El rebobinador

Kouroi, Korai y sonrisas arcaicas

 

Cleobis y Bitón, hacia 600 a.C.
Cleobis y Bitón, hacia 600 a.C. Museo Arqueológico de Delfos

Si hablamos de escultura griega de época arcaica, tenemos que hablar de kouroi y korai. Los kouroi, figuras masculinas (kouros en singular) se han llamado también apolos, pero no es correcto porque nacen de intenciones distintas. Y Kouroi significa algo parecido a mozos.

En principio todos eran iguales: hombres en pie, desnudos, en actitud de marcha con los brazos pegados al cuerpo… Dan sensación de bloque y su frontalidad es muy clara. No presentan rasgos personales y recuerdan a la escultura egipcia por su geometrización. Los ojos son muy salientes; las orejas, grandes; el pelo les cae por la espalda y a veces también por delante, formando trenzas o tirabuzones, y la boca busca la expresividad con ligeras curvaturas hacia arriba: sonrisa arcaica, se ha llamado. El resultado es tan contundente como misterioso, tiene algo de irreal.

Mirad a Cleobis y Bitón, cuyo autor probablemente es Polimedes de Argos. Según la tradición, son dos hermanos gemelos que lograron una proeza: llevar a su madre en un carro tirado por ellos mismos al templo de Hera. Allí, ella pidió a la diosa que cuidara a sus hijos protegiéndoles de todo mal… y Hera cumplió a su manera: concediéndoles el sueño eterno. La escultura data de fines del siglo VII y nos presenta a dos figuras iguales, en mármol y de grandes dimensiones. Se hallan de pie, hieráticas y frontales, pero en actitud de marcha aunque mantengan ambos pies en el suelo. Están desnudos y sus brazos quedan pegados al cuerpo, ligeramente doblados pero verticales. Se marca su musculatura, sobre todo en piernas, pecho y brazos; y destaca el estudio anatómico, aunque las rodillas se subrayen con formas geométricas triangulares. No faltan los ojos oblicuos y la sonrisa arcaica.

Su pelo enmarca la cabeza y cae, como decíamos, por delante y por detrás de forma simétrica, dejando ver sus grandes orejas.

El llamado Apolo de Tenea, del s. VI a.C, sigue sus mismas formas, pero es más estilizado. Avanza una pierna respecto a la otra, aunque ambas se encuentran pegadas al suelo, y quedaron muy trabajados sus rodillas, su pecho, su vientre y su sonrisa arcaica, que da una expresividad importante al rostro. El cabello, minuciosamente esculpido con sentido pictórico, cae hacia atrás geometrizado formando bloque con el cuello; lo ciñe una cinta.

El Moscóforo, obra de época parecida al anterior (570 a.C.), porta sobre sus hombros un ternero que conduce al sacrificio (ya sabéis que estas imágenes darían pie a la representación del Buen Pastor en el arte cristiano). No se conservan sus piernas, pero adelantaría una.

Recuerda al mundo egipcio por su rigidez, pero hay que acentuar que en Grecia el meollo de la preocupación era el desnudo. Los brazos sujetan por las patas al ternero, esculpido con el mayor realismo posible. Hay que pensar que los ojos se rellenarían con pastas, que a veces se pintarían.

Un manto le cubre hombros y brazos y su pelo, peinado a izquierda y derecha, está diseñado con bucles. Se mantiene la sonrisa arcaica.

Moscóforo, 570 a.C
Moscóforo, 570 a.C. Museo de la Acrópolis de Atenas

Fijaos también en el Jinete Rampín (560 a.C.), la figura más antigua conocida de un jinete griego. Se ha reconstruido a partir de fragmentos originales y de él conocemos dos imágenes iguales: una en el Louvre, con la cabeza de época y el resto del cuerpo rehecho, y otra en el Museo de la Acrópolis de Atenas, en la que el caballo y el torso son originales; la cabeza, postiza. La anatomía está cuidadosamente estudiada y no es tan rígida como en las esculturas de Cleobis y Bitón. Se marcan los pómulos, los ojos oblicuos y una sonrisa arcaica algo más natural que las anteriores. El rostro, en su conjunto, es más suave y naturalista y barba y rizos se trabajan con minuciosidad.

El pelo continúa ajustándose a la cabeza y marca la frente; los rizos simétricos confluyen en el centro y dejan las cejas al descubierto.

Jinete Rampín, s VI a.C. Museo de la Acrópolis de Atenas
Jinete Rampín, s VI a.C. Museo del Louvre
Efebo de Kritios, 480 a.C. Museo de la Acrópolis de Atenas
Efebo de Kritios, 480 a.C. Museo de la Acrópolis de Atenas

Avanzando en el tiempo, hablamos ahora del Efebo de Kritios (480 a.C.), llamado así por Kritios, su autor, que da paso a la época preclásica. Su pelo comienza a ondear y gana volumen, los bucles se tratan con más libertad y los ojos no son oblicuos ni saltones: se busca la expresividad, pero no a través de la sonrisa arcaica, ahora considerada convencional.

