Desde 2.500 a.C., los asirios se hallaban establecidos en la región comprendida entre el Tigris superior y el Gran Zab, en el llamado triángulo asirio, en el actual Irak. De condición belicosa, crearían a partir de ese área un vasto imperio y habría etapas en que serían los señores absolutos de Oriente Próximo, extendiéndose entre Tebas y las montañas de Irán.
Su cultura estaba muy influida por la de los pueblos meridionales, sobre todo por los acadios, a quienes trataron de emular, y su capital primitiva fue Assur, en el margen derecho del Tigris y al norte de las montañas de Harim. Con el tiempo, otras de sus ciudades representativas fueron Dur-Sharrukin, hoy Khorsabad, y Nínive, que también fueron capitales, la primera de forma muy breve. Desde estos núcleos desarrollaron una intensa actividad comercial, ya desde el segundo milenio.
Sus principales monarcas fueron Asurnasipal II (883 – 859 a.C), Salmanasar III (858 – 824), Sargón II (722-705), Senaquerib (705-681) y Asurbanipal (669-631); hablamos de años de reinado, no de vida.
Hechas las introducciones, profundizamos en sus creaciones. La arquitectura religiosa asiria tiene sus principales manifestaciones en los templos -los zigurat alcanzaron su esplendor en esta época-; la civil, en las propias ciudades amuralladas, que cobijaron palacios y aquellos templos. La escultura fue también un arte muy interesante en el periodo asirio, aunque se subordine a la arquitectura y tenga carácter propagandístico: exalta la figura del rey, su poder y grandeza, y ofrece temas religiosos, bélicos y cinegéticos.
El relieve es más abundante que la escultura de bulto y decoraba los interiores de los palacios. De gran tamaño, formaban placas a modo de zócalos (llamadas ortostatos) y se realizaban en alguna piedra blanda o alabastro yesoso.
Sus estelas conmemorativas terminaban en forma escalonada, al igual que los zigurats, y en altorrelieve representaron toros alados antropomórficos -llamados lamassu– que emplazaban en la entrada de los palacios y simbolizaban el dominio del cielo y la tierra y la protección del monarca frente a los enemigos. Se considera que cuenta con rasgos de cuatro seres, que coinciden con los emblemas de los evangelistas, de ahí que se hayan interpretado como antecedente del tetramorfos cristiano: la cabeza del hombre (inteligencia), el águila (rapidez, movimiento), el león (fortaleza) y el toro (fecundidad).
El asirio es un arte de cromatismo frío y algo monótono en cuanto a sus temáticas, pero se caracteriza por su majestuosidad, su jerarquización, el equilibrio y la simetría, las representaciones cotidianas en ¾, la ausencia de profundidad (las figuras destacan en fondos lisos), la introducción del paisaje, el deseo temprano de representar el movimiento, el carácter narrativo, el detallismo en la ornamentación y la pretensión de realismo, rasgo esencial que lo distingue del arte anterior. Fueron los asirios excelentes autores de animales y ansiaron el naturalismo.

