Religiones varias: por qué algunos siempre leeremos en papel

11/10/2018

Feria del Libro 2016Si soléis fijaros en las entrevistas de preguntas fijas a intelectuales diversos en los suplementos culturales, seguramente os habréis dado cuenta de que, ante la cuestión de sus hábitos de lectura, la mayoría dice leer (siempre que puede) y en papel. Son pocos los que utilizan libro electrónico – o los que dicen usarlo, no tienen por qué negarlo – y los que lo hacen dicen emplearlo, por comodidad, en viajes y traslados, no en lecturas a priori más sosegadas, de sillón. La relación parece fácil: papel como hábito y pantalla como excepción, y más allá de eso, papel para el momento tranquilo, íntimo, quizá solitario, y pantalla para los tiempos de otra forma muertos, los tránsitos, en los que nos rodea gente y otras posibles distracciones.

¿Existen razones para esas asociaciones, más allá de la puramente práctica de utilizar pantallas cuando no queremos llevar mucho peso? Hace ya tiempo os hablábamos en esta sección de un ensayo de Nicholas Carr, tan alabado como vilipendiado (como todos los que apuntan a las posibles consecuencias negativas del enganche a lo digital), en el que se hablaba de los efectos de Internet, y del uso de pantallas en general, sobre nuestras mentes, sobre la actividad neuronal. Se titulaba, sin paños calientes, “Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes”, y, aunque los propósitos del autor fueran otros, algunas de sus conclusiones, apoyadas en estudios de Universidades varias, sí pueden ayudarnos a entender las causas de que muchos de quienes poseen eBooks los usen en unos contextos y no en otros y los porqués de que algunos no se planteen -no nos planteemos, esta vez nos mojamos- hacernos con uno.

Sin extendernos mucho – podéis leer más de este libro aquí– podemos resumir esas conclusiones en que el medio por el que accedemos a una información no es menos relevante, ni hace menos mella en nosotros, que el contenido mismo de esa información y en que la lectura profunda, continuada y consciente, la posibilita el libro y no la pantalla (a la que Carr se refiere como flujo veloz de partículas, porque permite o somete al lector a interrupciones frecuentes de su actividad, debidas a alertas o hipervínculos, además de causarle la fatiga visual que pueden terminar originando los textos pixelados). No consideraba el autor que esos detalles, que pueden parecer más o menos nimios en función del tiempo y la importancia que cada uno conceda a sus lecturas, fueran anécdotas: defendía en “Superficiales” que, en el medio y el largo plazo, leer deprisa y superficialmente podía conducirnos a pensar de la misma manera, y esto son palabras mayores. Con todo, no era del todo Carr un inquisidor de lo digital: entendía que es posible reflexionar frente a las pantallas, pero que no es esa la acción (reposada, interior) a la que estas más nos invitan. Y terminaba su ensayo arguyendo que nuestra actividad neuronal recibe estímulos muy distintos ante un libro en papel y un eBook, o ante Internet, tan distintos como puede proporcionarlos un paseo por la ciudad o por el campo. Adivinad cuándo se ven favorecidas, atendiendo a investigaciones, la memoria, la atención y la facultad cognitiva.

Evidentemente, salvo los abanderados legítimos de la causa, pocos son los que deciden no adquirir ni usar un libro electrónico -en realidad, son dos pasos distintos, y el segundo a veces no llega a producirse- pensando a conciencia en sus neuronas y sus capacidades intelectuales y en cómo no perjudicarlas más de lo que el tiempo lo hace. Pero con Carr sí podemos esbozar algunas de las razones intuitivas de nuestra querencia por el papel, al margen de la poderosísima costumbre, a la que no hay que menospreciar pero que tampoco lo puede todo.

Comenzaremos por dónde empezaba Carr, hablando del medio mismo, lo que algunos llamarían dispositivo: es posible que muchos de vosotros trabajéis, en mayor o menor medida, frente a un ordenador, tableta o aparato conectado cualquiera y que asociéis esas pantallas a un entorno laboral – léase poco placentero (y si no es así, felicidades)-. La lectura elegida y libre es un placer o no es, así que parece lógico que vinculemos, más o menos inconscientemente, esa actividad nuestra y no impuesta a un soporte distinto al del ordenador de nuestros desvelos diarios. Ordenador en el que, salvo excepciones contadas en forma de casos que requieran especial atención o de tiempos muertos -volvemos al principio- es muy probable que no leamos, durante esa jornada de trabajo, textos completos y en profundidad (el tiempo medio de visita a una página en Internet es de unos pocos segundos).

Quien no tiene en las pantallas su profesión, tiene en ellas una extensión de su vida, de su agenda y de su mano: un smartphone. Que suena, vibra, alerta de cumpleaños, de la hora de levantarse o de obligaciones laborales. Pita y recuerda lo que queda por hacer, lo que otros nos demandan. Los libros no piden atención ni emiten ruidos, obviamente: su silencio es otra razón de que sean una forma (mental) de descanso respecto al empleo o lo social, y de inicio de una actividad distinta en la que nada más y nada menos que nuestra cabeza es necesaria. Resumiendo mucho este argumento, podríamos decir que leemos en papel por la misma razón por la que viajamos y cambiamos de escenario en las vacaciones: no nos libraremos de nosotros mismos después ni estaremos más cómodos, pero queremos, en el durante, desplegar una versión distinta.

La dificultad de leer con atención y detenimiento en pantallas tiene sus matices en el caso de los eBooks: los sobresaltos posibles, en forma de relacionados, vídeos, anuncios o mensajes varios son mucho menores que en la lectura de cualquier artículo en Internet, pero se dan. Y nuestra mente es un motor generador de asociaciones: enlazamos las pantallas con la información actualizada (calidad y profundidad aparte), los libros solo puntualmente con ella: lo habitual es que, de un modo a otro, nos inviten a revisarnos hacia atrás y hacia dentro. Podemos cuestionárnoslo todo, claro, frente a un libro electrónico, pero ¿lo hacemos? ¿O leemos en ellos con los tics propios de la lectura de prensa en Internet?

Del asunto de la actividad neuronal, obviamente, no podemos ser conscientes sin escáner. Pero, sin querer incurrir en lo amerengado, la experiencia nos dice a algunos que revolver entre libros en una librería, de nuevo o de viejo, proporciona satisfacciones bastante diferentes (¿más intensas, al menos?) a las que da buscar en la oferta de descargas, que pasar página es un gesto más personal que pulsar un botón -a veces araña y sale sangre, y todavía ningún organismo paternal avisa del peligro-. A quienes compramos, a veces, libros de segunda mano, tampoco nos importa encontrar ADN de otros, en forma de fotos en Eurodisney, dedicatorias, nombres y fechas. Marcas que forman parte de un legado material que no nos obedece a golpe de click ni requiere nuestros datos ni consentimientos.

Si este artículo ha sonado a alegato en favor del libro en papel, no lo era (del todo). La misma libertad que debemos aplicar a la elección de lecturas debe servir para que escojamos formas de leer, y si leer o no. Pero nos jugamos mucho en las preferencias.

Roberto Aguirrezabala. Parabellum
Roberto Aguirrezabala. Parabellum

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