La cabeza no es tan rígida, se modela la musculatura y vemos una gran novedad en la postura de las piernas: una pierna se dobla respecto a la otra para cargar el peso del cuerpo en un lado; estamos ante un antecedente del contraposto.

De la misma época data Efebo Rubio, del que solo se conserva la cabeza, en la que se nota cierta policromía con ligeros tonos amarillentos en el cabello. Se gira ligeramente y se caracteriza por su armonía, su expresión serena y apacible: una cierta tendencia a la idealización. Los ojos ya no son saltones sino oblicuos, los labios son suaves y de marcadas comisuras, no se fuerza la sonrisa, y la cabeza se trabaja con mechones que crean curvas y contracurvas suaves.

Y, por fin, hablemos ayer de mujeres. Las korai son esculturas femeninas de mármol, frecuentemente con restos de policromía, en pie, hieráticas, rígidas y en actitud de marcha. Su indumentaria es distinta a la de las figuras masculinas: llevan túnica larga (jitón), un manto por los hombros (himatión) y, a veces, peplo: una tela más gruesa y pesada que cae vertical y no marca plegados, a diferencia del manto anterior.

Es posible que se plantearan como exvotos, porque en un brazo –que se apoya en la cadera– suelen llevar un objeto; el otro queda a lo largo del cuerpo. Su tamaño es más pequeño que el de los kouroi y se han encontrado muchas en la Acrópolis.

Tienen un antecedente: las xoana, estatuas de divinidades portadoras de virtudes mágicas, de gran rigidez y solemnidad por influencia egipcia.

Tenemos que citar a la Dama de Auxerre, del s. VII, la representación más importante de la escuela dedálica. Anuncia el mundo clásico, aunque no refleje excesivo movimiento ni se marquen los plegados; está realizada en caliza y, al menos en parte, estaría policromada.

Se trata de una figura aún rígida, con el brazo izquierdo pegado al cuerpo y el derecho apoyado en el pecho. Podría tratarse de una actitud ritual y representar ella a una sacerdotisa. Sus pies quedan juntos, pegados al suelo, y son muy grandes, como las manos.

La realización de la cabeza y el peinado parte de estructuras geométricas y se marcan mucho ojos y boca, incluido un esbozo de sonrisa arcaica, signo de expresividad. Viste una túnica que se ajusta al cuerpo y deja ver la anatomía: se estudian los volúmenes, aunque las formas parezcan aplastadas.

La cintura, alta, queda ceñida por un cinturón decorado, y la túnica lisa está ornamentada de arriba abajo con una cenefa de estructura geométrica. Sus hombros los cubre un manto, que cae por los brazos también, separados del cuerpo por pequeños huecos. Antecede las korai del s. VI a.C.

Dama de Auxerre, s. VII a.C. Museo del Louvre
Dama de Auxerre, s. VII a.C. Museo del Louvre

Y de mediados de ese siglo data la Hera de Samos, cuya cabeza no se conserva. Mide 2 metros, está realizada en mármol y su aspecto es aún más cercano al de las korai. En pie, es una figura rígida más estilizada que la anterior.

Viste un traje largo y se cubre con una túnica hasta los pies; el jitón destaca por sus plegados finos. Puede advertirse cierto estudio de la calidad de las telas y un tratamiento de esos pliegues similar al de fustes de columnas.

La anatomía se transparenta en la parte superior y la postura de los brazos es la misma que en la Dama de Auxerre, pero el tratamiento y la escuela son distintos.

La Victoria de Delos se encuentra bastante deteriorada, pero tiene gran interés por su postura extraña: estaría alada y su movimiento sería el de correr. Una pierna está doblada y la otra se desplaza ligeramente hacia atrás.

Se estudian las telas que caen por delante y por detrás y se ajustan al cuerpo, en el que la cintura queda muy marcada, enlazando con la Dama de Auxerre. En su rostro vemos los rasgos arcaicos: sonrisa, ojos oblicuos pronunciados… Su postura, en el fondo, es semejante a la de la Gorgona del frontón de Corfu.

El autor de la Kore del peplo sería el mismo que el del Jinete Rampín, y se llama así por su indumentaria. Está de pie, viste traje corto, sus pies quedan pegados al suelo y le caen tirabuzones por delante y por la espalda, con sentido geométrico. En su rostro vemos los ojos oblicuos y la sonrisa arcaica.

 

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