetichismo. Pocos protagonistas de estos relatos se sienten cautivados por las bellezas armónicas o la placidez sentimental; encuentran el goce en el dolor físico o interior, en la búsqueda de la madre perdida en sus relaciones, en la complicidad con una gata, en mechones de cabellos como hebras de seda.

Señala Rubio en el prólogo de Cuentos de amor la influencia en las visiones del sentimiento amoroso y del erotismo de Tanizaki de Psychopathia sexualis, un texto de 1886 en el que Richard von Krafft-Ebing describía, por primera vez, un catálogo de perversiones sexuales. Probablemente fuese así y tomara fuentes occidentales a la hora de escribir, por más que estos asuntos tengan también raíces hondas en la literatura nipona.

Destaca Tatuaje, su primer relato importante que escribió cuando solo tenía 24 años, sobre relaciones amorosas nacidas del dolor de las agujas; la hipnótica El segador de cañas, sobre la unión de altruismo y crueldad en el amor, en realidad sobre su misterio; El secreto, en torno a la fascinación por la ropa femenina o El caso del baño Yanagi, que era inédito en nuestro idioma y conmueve por su suspense: es quizá el más impactantemente sádico de los cuentos.

El caso Crippen a la japonesa aúna, por su parte, el masoquismo y una historia detectivesca y El fulgor de un trapo viejo evoca el desgarro de los abandonos.

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