Prácticamente desconocida fuera de su país, Harriet Backer fue la pintora más célebre de Noruega -donde había nacido en 1845, en Holmestrand- a finales del siglo XIX. Su legado dejó una síntesis muy personal de escenas de interiores y pintura au plein air, que se inspiraban tanto en la corriente realista como en las innovaciones del impresionismo: una pincelada libre, una paleta que se aclaraba gradualmente y un hondo interés por las variaciones de la luz.
Aunque su trabajo evolucionó considerablemente a lo largo de su extensa carrera, Backer se mantuvo fiel a un número limitado de temas y al estudio de la naturaleza directamente del natural. Hermana de una conocida compositora con quien guardó una cercana relación, situó la música en el centro de su obra, como tema y como modelo, buscando sugerir atmósferas, emociones, a través de pinceladas y colores sutiles a los que se han atribuido cualidades rítmicas.
Tras formarse en Múnich y París a principios de la década de 1890, como muchos autores de su país, regresó a Noruega, donde fundó una escuela de pintura mixta que se convirtió en una de las más relevantes antes de la creación de la Academia de Bellas Artes. Además, formó parte de numerosos jurados de exposiciones y fue, durante veinte años, miembro del consejo de administración y del comité de adquisiciones de la Galería Nacional.
Demostró Backer, en su periodo de aprendizaje y desde niña, una gran aptitud para el dibujo y la pintura. Acompañada por su hermana Agathe, quien estudiaba aún piano, viajó a Berlín y luego a Florencia; desde sus primeros viajes, también se formó copiando a los grandes maestros en museos y desarrolló un interés particular por la pintura holandesa del siglo XVII.
En la capital francesa llegó a residir durante una década, a partir de 1878, y allí se matriculó en la academia de Madame Trélat de Vigny, una escuela reservada a mujeres, muy apreciada por los artistas del norte de Europa, donde impartieron clases primeras figuras como Léon Bonnat, Jean-Léon Gérôme y Jules Bastien-Lepage. Backer, hasta entonces centrada en la pintura histórica, conoció el naturalismo y estudió a los mencionados impresionistas.
Entre sus compañeras se encontraron artistas compatriotas, y de Suecia, Dinamarca y Finlandia, que compartían su ambición de convertirse en pintoras profesionales. No eran pocas las mujeres escandinavas que viajaban entonces a Alemania y Francia para formarse en estudios privados, ya que las escuelas y academias de Bellas Artes, como dijimos, aún les estaban vedadas.
En 1875, en Múnich, entabló una estrecha amistad con Kitty Kielland, paisajista y activista por los derechos de la mujer, con quien compartiría su apartamento-estudio durante el resto de su vida. Aunque desafío normas, una unión tan estrecha entre dos pintoras no era infrecuente a principios del siglo XX, pues la mayoría de estas creadoras permanecían solteras para preservar su independencia personal y profesional.
Como sus colegas, en Francia se profesionalizó, creó sus propias redes, y obtuvo el reconocimiento del público y de la crítica. Estas artistas convivían y se retrataban a sí mismas en sus talleres, que en sus composiciones desempeñaban un papel simbólico como espacio propio, un lugar donde la autonomía se alcanzaba a través de la creación.
Ya hemos dicho que Backer creció en un ambiente musical. Su hermana, Agathe Backer Grøndahl, fue una de las compositoras noruegas más importantes del momento y su sobrino Johan Backer Lunde, hijo de su otra hermana Inga, también fue compositor. Como muchas mujeres de la burguesía entonces, ella era una pianista consumada y el piano ocupó un lugar de honor en sus viviendas, tanto en París como en Kristiania (Oslo); en sus salones se reunían sus amigos melómanos para disfrutar de conciertos íntimos.
En la obra En casa (1887) representó a la escritora Asta Lie al piano en ese piso que Backer compartía en París con Kitty Kielland. En realidad, este tema de la mujer a las teclas impregna la obra de Backer a lo largo de su trayectoria, junto a los retratos de sus seres queridos, a menudo reunidos en torno a la música. Más que un tema, las melodías eran un modelo para ella: deseó que la pintura fuera “música para la vista”. Como otros artistas de su generación, veía esta disciplina como el modelo de todo arte y pretendió, a través de las pinceladas, la composición y el color, alumbrar los ritmos y las armonías que transmitiesen las impresiones que produce un concierto.