Como avanzamos, los reyes del Imperio Medio (siglos XIV-XIII a.C.) y Nuevo (IX – VIII a.C.) mandaron levantar grandes conjuntos palaciegos junto a los ríos. Se proyectaron como residencias reales y centros cortesanos, y en ellos se desarrolló una compleja vida ceremonial en la que eran frecuentes las celebraciones multitudinarias que requerían vastos espacios. Contaron con patios, dependencias oficiales, administrativas y militares, y con templos, incluidos zigurats.
Su escultura de busto es escasa; es el relieve continuo la mejor manifestación de su arte y el vehículo de su feroz propaganda para ensalzar las victorias de los reyes y atemorizar a los pueblos circundantes dominados. A estos trabajos quizá los inspire su crueldad, pero su grandiosidad épica y la perfección de su modelado son evidentes.
En el Imperio Medio se fechan los principales monumentos de la acrópolis de Assur: el palacio viejo, los templos de Anu y Adad con sus zigurats, los de Sin y Samash, el de Ishtar, el palacio nuevo, el zigurat de Enlil, etc.
Los escasos restos escultóricos conservados presentan influencias mitanias y hurritas; se trata de relieves con figuras de dioses y escenas de guerra o adoración ante los atributos divinos. En algunos de ellos, el rey Tukulti-Ninurta I aparece ante los símbolos y estandartes de los dioses, pero no en su compañía, como era habitual en las creaciones sumerias, acadias y babilónicas. Desaparece entonces el recurso estilístico de la resignificación mayestática del monarca por su mayor estatura: se distingue entre sus soldados por su indumentaria y su tocado.
Se perfilan en este momento los dos tipos más frecuentes de relieves asirios: los religiosos, de carácter simbólico y estático; y los histórico-narrativos, pormenorizados y vivaces.
De la iconografía inicial de sus nociones divinas da testimonio un relieve rescatado en un pozo de Assur: hablamos de un dios de las alturas o de las montañas, representadas en la tiara y en su faldellín. Lo vemos de frente y en compañía de dos divinidades acuáticas más pequeñas, provistas de un vaso manante y con sus tiaras y sus faldas adornadas con las ondas del líquido. A espaldas del dios brotan dos ramos con tres frutos en sus extremos; sobre ellos se incorporan dos cabras que triscan los frutos de otros dos ramos que el dios lleva en sus manos. Podría tratarse del dios Assur. Estos relieves religiosos y narrativos comparten trazas con los sellos cilíndricos.
Ya en el Imperio Nuevo se levantó un gran palacio en Nimrud. Los monumentos de esta ciudad estaban dominados por un zigurat de Ninurta, dios de la guerra y la caza, a cuyos pies hubo un templo de cella alargada precedida de un vestíbulo ancho.
Sin embargo, el edificio más impresionante de los mandados edificar por Asurnasipal II fue el Palacio Noroeste, con un extenso patio central con un ala administrativa y otra doméstica. La primera comprendía el Salón del Trono con su antecámara, el comedor de gala y su antesala, y otras dependencias oficiales, que constaban de salas dobles o pareadas, estrechas y largas. En la segunda habría estancias privadas o de servicio.
Allí fue hallado un importante conjunto de placas relivarias (ortostatos), con escenas de culto, bélicas y cinegéticas planteadas como un friso corrido y unidas por un hilo argumental.
En la mayoría de los relieves de Asurnasipal II aparecen temas de carácter religioso-simbólico y narraciones históricas; en los primeros se exalta la figura del rey como sacerdote de Assur y custodio del orden cósmico. La cabecera del salón del trono estaba ornamentada con un árbol de la vida coronado por el símbolo de Assur (un disco solar alado). A ambos lados, el rey aparece acompañado de un genio alado y contemplaba, protegía y fecundaba el árbol sagrado, cuyo tronco estaba orlado de palmetas.
En contraste con el estatismo de las composiciones religiosas, los relieves narrativos están animados por un gran movimiento. Compendian las hazañas del rey en un bajorrelieve de sobrio modelado.
Como guardianes de las puertas en el palacio de Asurnasipal se adoptaron relieves con figuras de leones de gran tamaño, alternando con toros androcéfalos de tradición sumeria. Surgen entonces los mencionados lamassu o animales de cinco patas, pues son las que realmente tienen al ofrecer dos puntos de vista diferentes: el frontal, en reposo; y el lateral, en movimiento.
Salmanasar III dio cuenta de sus gestas en las puertas de bronce del palacio que se hizo construir en Imgur-Enlil. Los quicios y las hojas se dividen en cenefas figuradas separadas por otras más estrechas, decoradas con cabezas de clavo y rosetas esquemáticas.
En ellas se detallan minuciosamente las campañas en las que ese monarca arrasó el Estado de Bit Adini, informando del destino fatal que esperaba a quienes se resistieran a su dominación implacable. También el obelisco negro de Nimrud, de sección cuadrada y remate escalonado, ofrece bajorrelieves con escenas de sumisión por parte de los príncipes y reyes vencidos.

Entre los siglos VIII y VII a.C., Asiria vivió su etapa de mayor esplendor y aumentaron nuevamente sus palacios, ricamente adornados con relieves de hazañas guerreras. Sargón II levantó la ciudad de Dur-Sharrukin, rodeada de murallas y con planta casi cuadrada, y allí edificó el suyo; en torno a él, además, residencias principescas y nobiliarias y templos para los principales dioses, como Nabu.
Los relieves de los zócalos eran de carácter cortesano y cinegético, con un aparatoso despliegue de cortejos de dignatarios y pueblos tributarios -en este caso, se transmitía el poder de Sargón sin recurrir a la violencia-. Ofrecen datos muy valiosos sobre indumentarias, pelucas, adornos, tributos… Sabemos que el salón del trono estuvo flanqueado por dos lamassu.

Senaquerib abandonó aquella ciudad y se trasladó a Nínive, a la que engrandeció con suntuosas edificaciones y con su palacio, formado por varias dependencias en torno a un patio central y con vanos más numerosos que hasta ese momento. Sus relieves desarrollaban asuntos bélicos, pero se percibe en ellos un decidido interés topográfico y étnico para propiciar el conocimiento de los enclaves donde se desarrollaban las contiendas, la indumentaria de los vencidos… Asurbanipal haría lo propio sumando un nuevo palacio (además de la mayor biblioteca hasta el momento).
Las escenas de caza son las más sorprendentes por la maestría en el modelado de las figuras humanas y en el detallismo de los fibrosos y elásticos cuerpos de los leones que, en actitud de atacar, heridos o moribundos, son los protagonistas.
Uno de los más recordados es La leona herida, por el dramatismo derivado de su herida irreversible. Paralizados sus miembros traseros, se arrastra sin darse por vencida con sus patas delanteras.

BIBLIOGRAFÍA
Pilar González Serrano. Prehistoria y primeras civilizaciones. Historia Universal del Arte. Espasa Calpe, 2000
Lara Peinado. Mesopotamia. Alianza, 2000