Si hablamos de espacios, los suyos fueron los interiores, en los que desplegó escenas de lectura, labores o cuidado infantil en ocasiones. Al pintor Christian Krohg le explicó: No importa que me prometiera dejar de pintar interiores, dejar de atormentarme con las líneas de perspectiva y de luchar con las patas de las sillas. En cuanto entro en una habitación con colores azules y rojos en muebles rústicos o paredes mates y brillantes, donde la luz reflejada por los árboles y el cielo entra por una ventana o una puerta, enseguida me encuentro frente a un lienzo.
Se topó por primera vez con este tema en 1881, durante un viaje de estudios a Bretaña con Kitty Kielland y el también pintor Germain Pelouse. Backer pintó entonces dos granjas, una al amanecer y otra al atardecer, explorando cómo la luz transformaba los colores y las atmósferas a lo largo del día; un enfoque que recuerda, claro, a los impresionistas. Y continuó analizando este asunto durante sus diversas estancias en Noruega, ofreciendo indirectamente una visión de la vida cotidiana, sencilla y auténtica, de los campesinos de la época, aunque sin convertirla en su tema principal.


Tras su regreso a Noruega en 1888, los interiores de iglesias y los rituales religiosos se convirtieron en motivos importantes para Harriet Backer, que contribuyeron en gran medida a su renombre en su país natal. En un contexto político de afirmación de una identidad noruega, se centraba en los edificios antiguos y medievales, construidos antes de la ocupación danesa y sueca.
Pintó templos incansablemente a pesar de las condiciones a veces difíciles, debido a la antigüedad o el aislamiento de los edificios, enfatizando los elementos arquitectónicos que les concedían una atmósfera única. Supo fijarse en los juegos de luces y colores sobre la madera barnizada, la piedra y los bancos desgastados por el tiempo… y representó ceremonias religiosas cotidianas, transmitiendo así tanto su altruismo hacia sus contemporáneos como su visión humilde, personal e introspectiva de la fe.

En cuanto al interés de Harriet por la pintura de paisaje, éste se desarrolló relativamente tarde en su vida. Sus primeras incursiones conocidas datan del verano de 1884, están influenciadas por el naturalismo de Bastien-Lepage, a cuyas clases -recordamos- asistió en París, y coinciden con el gusto por la pintura al aire libre entre los artistas nórdicos.
Backer residió de junio a octubre de 1886 en la granja Fleskum, cerca de Oslo, con algunos de sus amigos más cercanos, a quienes había conocido en Múnich. Aquella colonia artística improvisada dio origen a un profundo movimiento pictórico en todo el norte de Europa; en concreto, la colaboración entre Kitty Kielland y Eilif Petersen propició el surgimiento de un neorromanticismo nacional que exaltaba el poder intrínseco de los paisajes e identidades nórdicas y coincidió con la intensificación de las demandas de autonomía política en los países escandinavos. Backer no se adentró en este camino hasta la década siguiente, cuando comenzó a elaborar paisajes centrados en formas más densas, de tonalidades sombrías y misteriosas. que dramatizaban la naturaleza noruega.

Ya en 1903, la artista se instaló en un estudio en Hansteensgate 2, en Kristiania (Oslo), donde vivió y trabajó hasta el final de su vida junto a Kielland y la también pintora Asta Nørregaard. Hacia 1910, retomó la pintura de bodegones por primera vez desde sus años en Múnich: recreó la vida secreta y silenciosa de las cosas, del mismo modo que antes había pintado figuras en sus interiores.
Exploró la relación entre el color y la forma con algunos objetos y plantas recurrentes; algunas de sus representaciones de jarrones y manzanas recuerdan a las pinturas de Cézanne, a quien su alumno Henrik Sørensen consideró “hermano” de su maestra.
Otro motivo recurrente en su legado a principios del siglo XX fue la ventana: simplificó sus detalles y se concentró en esta fuente de luz, un pasaje entre el interior y el exterior. Backer tenía un segundo estudio, cerca del suyo, donde, algo excepcional para la época, impartía clases tanto a hombres como a mujeres; esa labor docente complementaba sus ingresos, ya que trabajaba tan lentamente que no podía vivir únicamente de la venta de sus cuadros. Como profesora, animaba a cada alumno a desarrollar su propio estilo e influyó considerablemente en toda una generación de jóvenes artistas noruegos.
Aún entonces intentaba, a través de la pintura, apelar a sentidos distintos del de la vista: el oído, mediante la música interpretada por el pianista, o el olfato, mediante aromas recogidos en los títulos y en las macetas. Se sabe que desarrolló cataratas, condición que quizá explique la importancia que dio a esos otros sentidos.
Durante los veranos de 1904 y 1909, Backer trabajó extensamente en la iglesia de madera de Udval, un edificio medieval construido íntegramente en madera, característico de Noruega, cuyas decoraciones pintadas datan del siglo XVII. Desacralizada en 1893, pertenecía desde 1901 a la Sociedad Noruega para la Conservación de Monumentos Históricos, que facilitó las estancias de la artista en el interior. En su trabajo se inspiró profundamente en esta arquitectura original y en su interior de colores vivos, típicamente noruego.
En sus últimos treinta años de vida recibió un reconocimiento tras otro: de la medalla de oro al mérito real al nombramiento como caballero de la orden de Saint-Olav. Falleció en Oslo en 1932.



